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ARQUITECTURA

Rogelio Salmona, materiales de la imaginación

Creada en 1967 con el nombre de su primer recipiendario, la Medalla Alvar Aalto se ha concedido tan sólo en nueve ocasiones y a figuras de la talla de James Stirling, Jørn Utzon y Álvaro Siza. El último en incorporarse a esta prestigiosa nómina ha sido el colombiano Rogelio Salmona, de quien el jurado ha dicho que el mensaje implícito en su obra refuerza los valores esenciales de la arquitectura.

Inmersos en un periodo que adolece de la fugacidad de la moda y de un exceso de imágenes superficiales, resulta reconfortante encontrar a un arquitecto que siente devoción por la esencia duradera y la presencia continua de la arquitectura. Durante el último medio siglo, el arquitecto colombiano Rogelio Salmona (nacido en 1929) ha ido cristalizando gradualmente una serie de obras marcadas por la imaginación social, la forma rigurosa, los materiales táctiles, la sensibilidad hacia la tierra y el tratamiento poético de la luz, el espacio y el agua. Algunas de las obras de Salmona -pensemos en esa agrupación de edificios altos de ladrillo, situados en el centro de Bogotá y conocidos como las Torres del Parque (1965-1970); o en la residencia oficial de invitados del Estado colombiano, en una isla tropical de una laguna cercana a Cartagena de Indias y conocida como la Casa de Huéspedes Ilustres de Colombia (1983-1987)- merecerían tener su sitio en cualquier historia mundial de la arquitectura moderna, simplemente por su calidad. Pero estas obras ilustran también el compromiso de Salmona con el hecho de construir de un modo apropiado para unos lugares, climas y culturas particulares sin perder de vista cierta dimensión universal.

Para Salmona, la arquitectura es una cuestión tanto ética como política, puesto que su objetivo es mejorar la existencia de los usuarios

Salmona trabajó varios años para Le Corbusier en París durante la década de 1950, pero nunca ha seguido ciegamente a éste ni a ningún otro "maestro". En la década de 1960 fusionó la abstracción moderna con la construcción autóctona de ladrillo en unos proyectos residenciales que están muy en deuda con el arquitecto danés Arne Jacobsen. En ese mismo periodo, su manejo de la topografía, el espacio social, los materiales y las plantas orgánicas se basaban en el ejemplo del finlandés Alvar Aalto. Los monumentales volúmenes de ladrillo y las geometrías regulares de algunos proyectos más recientes -como el Archivo Nacional en Bogotá (1989-1996)- también están en deuda con Louis Kahn. Salmona ha asimilado lo que ha necesitado del mundo internacional de la arquitectura, y luego lo ha transformado para adaptarlo a sus propias intenciones y a las realidades con las que se enfrentaba; también ha reinterpretado el pasado en sus aspectos más profundos, dotando de un nuevo significado a algunos arquetipos, como el patio y la plataforma, que se encuentran tanto en los edificios vernáculos como en los monumentos de América Latina, Europa y otras regiones. Por todas estas razones resultaría inadecuado referirse a él como un "regionalista": su territorio imaginativo es muy vasto y sus edificios combinan lo moderno y lo antiguo, lo local y lo general.

Con frecuencia se califica a Colombia de "país en desarrollo" -haciendo referencia con ello a que sus infraestructuras técnicas no son las más modernas-, pero esa denominación nos dice muy poco acerca de la riqueza cultural del país. Desde el principio, Salmona ha combinado un sentido moderno del lugar con una construcción híbrida de estructuras de hormigón con unos aparejos de ladrillo que necesitan mucha mano de obra; siempre ha concebido la arquitectura como un servicio a la sociedad, como un arte colectivo que puede contribuir a consolidar las instituciones al tiempo que proporciona unos espacios públicos duraderos. Las estructuras políticas existentes han hecho que no resulte fácil para la arquitectura llegar hasta los sectores más pobres de la sociedad, pero a veces algunos proyectos concretos han adoptado el carácter de prototipos en los que se han puesto a prueba las ideas generales con la esperanza de que más adelante pudiesen aplicarse de un modo más general. Las mencionadas viviendas de las Torres del Parque, en Bogotá, fueron un proyecto clave en la búsqueda de Salmona de una respuesta más humana a los problemas de la rápida urbanización. Los edificios se funden con el contexto mediante terrazas, plataformas y escaleras de ladrillo, pero el conjunto de las torres también constituye un hito topográfico en las escalas más amplias de la ciudad y el paisaje.

En la década de 1980, Salmon-

na tuvo conocimiento del cambio del pensamiento arquitectónico en pro de una representación cultural más patente en la forma arquitectónica, pero fue igualmente consciente del peligro de dejar reducida la tradición a una calcomanía superficial. La citada Casa de Huéspedes Ilustres está inmersa en la atmósfera acuática, los recuerdos históricos y la vegetación tropical de su emplazamiento caribeño. El ritmo de los llenos y los vacíos, de la luz y la sombra, se entrelaza con el tejido existente de las fortificaciones de piedra; y a veces el edificio se disuelve de un modo casi invisible en su entorno. Los sobrios muros están perforados por sencillas aberturas rectangulares y tienen un revestimiento de piedra color miel salpicada de corales y conchas. En el interior aparece el contrapunto de las bóvedas tabicadas a la catalana (que nos recuerdan la experiencia de Salmona con las casas abovedadas de Le Corbusier de la década de 1950). Los espacios bajos y sombreados y los patios frescos de la Casa de Huéspedes quiebran la luz implacable y evocan un mundo protegido donde la imaginación puede vagar libremente, acompañada de la circulación del aire, del borboteo del agua y del rumor de las olas en la orilla del mar. Más allá de lo pragmático, Salmona busca un orden poético que resulte atractivo para todos los sentidos.

En cierto sentido, la Casa de Huéspedes de Salmona es un microcosmos de la vieja ciudad hispánica de Cartagena, en el que sus calles, patios, plazas, monasterios y murallas se destilan hasta convertirse en un evocador palimpsesto, cargado de alusiones medio ocultas. Pero, en realidad, el alcance geográfico de esta obra es mucho más importante. Hay indicios de un misterioso espacio árabe, como si algún recuerdo de la Alhambra -con sus caminos laberínticos y sus superficies de agua- hubiese sido trasladado a través del mar desde Andalucía; de hecho, esto es lo que ocurrió realmente con la primera arquitectura colonial de Colombia: que llegó, trayendo sus ecos moriscos, desde el sur de España. La destilación de las ideas del patio incluye otro arquetipo más, en este caso un punto de referencia en la búsqueda de la universalidad en la arquitectura mesoamericana: concretamente, la Casa de las monjas en Uxmal, el asentamiento maya del siglo IX en la península de Yucatán. Los comentarios sobre la Casa de Huéspedes hacen referencia a "un sentido del lugar", pero en realidad se inspiró en muchos otros lugares, y los transformó. Efectivamente, el edificio es un mito construido: una obra maestra moderna que resuena con los ecos procedentes de diversos pasados.

Los edificios institucionales de

Salmona -como el Museo Quimbaya en Armenia (1983-1985), el Archivo Nacional en Bogotá (1989-1996) o la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Bogotá (1993-1999)- también hacen uso de secuencias de patios, distintos niveles y canales de agua, y adquieren así cierto carácter de ciudades en miniatura, con sus calles y plazas. La transición desde estos patios públicos hasta los interiores más privados se suele realizar mediante unos espacios sombreados no muy distintos a los claustros o los soportales, pero construidos en un lenguaje moderno. Los edificios de Salmona siempre se conciben como partes de un entorno más amplio, ya sea urbano o paisajístico. El Archivo Nacional redefine el patio como una gran puerta pública entre la institución y la ciudad, y entre una parte y otra de la propia ciudad. Con sus pantallas de ladrillo perforado para favorecer la ventilación natural, el ornamento que proporciona la textura de las juntas del ladrillo, y sus importantes llenos y vacíos, este proyecto corresponde a esa visión propia de Salmona de que el arquitecto tiene la obligación de consolidar la ciudad que se desvanece con unos edificantes lugares de reunión.

Como muchos arquitectos de verdadero interés, Salmona se guía por intuiciones relacionadas con el equilibrio ideal entre la civilización y la naturaleza; evita toda idea simplista de la identidad cultural y se distancia de los programas localistas, prefiriendo excavar los estratos de la historia y combinarlos con una idea y una forma de la modernidad. En una época de rápida urbanización y modernización, la obra de Salmona refleja una sensatez fundamental y revela el rechazo a verse desplazado por unas formulaciones ideológicas efímeras. Estamos ante un arquitecto que asimila y transforma gradualmente, y que se mantiene alejado de las presiones de la moda intelectual o artística. Para él, la arquitectura es una cuestión tanto ética como política, puesto que su objetivo es mejorar la existencia de los usuarios de los edificios en el presente y en el futuro. La obra de Salmona no es suficientemente conocida en el mundo y a veces es tergiversada en su país, pero es probable que en el futuro siga transmitiendo sus cualidades de diversas maneras inesperadas durante mucho tiempo. Al recibir la Medalla Alvar Aalto en Jyväskylä (Finlandia), Salmona lo expresó así: "La arquitectura -una de las más claras manifestaciones de la reconciliación entre la materia y el espíritu (en caso de que espíritu y materia sean cosas distintas)- es un ejemplo de perseverancia y madurez que demuestra en la mayoría de sus obras -anónimas muchas de ellas- la posibilidad de crear imaginarios para transformar la vida".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de noviembre de 2003