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Crítica:

Meteorología moral

Mario Benedetti cubre con una espesa capa de humor su desolador pronóstico del mundo. En cierto modo, continuación de su último poemario, en los relatos de 'El porvenir de mi pasado' asoman la frescura y la atenta observación del escritor uruguayo.

Mario Benedetti hace del cuento un promedio entre el poema y la novela, géneros que ha visitado con reconocida frecuencia. De hecho, El porvenir de mi pasado es en cierto modo una continuación de su último poemario, Insomnios y duermevelas (Visor, 2002), del que, como el autor advierte en la nota previa, incluso reproduce alguna página. La urgencia periodística de aquellos versos, que bosquejaban un desolador parte moral del mundo y un pronóstico que invitaba al llanto, es retomada aquí en unos apólogos que plantean situaciones típicas de la vida actual y la exhiben para que el lector juzgue por sí mismo. La diferencia es que en estos cuentos existe la voluntad de cubrirlo todo con una espesa capa de humor; humor negro pero nunca amargo, comprensivo del largo catálogo de suicidios, asesinatos, muertes trágicas, velatorios, viudeces, agonías, orfandad de los hijos de padres divorciados, exilios y síntomas de Alzheimer que aquí se exhiben. En Conclusiones, por ejemplo, la muerte misma toma la palabra: "Menos mal que no hay Dios, masculló la muerte con su voz cavernosa. Si hubiera Dios y viniera a disputarme el azar, no tendría más remedio que morirme". Sólo un poeta bendecido por el don narrativo podía acometer la osadía de pensar en la muerte de la muerte.

EL PORVENIR DE MI PASADO

Mario Benedetti

Alfaguara. Madrid, 2003

214 páginas. 14,95 euros

Por otra parte, a esta altura de su vida y de su obra, Benedetti arroja a la papelera las plantillas literarias: algunos cuentos están directamente mondos de final -acaso es un recurso para desconcertar y obligar la reflexión- o bien impiden que el lector se regocije con un remate sorpresivo para desviarse del caso moral que debe imponerse. Así, El tiempo pasa trata de un adolescente que se inicia en las cosas de los adultos de la mano de Gloria, "la puta más gloriosa de la calle Finisterre". Años más tarde, el padre del muchacho, viudo desde hace tiempo, le anuncia que se casará en segundas nupcias y que ha invitado a su futura esposa para que él la conozca: adivinen quién es la que viene a cenar.

Y es que detrás de la apa-

riencia de sencillo realismo, incluso de mero costumbrismo, el buen lector verá la sutileza con que Benedetti sabe aplicar sus recursos a la descripción hiperrealista o alegórica, según haga falta, de situaciones paradigmáticas de la experiencia humana, como este soliloquio de un beodo: "Tengo la sensación de que por las venas no me corre sangre sino ginebra. Eso sí, una ginebra factor Rh positivo (...

) Mis pobres glóbulos son rojos y blancos, a rayas, como la camiseta del Atlético". El simpático guiño al aficionado colchonero demuestra que la realidad futbolística española no es ajena a la insaciable curiosidad del escritor uruguayo. En otra pieza en verdad indescriptible, dos huellas digitales, la de un periodista y la de un torturador, dialogan en un archivo policial, consolando al final sus diferencias en la idea de que "después de todo, la mano de Dios no deja huellas".

De Benedetti se podrá decir todo menos que, a sus 83 años, haya perdido la frescura y la atenta observación que siempre lo han caracterizado. Advierte por ejemplo que mientras hace años los hombres se cautivaban de los ojos o la boca de una mujer, ahora es el ombligo al descubierto el arma principal de seducción: "Las muchachas son conscientes de esa magia y cuidan sus ombligos como antes cuidaban sus labios. A veces hasta los adornan con chafalonerías que despiden inquietantes destellos". Un símbolo preciso para sus propias páginas, plenas de destellos e inquietudes, que harán una vez más el parabién de una legión transoceánica de lectores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de septiembre de 2003

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