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Crítica:POESÍA

Versos en pie de guerra

Una antología que abarca medio siglo de creación repasa la obra de Jesús López Pacheco, representante del realismo crítico vigente en los años cincuenta y sesenta.

En la introducción a esta antología, César de Vicente Hernando sostiene que Jesús López Pacheco (Madrid, 1930- London, Canadá, 1997) ha sido expulsado del canon que rigen los aparatos ideológicos por proponer una escritura útil, materialista y de dirección comunitaria. Convendría que a tales consideraciones se hubieran añadido otras de exclusiva índole artística, pues a la vinculación entre ellas se refirió el propio poeta al afirmar que la función social de la poesía lleva implícito el peligro de sacrificar ésta "en aras de la denuncia, del testimonio escueto". Muchos compañeros de viaje no supieron soslayar ese peligro, y menos aún vencerlo.

A partir de Dejad crecer este silencio (1953), la literatura de López Pacheco abarca todos los géneros. Su novela Central eléctrica, de 1957, fue pauta del socialrealismo narrativo del medio siglo. La censura obstaculizó su normal desarrollo poético, lo que le llevó a editar fuera de España y provocó una sincopación de los ritmos de publicación que, unida a su posterior alejamiento físico -profesor en Canadá desde 1968 y en silencio durante dos décadas-, lo acabaría desconectando de sus compañeros generacionales.

EL TIEMPO DE MI VIDA (ANTOLOGÍA)

Jesús López Pacheco

Germania

Alzira (Valencia), 2003

202 páginas. 12,50 euros

Este volumen recoge poe-

mas de todas las épocas, en cinco secciones: las dos primeras concluyen con la publicación, en 1961, de sus obras más estrictamente socialrealistas: Mi universo se llama Cudillero, Canciones del amor prohibido y Pongo la mano sobre España. Las secciones siguientes se disponen por décadas: la del sesenta, las del setenta y ochenta, y la del noventa hasta su muerte. Pese a la continuada coherencia creativa, hay una acomodación a unas circunstancias cambiantes: el yo sometido por la dictadura fascista en la España autárquica da paso al sujeto anónimo de la dictadura del domesticado, lo que le lleva a criticar en Asilo poético (1992) la democracia burguesa y el capitalismo rampante de un país desarrollado "donde existir / es sólo consumirse y consumir"; y a denunciar, en Ecólogas y urbanas (1996), la depredación de la naturaleza y el previsible colapso del planeta. Poco a poco se van imponiendo poemas más concisos, y a veces más experimentales, a los que libran de la desvitalización expresiva la sorpresa, la escaramuza intencional y la torsión lingüística.

Su oposición al esteticismo ("El arte por el arte: igual a cero") alguna vez se extiende por contagio a la poesía sin más ("La poesía / es / palabrería") y a diversas presentaciones contemporáneas de la misma -modernismos, purismos, vanguardismos...-

, correlatos poéticos de los valores burgueses (Historia de la poesía moderna). Ello lo lleva a proclamar la inferioridad de los poetas respecto a los trabajadores manuales: "Mejor quiero llamarme pescador que poeta..."; versos que recuerdan a los de Antonio Machado sobre Líster ("Si mi pluma valiera tu pistola

..."), tan infortunados por el cotejo como entrañables por la intención. Muchos años después escribiría: "Vergüenza de haber sido al fin sólo poeta / en tiempos que exigían algo más que palabras"; versos injustos consigo mismo, que sufrió cárcel por defender, con la pluma y con la vida, sus ideas. Los recortes estéticos de esta poesía no derivan de su condición dialéctica ni de sus presupuestos ideológicos; sino de la supeditación instrumental del lenguaje a una y a otros. Su Poema vulgar defiende una belleza "en versos / de traje gris raído" como corresponde al "hombre de oficina"; pero quizá sea desdén intelectual creer que ese hombre no merece o no sabe apreciar otra cosa: y no pienso en "playas de oro, / montañas verdes, ruidos de agua clara" del locus amœnus clasicista, sino en imágenes que subviertan el orden plomizo de lo dado.

Es muy probable, en fin, que el presente libro no altere el canon a cuya impugnación se aplica el prologuista; pero ojalá sirva para situar dignamente esta voz entre quienes, rehusando trepar a un Olimpo de valores inmutables, quisieron registrar, según confirma el título de esta selección, el tiempo de una vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de octubre de 2003

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