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EL ESCRITOR TROTAMUNDOS

Señales de vida

Una entrada en el diario de Gombrowicz, la escena final de una película de Lubitsch, un paseo por la ciudad uzbeca de Bujaraantes de volar a Samarcanda. Son estaciones de una vida errante recogidas por el autor mexicano en su cuaderno de notas

No saber nada

Cuando traduje el diario de Gombrowicz encontré un fragmento que me interesó mucho y que sentí casi como propio: "Todo lo que sabemos del mundo es incompleto, es inexacto. Cada día se nos presentan mayores datos que anulan un conocimiento previo, lo mutilan o lo ensanchan. Al ser incompleto ese conocimiento es como si no supiéramos nada".

En actitud contemplativa

Algunos cuadros que me producen un placer inmediato, como también ciertos barrios de algunas ciudades, los primeros y los últimos cuartetos de Beethoven, Venecia entera, todo Matisse, las óperas de Mozart; también esas películas que una vez y otra, no importa cuanto las vea, me retrotraen a un placer adolescente inenarrable. ¡Mil noches pasaría ante El abanico de lady Windermere, de Lubitsch, por el mero placer de presenciar la escena final! La enumeración de todo aquello capaz de suscitar placer sería abrumadora. Pero con las relaciones humanas siempre me ha ocurrido lo contrario: han sido sólo el presentimiento o la memoria de algo, lo que está por venir, lo que ya ha pasado. Hace ya muchos años una amiga italiana me dijo que los instantes de placer más intensos no pueden despojarse de un grano de desesperación porque contienen ya un pregusto de la muerte. Por eso, en el fondo, nadie llegará a comprender el Don Giovanni. Don Juan carece de pasado y no intuye ni le interesa el futuro. Todo en él es presente. Lo mismo Cherubino, ese Don Juan en ciernes. Mi diferencia con Don Juan y Cherubino estriba en la capacidad de ambos para actuar, mientras que yo, si acaso sentía el presente, me mantenía ante él en actitud contemplativa.

Breve tratado de erotismo

En una ocasión Juan Manuel Torres me hizo leer un texto de Jan Kott: Breve tratado de erotismo. Lo busco en mi estantería de literatura polaca y encuentro en la edición inglesa la cita en que pensaba al día siguiente de un recorrido nocturno por Bujara cuando nos preparábamos a volar a Samarcanda. Recordaba con Kyrim y Dolores las ceremonias de la boda. Intento traducir: "En la oscuridad el cuerpo estalla en fragmentos que se convierten en objetos separados. Existen por sí mismos. Sólo el tacto logra que existan para mí. El tacto es limitado. A diferencia de la vista, no abarca la persona completa. El tacto es invariablemente fragmentario: divide las cosas. Un cuerpo conocido a través del tacto no es nunca una entidad; es, si acaso, un suma de fragmentos".

Perder estilo

Un buen día advertí que mi tiempo y mi espacio se habían saturado y contaminado por el mundo exterior y que el estrépito reducía de modo lamentable dos de mis placeres mayores: la lectura y el sueño. Era, me parece, el primer anuncio de un disgusto radical, de una angustia difusa; en realidad, de un auténtico pánico. Porque había empezado a advertir que esa absorbente mundanidad, en la que mis amigos y yo aspirábamos a comportarnos como los jóvenes protagonistas del primer Evelyn Waugh, en la que cualquier situación podía desorbitarse y convertirse en un inmenso disparate y la risa constituía el más eficaz cauterio para sanear los pozos de engreimiento y solemnidad que uno pudiera almacenar inadvertidamente, comenzaba a convertirse en algo muy distinto al modelo que nos habíamos propuesto. Entre los participantes de ese regocijante modo de vida comenzaron a presentarse actitudes que poco antes nos hubieran resultado inimaginables. A veces, al practicar el socorrido juego de la verdad, ése donde en el centro de un círculo de amigos sentados en el suelo se hace girar una botella para que alguien pudiese preguntar a la persona apuntada cualquier intimidad, secreta proclividad de que se había hecho sospechosa, en lugar de resultar una experiencia divertida, se volvía repugnantemente sórdida. En vez de frases ingeniosas comenzaron a producirse imprecaciones, reclamos, llantos, obscenidades. Una carga intolerable se nos había impuesto: pasábamos del juego a la masacre, del carnaval al aullido. Un muchacho recién casado abofeteaba de repente a su mujer, una hermana insultaba soezmente a su hermano y a la novia de éste, un par de amigos íntimos rompían con escandalosa truculencia esa intimidad de muchos años. De día en día crecían las histerias, las suspicacias, los rencores. Todo el mundo parecía haberse enamorado de todo el mundo y los celos se volvían una pasión colectiva. Nuestra compañía parecía alimentarse sólo de toxinas repelentes. Comenzábamos a perder el estilo.

Soltar amarras

Soltar amarras, enfrentarme sin temor al amplio mundo y quemar mis naves fueron operaciones que en sucesivas ocasiones modificaron mi vida y, por ende, mi labor literaria. En esos años de errancia se conformó el cuerpo de mi obra. Si obtuve beneficios, uno de ellos fue la posibilidad de contemplar mi país desde la distancia, y, por lo mismo, paradójicamente, sentirlo más próximo. Un sentimiento encontrado de aproximación y fuga me permitió disfrutar de una envidiable libertad, que de seguro no hubiera conocido de haber permanecido en casa. Mi obra habría sido otra. El viaje como actividad continua, las frecuentes sorpresas, la coexistencia con lenguas, costumbres, imaginarios y mitologías diferentes, las diversas opciones de lectura, la ignorancia de las modas, la indiferencia ante las metrópolis, sus reclamos y presiones, los buenos y malos encuentros; todo eso afirmó mi visión.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de septiembre de 2003