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Tribuna:

El voto del empresario

Hablar de los empresarios en general es como hablar de los profesionales, los agricultores o los obreros: son muchos y de muchas clases, cada uno con sus propias ideas, intereses y personalidad. Pero cuando hablamos de empresarios en la política catalana sabemos que nos estamos refiriendo a los presidentes de las escasas grandes empresas y a las cúpulas de sus más importantes instituciones representativas. Quizá muchos empresarios no se sentirán representados por ellos, pero en el lenguaje político catalán éstos son "los empresarios" y se caracterizan por ser liberales en economía, conservadores en política y moderados en materia de nacionalismo.

Pues bien, desde 1979 los intereses que estos empresarios representan han tenido un muy notable peso específico en la política autonómica catalana. Hace unas semanas explicábamos cómo la campaña antimarxista desarrollada por Fomento en aquel año fue decisiva para el triunfo de Jordi Pujol en las primeras elecciones autonómicas de 1980. Pujol, aunque proveniente del mundo de la banca, no era exactamente uno de los suyos. Sin embargo, lo admitieron como mal menor ante la división y debilidad de los partidos de centro y de derecha catalanes de la época. A cambio, Pujol les hizo asumir un nacionalismo light, un catalanismo moderado. Unos con bastante convicción, otros a regañadientes, todos aceptaron el pacto. Con el tiempo se ha visto que han obtenido buenos frutos de todo ello. Desde entonces los empresarios constituyen un poder fáctico en la política catalana.

Pero, tras su largo reinado, a Pujol le sucede Artur Mas en un escenario político español y catalán muy distinto al de 1980. Por una parte, el PP, a diferencia de UCD, es un partido bien asentado en la sociedad española, con buenas perspectivas para continuar en el Gobierno durante otra legislatura. Por otra, el catalanismo moderado y pragmático que hasta ahora ha mandado en Convergència i Unió (CiU), parece estar agotando sus reservas y debe entrar en competición con el nacionalismo de Esquerra Republicana (ERC). Miquel Roca ya se fue, Macià Alavedra y Joaquim Molins también, otros, como Josep López de Lerma, siguen y seguirán el mismo camino: hay un cambio generacional ineluctable. Se trata, en realidad, de un camino parecido al del Partido Nacionalista Vasco. Hasta hace poco -recuérdese que votó con entusiasmo en 1996 a favor de la investidura de José María Aznar- era un partido equilibrado, un partido que merecía un amplio crédito por parte de los empresarios vascos. Sin embargo, en un determinado momento se encontró en una clara disyuntiva: o buscaba el voto de los sectores moderados de Herri Batasuna que rechazaban la violencia etarra o perdía las elecciones. Igual le está pasando a CiU: o se radicaliza hacia posiciones cercanas a la filosofía del plan Ibarretxe o ERC le gana la partida. Ahora bien, todo lo que se gana por un lado se puede perder por otro. Situada en estas posiciones un tanto maximalistas, CiU corre el riesgo de no contar con el respaldo de la otra parte de su público, puede perder el voto del empresario del que estamos hablando.

En este complejo escenario debe analizarse la personalidad política de Artur Mas y lo que representa. Como se sabe, el voto, en muchos casos, se decide por la confianza que suscita el líder. Sin duda, Mas se encuentra menos alejado del empresariado medio que Pujol lo estaba en 1980: por su trayectoria y perfil más técnico que político, porque es tibiamente nacionalista, porque aparece como más pragmático que fundamentalista. Ahora bien, precisamente por todas estas razones, debe convencer a un partido crecientemente radicalizado de que es todo lo contrario: un nacionalista de pura cepa, de soca-rel como decimos en catalán, un hombre con proyectos políticos ambiciosos como es la reforma del Estatut y de la Constitución, en definitiva, se trata de demostrar de que es una personalidad que no desdice en nada de la de Josep Lluís Carod Rovira. Así podrá llegar a convencer a los numerosos sectores de su partido o de sus votantes que lo consideran un parvenu del catalanismo y no lo reconocen todavía como uno de los suyos.

Sólo por una mala interpretación de este papel que no le sale de dentro puede llegarse a entender su gran metedura de pata al proponer algo tan extravagante como son las selecciones deportivas conjuntas con Andorra. Como es un tema puramente simbólico, cuyo alcance real no comprende todavía bien, ignora que lo menos nacionalista del mundo es compartir selección deportiva con otra nación, en este caso una nación-Estado, que si bien tiene idéntica lengua, debe ser forzosamente distinta -según los cánones del nacionalismo- en cuestiones tan centrales como son la cultura, la historia, las tradiciones, el carácter y toda la retahíla habitual de hechos diferenciales que se quieran añadir.

Ello es una muestra de que si bien Mas -y Josep Antoni Duran Lleida, por supuesto- no pueden asustar a los empresarios moderados que les conocen bien, el partido al que Mas y Duran pertenecen -en cierta manera, una ERC bis- puede resultarles inquietante. Hasta ahora estos empresarios sabían que Pujol les aseguraba moderación. Lo comprobaron cuando al firmar CiU la Declaración de Barcelona se desmarcó rápidamente al referirse desdeñosamante a aquel documento como "cosas de Pere Esteve". Hoy Pere Esteve está de número tres de la lista de ERC y muchos de los que piensan como él siguen en CiU. Pujol, con una sola mirada, controlaba a su partido. Hoy el partido controla a Mas y a Duran. Ésa es la diferencia.

Nuestro empresario dio en 1980 su voto a CiU o a UCD, según su grado de catalanismo. En 1984, 1988 y 1992, su voto fue siempre fiel a Pujol, su salvador ocasional. Comenzó a serle desleal en 1995 y 1999, pero los gobiernos de Pujol que han sido resultado de un acuerdo entre CiU y el PP le han parecido positivos y, por tanto, quiere que el acuerdo continúe. Sin embargo, para asegurar esta continuidad, esta vez comienza a pensar que no debe votar a Mas, sino al PP. De otro modo, podría estar favoreciendo un gobierno de CiU con ERC, quizá con Carod Rovira como presidente.

Francesc de Carreras es catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 23 de octubre de 2003