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Reportaje:TOUR 2003 | Jornada de descanso

La madre de todos los pulsos

Armstrong y Ullrich se citan en la contrarreloj del sábado para dirimir la edición más igualada de los últimos años

Si usted no tiene un pasaporte especial, no intente entrar en el hotel Mercure de Pau, donde Lance Armstrong descansó. Como había más equipos allí -el Banesto, el Fassa Bortolo y el Rabobank-, y como Pau es una ciudad muy ciclista, donde ha llegado múltiples veces el Tour, decenas de aficionados abarrotaban los alrededores, así que entre los guardias de seguridad del hotel y los guardaespaldas de Armstrong montaron tal dispositivo que entrar en el vestíbulo resultaba tan solemne y solitario como entrar en una catedral a las siete de la mañana.

¿Significaba ello que él, el gran hombre, el boss en persona, temía, dudaba, reclamaba silencio y concentración para meditar, reflexionar, preparar la madre de todos los pulsos, o como se pueda llamar la cita del sábado, o sea la contrarreloj que decidirá el Tour más igualado de los últimos años?

"Todo es posible todavía", dice el alemán, "un minuto y siete segundos no es nada"

La horquilla de la bicicleta del líder, por efecto de la caída, se rompió cuando la limpiaban los mecánicos

No, por supuesto.

Avanzando un poco más por el hotel, al fondo, a la izquierda, se llega a los salones donde los equipos han montado sus comedores. Son las 14.30 horas y casi todos los salones están vacíos. Los corredores, la mayoría, se han subido a echarse la siesta. Pero de un salón, del último, aquel cuya puerta cuida el inefable mister Bayarta, guardaespaldas diplomado, salen ruidos de carcajadas. ¡Oh! sí, es él, Lance en persona. Está relajado, está riéndose.

Armstrong ayer no habló para la prensa, pero su gente destacó tres detalles. Primero, que cuando los mecánicos cogieron su bicicleta tras la etapa de Luz Ardiden y quitaron la rueda trasera para proceder a limpiarla, la horquilla que la sujetaba se desintegró en pequeños trozos. El cuadro estaba roto, pero, felizmente, resistió las acometidas del campeón en su fogosa ascensión. Segundo, que está tan convencido de que en la contrarreloj de Nantes igualará al menos el tiempo de Ullrich, que ni siquiera sufre por los problemas de su fiel gregario Roberto Heras, que sufre de un inicio de neumonía desde hace varios días. Y tercero, que no cree que pase nada importante hoy, en la tremenda etapa de Bayona, con el paso del Bagargui, impresionante, en la frontera con el bosque de Irati.

El Novotel, guarida de Jan Ullrich, el desafiante, era, en contraste, la selva. Periodistas y más periodistas, reclutados de Alemania, la mayoría, los últimos días, habían convertido la cafetería en abarrotada sala de prensa improvisada y martilleaban las teclas de los ordenadores para transmitir las grandes exclusivas de la conferencia de prensa del alemán, que sí que habló, exclusivamente en alemán.

Ullrich era ayer un hombre acosado por los reproches de sus propios seguidores, que desde Alemania le atosigaban con llamadas telefónicas y correos electrónicos para reprocharle su caballeroso gesto del lunes en Luz Ardiden, cuando no quiso aprovecharse de la caída de Arsmtrong y aminoró el ritmo para que el estadounidense se recuperase. Ullrich mantiene que las reglas no escritas del deporte le obligaban a esa deferencia, aunque pueda costarle el Tour.

"Los aficionados no lo entienden, pero esto son cosas normales en el ciclismo", insiste el corredor alemán. "El deporte es así y yo soy un deportista". Ullrich, que iba detrás de Armstrong y le esquivó por centímetros, ni siquiera quiso escudarse en ese incidente cuando le preguntaron ayer si la frenada que se vio obligado a hacer le cortó el ritmo de ascensión y facilitó el posterior ataque del tejano.

Distendido y hasta bromista, Ullrich compareció en una abarrotada conferencia de prensa en la que proclamó que luchará por cada segundo en los próximos días. Al alemán le agradó que los periodistas evocasen el recuerdo de 1989, cuando el francés Fignon, que llevaba 50 segundos de ventaja a otro estadounidense, Greg Lemond, perdió la carrera por ocho tras la contrarreloj final. Con ese ejemplo muy presente, Ullrich anuncia que está dispuesto incluso a batirse por las bonificaciones de las metas volantes y los finales de etapa. "Todo es posible todavía", asegura. "Un minuto y siete segundos no es nada. Al principio del Tour era impensable para mí llegar hasta aquí en esta situación".

El alemán insiste en que perdió tiempo en las etapas de los Alpes porque tuvo fiebre y problemas estomacales. "No es una excusa", precisó. "Desde entonces he ido a más y sigo mejorando". En su ejercicio de autoconfianza, Ullrich también relativiza el triunfo de Armstrong en Luz Ardiden -"me sacó segundos, no minutos"- y evita cualquier juicio sobre el estado de su máximo rival: "Lance es un corredor muy peculiar. Resulta muy difícil saber cuándo está mal".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 23 de julio de 2003