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Crónica:TOUR 2003 | Octava etapa

Mayo vuela en Alpe d'Huez

El español gana en la mítica cima una etapa en la que Armstrong sufrió múltiples ataques y mostró ciertas debilidades

"Los proyectos que más peso tienen son los más utópicos". Leyó esta frase del arquitecto Renos Piano en una entrevista en el Libération Giancarlo Ferretti y el director del Fassa Bortolo torció el gesto, puso cara de decir que ya es muy viejo para creer en nada, y dijo que no, que la utopía no era posible en el Tour del Centenario, que Armstrong era Armstrong. La leyó Mancebo, el escalador de Navaluenga, y dijo: "¿La utopía son los sueños que parecen inalcanzables, no? Le daré vueltas a la frase en la etapa".

No se sabe si Iban Mayo, pelo revoltoso, perfil afilado, camiseta abierta, faldones al viento, cree en las utopías -más bien parece del lado pragmático de la ideología ciclista, un Fuente sin aristas trágicas, sin misterio, sin exageraciones-, pero seguro que cree en los sueños. En sus propias fantasías, claro, y también en las de la afición, en los sueños de los amantes del ciclismo, a quienes regaló ayer una etapa -39 minutos de etapa, más precisamente- que difícilmente podrán olvidar. Y como Mayo, también Beloki, Zubeldia, Hamilton, Vinokurov, todos los ciclistas que ayer, en alas de la utopía o de sus sueños, se atrevieron a intentar probar que Armstrong no es el supremo. Ayer le tuteaban, le miraban a la cara, a los ojos de azul líquido, a la palidez de los pómulos, le miraban más cerca que nunca, le oían respirar, hiperventilando, y no le decían nada. Simplemente aceleraban. Demarraban. Intentaban irse. El que más lo intentó fue Beloki, el primero que se atrevió. El que más lejos llegó fue Mayo. Llegó hasta la meta. Solo y besando a las multitudes, saludando al mundo, saboreando la felicidad en unos segundos eternos. "¿Qué me importa el tiempo que he perdido? No me importa nada. Nada al lado de lo que sentí. Era un momento único, que quizás no vuelva a repetirse", dijo.

Quizás la utopía consista en arrancarse el auricular de la oreja y dejarse guiar por el instinto. Todo ocurrió en el Alpe d'Huez, el puerto de las 21 curvas numeradas de atrás a adelante, el puerto en el que cada pedalada -bajo la canícula, en medio de un sendero mínimo, los ciclistas abrumados por cientos de miles de aficionados ebrios de ciclismo- lleva el recuerdo de un nombre, de un mito, el del primer ganador, Fausto Coppi, el campionissimo, en 1951, el del último, Armstrong, en 2001, el de Pantani, el Zoetemelk, el de Kuiper, el de Bugno, el de Etxabe, el único español hasta ayer que había ganado al final de los 14 kilómetros al 8%. El de Mayo, desde ayer.

Beloki, prisionero de sus palabras, de sus obligaciones, atacó. Y por un momento, durante un kilómetro, la ilusión se extendió de que aquel era un instante histórico, de que allí, en Alpe d'Huez, en el santuario, se asistía al fin de Armstrong igual que en Pra Loup se había acabado Merckx o en Les Arcs Indurain. Fue más un deseo que una realidad. Armstrong, gran campeón bajo el ralo cabello, no perdió nunca la calma, la frialdad, el control. Heras, su lugarteniente de Béjar, le llevó hasta Beloki. Por allí ya se veía impacientes asomar los rizos de Mayo, se adivinaba en la alegría de su pedalada, que entre dientes llevaba la cuenta atrás con cada pedalada de Heras que les acercaba a Beloki. 10, 9, 8,..., 3, 2, 1. Pum. Cazado Beloki voló Mayo, superman de capa naranja y fácil pedalada. Y mientras el vizcaíno de Igorre, el hombre que ya había atormentado a Armstrong por las carreteras cercanas toda la semana de la Dauphiné Libéré hace un mes, comenzaba a edificar su leyenda de hombre Tour, Armstrong, viejo sabio, experto, veterano, se preparó para defenderse. No intentó acercarse a Mayo. Nunca responde a los ataques del vizcaíno, un ciclista que le funde. Vio cómo una nueva generación se le acercaba sin miedo. Se vio rodeado por Zubeldia, que cortaba el ritmo para que Mayo llegara más y más lejos, por Hamilton, con la clavícula a cuestas, que le atacó un par de veces, por Beloki, que lo intentó cinco veces más, por Vinokurov, que se fue, pero sólo salió a por Beloki, el único que le podía impedir vestirse ayer de amarillo.

Porque pese a todo, Armstrong, doliente o débil, limitado o sin equipo, conquistó el maillot amarillo en Alpe d'Huez. Aunque cediera más de dos minutos a Mayo, transfigurado en Ocaña, Fuente, Pantani, Herrera, en quien quieran, en la cima de Alpe d'Huez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 14 de julio de 2003