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Una elección para el verano

Las vacaciones son una gran oportunidad para reencontrarse con escritores clásicos y algunos de sus libros imprescindibles. Ahí están, por ejemplo, Kawabata y su País de nieve, Cornell Woolrich y La ventana indiscreta, Herman Broch y El maleficio, George Eliot y El molino del Floss. También son días para leer de un autor contemporáneo como Mailer El fantasma de Harlot.

Una recomendación para el verano sobre los libros que uno mismo ha ido reseñando a lo largo del año no es difícil de hacer si lo que tuviéramos claro es a qué llamamos libros para el verano. ¿Esa lectura retrasada en busca de tiempo? ¿Ese libro perdido que la memoria se niega a recordar? ¿El clásico tocho cuyo volumen en páginas se convierte en una esperanza de ocio y relajo antes que en una verdadera intención de lectura? De manera que sólo se me ocurre imaginar qué libros elegiría llevar conmigo en el caso de no haberlos leído (¡y reseñado!) previamente.

Como primera medida, tres libros breves que permiten ser intercalados entre lecturas de mayor dimensión volumétrica. La mujer de Gilles, de Madeleine Bourdouxhe (Siruela), es un drama intenso y seco acerca del amor ciego que despierta a la luz para que ésta, a su vez, ciegue y destruya al enamorado: es una pieza de gran riqueza y concentración. También lo es País de nieve, del maestro Yasunari Kawabata (Emecé), que incide en el asunto amoroso, pero desde el desamor de quien busca una relación acomodaticia y se ve gravemente enfrentado a un encuentro amoroso que se le escapa de las manos y del que se desprende por miedo y con daño. Si las consecuencias inevitables de toda relación amorosa verdaderamente potente inquietan al lector demasiado relajado, Cornell Woolrich se ocupará de elevar su temperatura emocional con La ventana indiscreta (Espasa Calpe). El "rey del suspense" hace honor a su apodo con una historia, célebre gracias también a Alfred Hitchcock, donde pone lo mejor de su arte y que incluye otros de intriga: ¿le apetece ponerse en la piel de la víctima?

Pero no hay verano sin piezas que justifiquen la espera de un tiempo de lectura para engolfarse durante días y días. Yo propondría una novela que relata la incubación del nazismo en un pequeño pueblo de montaña; lo cuenta Hermann Broch en su novela póstuma, El maleficio (Adriana Hidalgo), y es quizá la más asequible y directa de las novelas del gran maestro alemán. En cuanto al centón de turno, no dejaría de recomendar o bien El molino del Floss, de George Eliot (Alba), para amantes del XIX o bien, para amantes del XX, la poderosa, exuberante y exhaustiva relación de cuarenta años de vida americana vista desde el interior de la CIA que Norman Mailer construyó y que bien puede suponer respecto a la materia de la que se nutre la novela realista americana lo que El Padrino trajo al cine: la carta de naturaleza de un nuevo escenario social poderoso como la vida misma y tratado sin complejos ni intenciones moralizantes. Es El fantasma de Harlot (Anagrama).

Y para el lector dispuesto a hacer deberes y a enfangarse con la inteligencia literaria, un ensayo: Confianza o sospecha, un libro que será cada vez más importante porque plantea un tema capital: dónde asentar la confianza literaria en estos tiempos asentados en la duda, la sospecha y la incertidumbre. Y, por último, es obligado señalar que con el cuarto tomo (Invierno) acaba de completarse la edición de Una danza para la música del tiempo, de Anthony Powell (Anagrama), un monumental fresco literario con más de trescientos personajes que transcurre entre 1914 y 1970 y una obra capaz de reunir en torno suyo a los amantes de la literatura del siglo XIX y a los del XX, con lo cual queda todo dicho.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de julio de 2003