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Crónica:TOUR 2003 | Decimonovena etapa

'Terminatour 5'

Lance Armstrong controló a Jan Ullrich, que se cayó en la última contrarreloj

"Don't mess with Texas". No te busques jaleos con Tejas. La pegatina del coche de Lance Armstrong es clara. Una advertencia tan clara como si Arnold Schwarzenegger llevara en la espalda el letrero "no le toquéis las narices a Terminator". No le busquéis las vueltas al tío Lance que se puede enfadar, y si se enfada, como buen tejano que es, cabezota y orgulloso, es capaz de cualquier cosa. De ganar el Tour por ejemplo. Su quinto Tour consecutivo, ocho años después de que Miguel Indurain lograra la proeza, una gesta que entonces se juzgó irrepetible por los siglos de los siglos. 'Terminatour 5' sería la película. Hablaría de un ciclista sobrehumano, de plástico y metal. Pero también un ciclista con alma. Un Terminator apasionado.

"Vi a Ullrich ir tan rápido que estaba seguro de que se caería", dijo Millar, el ganador de la etapa

Con Armstrong, con Tejas, intentó enredarse Jan Ullrich, el pobrecito alemán que ha establecido una marca espectacular y única: ha participado en seis Tours y ha ganado uno, y ha quedado segundo en los otros cinco. Sólo le falta un segundo más para igualar al viejo y retorcido Zoetemelk. Ullrich, que retornaba a la gran escena tras un año miserable, intentó complicarle la vida a Armstrong, y así le fue. Acabó por los suelos -como Beloki, otro osado, semanas antes-, sus esperanzas perdidas en una curva tomada a excesiva velocidad.

Fue en la contrarreloj final, en la madre de todas las contrarrelojes, la que debía acabar con el suspense del Tour del Centenario, el del sufrimiento de Armstrong. Ullrich partía de Pornic camino a Nantes con 65 segundos de desventaja y una inferioridad psicológica, de derrotado hiciera lo que hiciera, que le empujaron de salida tan fuerte como los vientos racheados, acompañados de ráfagas de lluvia, que no cesaron todo el día y que propiciaron la segunda contrarreloj más rápida de la historia del Tour. Ullrich salió tan fuerte y mentalizado de que nada tenía que hacer y de que más valía agotarse cuanto antes, que a los dos kilómetros había recortado seis segundos al estadounidense. Tres segundos por kilómetro. Tampoco hacía falta tanto. Con segundo y medio cada mil metros valdría. Pero seis segundos en dos kilómetros... Ullrich era una máquina casi tumbada sobre su bicicleta, manillar muy bajo, en la que instaló una rueda de pistard, de velocidad pura, cinco bastones y frenos especiales.

El dato se lo ocultó Johan Bruyneel a su pupilo estadounidense. Armstrong, el de los mejores tiempos, no el deshidratado y achicharrado de Toulouse al que Ullrich aventajó en minuto y medio, era el Armstrong que pedaleaba de puntilla, como quien baila y flota. El Armstrong de las 115 pedaladas por minuto y el desarrollo ligero. El Armstrong que manejaba con habilidad y brío su bici especial, tan ajustada que había decidido bajar cinco milímetros el sillín, y utilizar un manillar seis centímetros más estrecho que el de la otra contrarreloj, un manillar que le obligaba a juntar más los brazos, que no le permitía abrir tanto los pulmones, pero no necesitaba aire suplementario. "En cuanto abrí la ventana por la mañana y vi que llovía y que andábamos por los 22 grados, que no era el sol achicharrante de Toulouse, los 40 grados, respiré feliz", dijo Armstrong. Armstrong, el hombre de las brumas, el que empezó a resucitar cuando atravesó La Mongie invisible envuelto en niebla, cuando atacó en la brumosa ascensión a Luz Ardiden. A los 15 kilómetros, cuando se había cumplido un tercio de lo programado, Armstrong y Ullrich estaban igualados. El alemán parecía encallado en su desarrollo. No podía ir más deprisa. El duelo se decidiría sin haber comenzado realmente.

"Sólo se caen los que persiguen". La pegatina aún no existe, pero no estaría de más. Sólo se cae el que se arriesga, el que va más allá de sus medios. El más débil, que cree que ganando segundos en las curvas se arreglan los problemas. Acuciado desde el coche por Rudy Pevenage, su director, el belga que piensa por él, Ullrich empezó a comerse las rotondas, a rozar el peligro en cada curva. "Le vi partir tan rápido que estaba seguro de que se caería", dijo David Millar, el escocés que ganó la contrarreloj, el mismo fino estilista desafortunado que perdió el prólogo por milésimas, por una salida de cadena, que halló la justicia poética en la última etapa. A 11 kilómetros del final, cuando la última ráfaga de viento ya se había llevado todas sus esperanzas, Ullrich atacó demasiado rápido -"tenía que arriesgar, no tenía otro remedio", dijo- una rotonda, la misma en la que se habían caído Plaza, Millar, Peschel, Mancebo... la curva maldita. El alemán tocó el freno, la rueda delantera patinó. La caída fue inevitable. Y la misma circunstancia que propició el derroche de adrenalina en Armstrong subiendo Luz Ardiden, en el turbado alemán se convirtió en una marea alcalina. En un deseo de paz, de tranquilidad. De allí sl final, los dos antagonistas levantaron el pie. Decidieron acabar el Tour vivos. Tres minutos después de Ullrich cruzó la meta Armstrong. Levantó el puño derecho. Y lanzó el mayor suspiro de alivio de su carrera. Había ganado un Tour que presentía que nunca terminaría.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 27 de julio de 2003