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Crítica:

Excursión a Neverland

La ilusión infantil enfrentada al paso del tiempo y los filtros de la memoria son los temas que recorren la novela de Rodrigo Fresán, Jardines de Kensington. El Londres victoriano y los años setenta se alternan en la voz del narrador que combina géneros, tiempos e historias.

"Todos los niños, menos uno, crecen", así empieza Peter Pan como se hace constar en esta novela que, inspirándose, entre otras cosas, en la vida y la obra de J. M. Barrie, escribe Rodrigo Fresán, que se confirma como uno de los autores fundamentales de la literatura en lengua española. Una novela inusual que no se ajusta a los cánones habituales y que participa de numerosos géneros. Un tema primordial, la aspiración a permanecer anclado en una infancia perenne, otros temas secundarios y numerosas preguntas que cercan al lector. Quien pida una narración lineal con planteamiento, nudo y desenlace no la encontrará aquí pero aquel que esté dispuesto a disfrutar de una lectura distinta y exigente encontrará el material adecuado. Hay ahí reflexiones filosóficas sobre los conceptos de infancia y madurez, un ensayo histórico sobre la época victoriana, una biografía muy completa y muy buena pero también muy novelesca de J. M. Barrie, una apasionada crónica de los años sesenta del siglo pasado en Londres y consideraciones generales sobre la escritura y las relaciones de los escritores con sus esposas. Todo ello, sin merma de lo propiamente narrativo, un punto de vista que lo abarca todo y da pleno sentido a todo el acontecer, pasajes de extraordinario dramatismo, personajes de gran hondura, tanto los ficticios como los históricos, y un lenguaje apasionado y febril adecuado al personaje narrador.

JARDINES DE KENSINGTON

Rodrigo Fresán

Mondadori. Barcelona, 2003

398 páginas. 21 euros

Dos narraciones bien baraja-

das constituyen la novela, las dos centradas en la metrópoli londinense, presentada al lector con extraordinaria vivacidad. En una se asiste a la vida de Barrie y sus contemporáneos, en la otra contemplamos el desarrollo de la bulliciosa y caótica actividad artística, social y sexual de los mitificados años sesenta, aquí convenientemente desacralizados. El narrador hablando desde el tiempo presente pone en evidencia (y es algo importante para el buen entendimiento de la novela) los filtros de la memoria y los estragos del paso del tiempo. El narrador transita con fluidez y compostura de una época a otra y establece entre ellas, edades doradas con trampa, sutiles conexiones que crean un vaivén pleno de intensidad y fascinación.

Barrie y el narrador han sufrido en su infancia la pérdida de un hermano que, como Peter Pan, será un recuerdo perfecto e inmodificable, siempre vivo, en una tierra de nadie. La irreal y mítica Neverland de Peter Pan tiene su correlato en la casa del mismo nombre que habitan los padres del protagonista, héroes de la música pop de los sesenta, supuestos rivales de The Beatles, forjadores de una existencia brillante pero artificial porque "en Neverland no hay responsabilidad alguna salvo el ser irresponsable".

Hay en la novela un inagotable caudal de historias, pues a las principales se añaden las creadas por el escritor Barrie y las inventadas por el narrador que van sumándose a la corriente principal. Fresán es un escritor abundante (es posible que algunas reiteraciones inútiles alarguen más de la cuenta la novela), capaz de dominar diferentes estilos como lo demuestran las páginas que narran el fin del mundo de Barrie y su época. Cómo cuenta el autor los trágicos acontecimientos, la corrosión del tiempo, el desgaste y el acabamiento en contraste con la ilusión infantil que les mantenía vivos es de una emoción propia de las narraciones decimonónicas que el lector sigue casi al borde del llanto, probando así el posmoderno Fresán que también sabe tratar la narración clásica. Es magistral el relato de la muerte de uno de los personajes en la guerra. Son las lecciones de la vida. Quizá, los victorianos permitieron que Barrie erigiera en Kensington Gardens una estatua en honor de Peter Pan para que no las olvidáramos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de noviembre de 2003

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