Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:APROXIMACIONES

Alfonso de Valdés, "libre y claro"

El Lazarillo de Tormes no es una obra anónima sino hija de Alfonso de Valdés, secretario de cartas latinas de Carlos V y el mejor prosista de la primera mitad del siglo XVI. Su anonimato se explica por la confluencia de dos caracteres en su autor: su origen judío y su erasmismo militante. Así lo sostiene Rosa Navarro Durán en un libro cuya importancia se mide, en opinión del autor de este artículo, por el "silencio atronador" con que ha sido recibido.

La importancia de una obra se mide frecuentemente en España por el silencio atronador que suscita. Se habla de ella en privado, se la descalifica en tertulia, se alude de pasada a su inconveniencia y aventurismo: quienes la admiran, callan, y sus detractores no exponen sus razones, si las tienen, por escrito. Como se dice en la detestable jerga de hoy, nadie mueve ficha.

La publicación del libro de Rosa Navarro Durán, Alfonso de Valdés, autor del 'Lazarillo de Tormes'(Gredos, 2003), es un buen ejemplo de lo que digo. La conclusión a la que llega la autora después de un espléndido ejercicio de erudición, cotejo de fuentes literarias, análisis del contexto histórico de la época y un raciocinio que no excluye la imaginación necesaria a toda empresa creativa, habrá desprendido sin duda muchas hojas caducas del árbol de nuestra cultura oficial y académica: "Siempre hemos leído [el Lazarillo] como una obra anónima, pero no es hija de la piedra, sino del mejor prosista de la primera mitad del siglo XVI, el mejor valedor de Erasmo en España: Alfonso de Valdés, secretario de cartas latinas del Emperador".

La sátira eclesiástica de la novela responde cabalmente al tiempo que retrata y en el que fue compuesta. Lázaro, huérfano de padre, y cuya madre, amancebada con un negro, se despide de él para siempre y lo confía a un ciego, pasa sucesivamente de las manos crueles de éste al servicio de un clérigo tramposo, de un escudero sin blanca, de un fraile de la Merced, de un vendedor de bulas, de un maestro de pintar panderos, de un capellán y de un alguacil, hasta sentar plaza en Toledo con el Arcipreste de San Salvador. Si exceptuamos al escudero, alguacil y colorista (estos dos últimos, personajes de relleno), sus amos son eclesiásticos o medran, como el ciego recitador de plegarias, a costa de la credulidad de los fieles. Todos ellos muestran sin rebozo su impostura, mezquindad, codicia y falta absoluta de caridad. El único retratado genuinamente con simpatía compasiva será el escudero: prototipo de hidalgo cristiano viejo que prefiere morirse de hambre a desempeñar un empleo contrario a su honra. En vez de alimentar a Lázaro, éste acabará por procurarle alimento a él: inversión de la relación amo/criado que generará siglos más tarde argumentos y personajes magníficos, como el de Benina en Misericordia, de Galdós, y su divertida parodia por Joaquín Belda en Las noches del Botánico, en la que una pajillera de buen corazón ejerce abnegadamente su oficio para socorrer a los pobres de su parroquia. La discreta ironía tocante al escudero no se acompaña no obstante, como en las obras predecesoras de la novela, con una crítica acerba a la honra castiza y la limpieza de sangre. La materia era inflamable y el proceder cauteloso del autor respondía a la conveniencia de "no menealla".

Los orígenes judíos del secretario para la correspondencia y "cosas de latín" del emperador están fuera de duda. En 1516, nos recuerda la autora, su padre, Fernando de Valdés, preso y penitenciado con anterioridad por la Inquisición, declara en el proceso incoado contra Juan Fernández de Chinchilla que su "agüela" paterna tenía "parte de converso", y su esposa, María de la Barrera, madre de Alfonso y Juan de Valdés, "tres partes de converso a lo que este testigo ha sabido" (un cuñado suyo fue procesado y quemado por el Santo Oficio en 1491). Los términos "cuarterón", "ochavón", etcétera, habitualmente empleados en Iberoamérica para indicar los distintos grados de mestizaje de español con negro o indio se remontan a la época en la que la limpieza de sangre se convirtió en el don más precioso para los habitantes de la Península. Los sufrimientos y humillaciones de los Valdés, similares a los de la familia y entorno de Fernando de Rojas, fueron poción amarga de la que no les privaron ni su extraordinaria cultura humanista ni los altos cargos desempeñados al servicio de los Reyes Católicos ni de su nieto Carlos. La carta de Baltasar de Castiglione, el nuncio papal -carta citada por Rosa Navarro Durán-, en respuesta a la obra de Alfonso de Valdés, Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, tras el saco de la ciudad santa por las tropas del emperador, no puede ser más explícita: invocar vuestro honor es vano, le suelta, pues "voi [l'] avete perduto prima che nasceste...".

Para el catolicismo español de la época, se podía nacer deshonrado, y ese estigma indeleble perseguía a las víctimas hasta el fin de sus días. Pretender, como Manuel Asensio y otros anticastristas profesionales, que el hecho de tener antepasados que "recibieron el bautismo de pie" es un mero detalle me recuerda la frase de un célebre demagogo francés sobre las cámaras de gas de los nazis. Para saber de verdad lo que ello implicaba, habría que escuchar a través de las pruebas escritas, actas y documentos las voces dolientes, a veces sobrecogedoras, de los penitenciados y de sus deudos. Aun amordazadas y con sordina a causa de su lejanía, llegan hasta nosotros como testimonio cruel de una España oprimida, condenada al exilio, al silencio o al fuego inquisitorial. Sin la "negra honra" -tormento de quienes carecían de ella-, la obra de una mayoría de escritores de los siglos XV, XVI y comienzos del XVII no existiría. El erasmismo militante de Alfonso de Valdés -con su ironía tocante a los clérigos, reliquias, venta de bulas y otras manifestaciones de religiosidad ostentosa y huera- se traduce en su visión crítica, tamizada por la prudencia, de una sociedad de la que sólo podía evadirse gracias al saber y a la maestría de su pluma, hija en muchos aspectos, de la del autor de la Tragicomedia.

El anonimato del Lazarillo se explica así por la combinación de dos elementos: el linaje de su autor y la influencia de Erasmo, no captada sorprendentemente por Marcel Bataillon en su obra maestra. El anticlericalismo reinante en España e Italia en las décadas previas a su genial creación (véase entre nosotros La Celestina, el Cancionero de burlas, las comedias de Torres Naharro, La lozana andaluza...) empezaba a chocar con la reacción ortodoxa que culminaría en el Concilio de Trento. Aunque protegido por la corte y su alejamiento, que sería definitivo, de la Península -Alfonso de Valdés debió escribir la novela en Italia o Alemania entre 1529 y 1532, fecha de su muerte-, una elemental prudencia le aconsejaba no darla a conocer con su nombre: sus dos Diálogos anteriores circularon también de forma anónima y el de Mercurio y Carón fue atribuido erróneamente a su hermano Juan hasta que Bataillon estableció con nitidez su autoría. Desde las prédicas enardecidas de Lutero y la incipiente división de la cristiandad, las nubes que se acumulaban sobre el humanismo español influido por Erasmo eran cada vez más sombrías. Si Alfonso abandonó España siguiendo la erranza de la corte imperial, Juan de Valdés, autor del Diálogo de la lengua, lo hizo para ponerse a salvo de un nada imaginario peligro: el encarcelamiento y proceso por el Santo Oficio a raíz de la prohibición de su Diálogo de la doctrina cristiana. Como muchos otros sospechosos de herejía en aquellos tiempos, se escabulló porque, en palabras de uno de ellos, la vida es un bien "muy amable".

Como señala Rosa Navarro Durán, las ediciones que se conservan del Lazarillo, impresas en 1554 en Burgos, Medina del Campo, Amberes y Alcalá de Henares, no son a todas luces las primeras. La obra debió comenzar a circular en Italia entre 1532 y 1540, nos dice, ya que encontramos huellas de ella en una colección de Dichos graciosos de españoles, publicada en 1540 en Sevilla por un librero italiano, y en la adaptación castellana del Baldus, en 1542. Más significativo aún: los ecos de las lecturas del autor que afloran al hilo del relato se detienen en 1530, fecha probable de su redacción. Alfonso de Valdés fue un excelente lector, capaz de asimilar con fortuna las obras que tenía entre manos y de integrarlas en la trama de su relato. En sintonía con otros investigadores del tema (Blecua, Rico, García de la Concha...), Rosa Navarro Durán rastrea las trazas de La Celestina, la Propalladia de Torres Naharro, la Comedia Thebaida dada a luz anónimamente en Valencia en 1521, La lozana andaluza, editada en Venecia en 1528, y, más curioso aún, del Relox de príncipes (1529) del cortesano fray Antonio de Guevara. Ningún rastro posterior a 1530 avala la hipótesis de que el Lazarillo fuera escrito por un desconocido genial dos décadas más tarde.

Abundando en ello, las referencias al contexto histórico -desde la derrota de Gelves frente al turco en 1510, en la que pereció el padre de Lázaro, pasando por 1525, fecha de la entrada triunfal del emperador en Toledo tras la rendición de los Comuneros y la victoria en Pavía contra el rey de Francia, hasta el "año estéril de pan", esto es, la bien documentada sequía de 1529- se encuadran en el lapso en el que Alfonso de Valdés compuso la obra, aunque la última fecha sea anacrónica respecto a la época en que se cierra el relato. Pero una cosa es el tiempo del texto -la relación de la vida de Lázaro dirigida a la misteriosa Vuestra Merced- y otra muy distinta el de la escritura por su autor: éste puede permitirse incluir en aquél hechos conocidos con posterioridad.

Nada indica tampoco que el Lazarillo pudiera haber sido redactado después de la muerte de Alfonso de Valdés. Como observa la autora del libro que comentamos, resulta más que improbable que alguien acometiera en España, en plena reacción tridentina, la empresa arriesgada de poner en solfa la santidad de los frailes, la honradez de los bulderos, los milagros teatrales de los predicadores y la vida de los arciprestes abarraganados y negociantes de vinos. La atmósfera intelectual se había enrarecido en el espacio de dos décadas. No olvidemos que la sátira de Alfonso de Valdés, pese a la sutileza con que la destila a lo largo de la caracterización de los amos de Lázaro, no obstó para que el Santo Oficio pusiera sus ojos malsines en ella: cinco años después de la impresión de las ediciones hoy conocidas, el libro fue incluido temporalmente en el índice de obras prohibidas por la Inquisición.

Pero pasemos al núcleo de la investigación, a la vez erudita, rigurosa e imaginativa, de Rosa Navarro Durán. Como han advertido desde hace tiempo los lectores atentos del Lazarillo, hay en el prólogo dos discursos acoplados en uno solo: el del autor que se dirige a sus lectores, discretos o no, es decir, a un interlocutor desconocido y múltiple, y el del propio Lázaro, cuyo destinatario es la enigmática Vuestra Merced, objeto de conjeturas desde hace más de un siglo. A partir de la evidente e inexplicable fisura, ya no es el autor sino el narrador quien escribe a una persona anónima para referirle "el caso", conforme se le ha pedido: su vida y andanzas, de amo en amo, verdadera sarta de desventuras y adversidades que finalizará no obstante con su triunfal estatus de pregonero de los vinos del Arcipreste de San Salvador (algo así como el de un guardacoches municipal en nuestros días).

En otras palabras: una cosa es el prólogo y otra muy diferente la narración que expone el caso, dicotomía de la que se infiere con razón que falta algo en el texto llegado a nuestras manos. Alguien le arrancó un folio (hecho bastante común en nuestra literatura, desde el Libro de buen amor hasta las obras expurgadas por la censura franquista): un folio en el que se esclarecería "el caso" y aportaría algún dato respecto a esa Vuestra Merced, a cuyo requerimiento responde Lázaro. En buena lógica, Rosa Navarro Durán concluye que se trata del argumento que solía exponerse entre el prólogo y la obra propiamente dicha, tal como el que figura en La Celestina, la Comedia Thebaida, las obras de Torres Naharro, La lozana andaluza y en los Diálogos del propio Alfonso de Valdés. Pero la sagacidad de su razonamiento de cara al enigma no se detiene aquí.

¿Quién es Vuestra Merced?, se pregunta. Y, ¿por qué le pide a Lázaro que le refiera "el caso muy por extenso"? El destinatario del relato, responde, es una mujer. Lázaro emplea el género femenino: "Con reverencia de Vuestra Merced porque está ella delante". La frase es ambigua y ha sido interpretada muy diversamente, pero la autora la esclarece: no delante, como testigo del "caso", esto es, de la conversación de Lázaro con el Arcipreste en presencia de su mujer sobre los rumores de que con anterioridad a su matrimonio ésta habría parido tres veces, sino delante del manuscrito enviado a Vuestra Merced y del que es la destinataria. Las dudas de Lázaro, las protestas de honestidad de aquélla y la menos inocente que acomodaticia conclusión de él -"yo juraré sobre la hostia consagrada que es tan buena mujer como vive dentro de la puerta de Toledo"- rematan con corrosiva ironía la exposición del "caso" solicitada por Vuestra Merced.

Ahora bien, ¿por qué se interesa ésta por "el caso" al punto de solicitar que "se lo escriba"? ¿Qué nexo puede haber entre un pregonero cornudo y una dama de un medio social muy distinto? Rosa Navarro Durán da en el clavo: el sacramento de la confesión. Si tenemos en cuenta las advertencias de Erasmo (y los hermanos Valdés formaban parte de sus más fieles discípulos) respecto a los confesores lenguaraces y poco fiables, todo cobra sentido. La exposición de los peligros del confesionario no era asunto exclusivo de las élites erasmistas: el anticlericalismo reinante en la Roma de los Borgia embebía la literatura de la época. En La Cazzaria (La Carajería) -manuscrito descubierto en Barcarrota (Badajoz), escrito probablemente hacia 1526 por el italiano Antonio Vignali, y traducido y editado con un preliminar de Francisco Rico en 1999-, los platicantes se despachan a gusto con los frailes ociosos que pasan el tiempo imaginando las maneras de satisfacer su lujuria. "Por tal motivo", dice uno de ellos, "han inventado la confesión, a fin de poder investigar y saber si existe algún placer entre los seglares desconocido por ellos, y averiguar igualmente si hay un secreto, gracias al cual puedan saciar su concupiscencia con mayor pericia".

El Arcipreste de San Salvador, "servidor y amigo de Vuestra Merced", a quien la dama confía los secretos del alma, vive abarraganado con su criada y la casa con el pregonero de sus vinos. El vino suelta la lengua de los que se encariñan con él y ¿qué símbolo más claro de este peligro que el oficio de pregonero que enhiesta a Lázaro a la "cumbre de toda buena fortuna"? Como dice la autora, refiriéndose al Arcipreste y sus vinos, "al enlazar el secreto de confesión con la profesión del marido de la amante, pregonero, nos damos cuenta de hasta dónde llega la agudísima sátira erasmista del Lazarillo". La dama está al tanto de los rumores que corren sobre su confesor y, por dicha razón, incita a Lázaro a referirle, y referir de paso a los entusiastas lectores de ayer y de hoy, la historia de su vida.

La erudición a secas, aun siendo necesaria, resulta con todo insuficiente si no va acompañada con una dosis de imaginación creadora, capaz de coordinar hechos dispersos, atar cabos sueltos y recurrir con sabiduría y prudencia al razonamiento, ya sea deductivo o inductivo. Rosa Navarro Durán reúne dichas cualidades y su demostración de la autoría de Alfonso de Valdés parece difícilmente rebatible. El silencio que ha acogido su trabajo muestra una vez más la endeblez del espíritu crítico y el embarazo que suscita la irrupción de lo nuevo. Salirse de los caminos trillados y avanzar sin anteojeras en el conocimiento paulatino de nuestra literatura chocan con los intereses creados y las jerarquías establecidas del saber. La "novedad de discurrir" es desaconsejable a quienes aspiran a hacer carrera: mejor y más provechoso serán siempre la adhesión al canon y la rutina del magister dixit.

Con todo, el combate de retaguardia de los misoneístas me parece condenado al fracaso. Durante decenios, algunos se obstinaron en editar La Celestina sin el nombre de su autor. El anonimato del Lazarillo correrá la misma suerte conforme aumente el nivel de nuestros conocimientos. No se puede negar la fuerza de la demostración ni tapar con la mano la luz del lucernario. En el epígrafe de la obra que comentamos, Alfonso de Valdés se define a sí mismo como hombre "libre y claro". El libro de Rosa Navarro Durán se resume también en estos dos adjetivos y por ello, precisamente, resulta ejemplar en nuestros reinos de taifa universitarios y la atmósfera de ramplón y oficial conformismo.

Alfonso de Valdés, autor del 'Lazarillo de Tormes'.

Rosa Navarro Durán. Gredos. Madrid, 2003. 202 páginas. 15 euros.

La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades. Alfonso de Valdés. Introducción de Rosa Navarro Durán. Edición y notas de Milagros Rodríguez Cáceres. Octaedro. Barcelona, 2003. 218 páginas. 5,80 euros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de julio de 2003