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Crónica:FÚTBOL | La jornada de Liga

El Madrid se estrella contra un muro

Raúl evita el desplome total del equipo de Del Bosque frente a un Celta ultradefensivo

Con la Liga a un paso de tener un veredicto final, el Real Madrid, Raúl más bien, rescató un punto en Chamartín que permitió al equipo de Vicente del Bosque mantenerse en pie a la espera de lo que haga hoy la Real Sociedad. El Madrid se llevó un chasco tremendo frente a un equipo ultradefensivo. A lo suyo, con sus sorprendentes mañas, el Celta se atrincheró con todo, barrió cuanto pudo en las mismas narices de su portero y metió a los madridistas en un lío tras otro. Al Madrid primero le faltó juego y decisión, y luego le sobró ansiedad. Se vio en un trance de ser desterrado de la carrera por el título por un equipo que transita en los puestos de la Liga de Campeones, del que cuesta creer que a estas alturas del curso sea el más cicatero de cuantos han pasado por Chamartín. Tuvo la virtud, eso sí, de evitar que el Madrid encontrara jamás la receta adecuada, aunque el método fuera tan poco plástico.

REAL MADRID 1- CELTA 1

Real Madrid: Casillas; Salgado, Hierro, Helguera, Roberto Carlos; Flavio, Makelele; Figo, Raúl, Zidane; Ronaldo.

Celta: Cavallero; Velasco, Cáceres, Juanfran, Silvinho; Angel, Luccin, Jose Ignacio, Gustavo López, Mostovoi (Vagner, m.63) y Edú (Catanha, m. 86).

Goles: 0-1, M.34. Ángel centra desde la derecha tras un error de Roberto Carlos, y Mostovoi se anticipa a los centrales para peinar el balón a la base del segundo palo. 1-1, M.37. Centro de Salgado que cabecea Raúl junto a la base del palo corto.

Árbitro: Carmona Méndez. Amonestó a Cavallero, Juanfran, Roberto Carlos y Ángel.

Unos 75.000 expectadores. Lleno en el estadio Santiago Bernabéu.

Lotina fue de anomalista y se puso la careta italiana, la misma probeta con la que había fracasado esta temporada en Anoeta y Vallecas. El técnico vasco devoró unos cuantos vídeos durante la semana y ordenó un jeroglífico defensivo con tres centrales -dos de ellos laterales puros, caso de Velasco y Juanfran-, dos defensas más por los costados y dos embudos por delante de la montonera, Luccin y José Ignacio. Un crucigrama de lo más rebuscado para el Madrid, al que su enemigo cortocircuitó por el centro y le dejó una sóla vía de acceso: las orillas. Toda una trampa para los madridistas, que hace tiempo que tienen los carriles desiertos. Figo ha dimitido como extremo y suda lo suyo, sí, pero en el interior, en zonas más templadas, donde se disimula mejor su falta de desborde en estos días. Roberto Carlos ha perdido chispa, fatigado probablemente por tanta perpetuidad. Justo de oxígeno, el brasileño imitó a su compañero portugués y su empeño en tirarse al centro sólo multiplicó el atasco. Una gozada para el Celta, que ni quiso ni pudo tener el control del juego, que se limitó a manifestarse por detrás de la pelota, con todos sus chicos aplicados en la marcha atrás salvo Edu. Perdió de vista a Casillas durante 34 minutos, justo cuando en el primer remate, Mostovoi hizo pleno.

No es que el Madrid se hubiera dado un festín antes de la pirueta del ruso. Nunca estuvo cómodo y gravitó de forma ofuscada por donde quería su contrario. Ante la multitudinaria escolta sobre Ronaldo, lejos de explotar su mejor veta ensanchando el campo, el equipo de Del Bosque se empecinó en dar sombra a la calva del brasileño. Nadie quiso percutir por las bandas, donde el Celta sólo esperaba con Ángel y Silvinho. El Madrid se lo tomó como una prueba de paciencia, convencido de que tarde o temprano pincharía el autobús celeste. Sin ritmo y sin chicha, los madridistas se dejaron llevar a la espera de que algún tótem hiciera un guiño. Emparedado Zidane, sólo Raúl daba señales de vida, sólo él con su constante movilidad proporcionaba alguna jaqueca a la tropa del Celta.

Al Madrid le sobraba peonada, a la vista de que el equipo gallego no exigía tajo alguno a Flavio y Makelele, a Hierro y Helguera, que pasaron la noche de forma funcionarial. Hasta que Del Bosque, ya en el descanso, con el tembleque por el tanto de Mostovoi, despidió a Flavio en favor de Morientes. Un trueque que le sirvió para arrinconar aún más al Celta, que reculó y reculó hasta los mismos morros de Cavallero, supeditado exclusivamente a su condición de equipo menos goleado del campeonato. Para el aspirante al título, contra las cuerdas, no cabía otra posibilidad que asaltar por las bravas el área de su enemigo, cuya defensa se agudizó más si cabe con la entrada de Vagner por Mostovoi, otro tapón para la zona media. Otra chincheta en el camino del Madrid, que aumentó su adrenalina a medida que se acercaba al precipicio y, sin brillo, pero con ahínco, decidió jugársela mediante una catarata de centros laterales en busca de que alguno de sus delanteros prendiera un cartucho. Y ya se sabe que cuando el Madrid apela a la heroica no hay nadie como Raúl. En tales circunstancias, él es el jefe, siempre con un punto más de aptitud que el resto, siempre predispuesto a dejarse un gramo más que cualquiera.

Así, en uno de los miles de centros que el Celta consintió desde el pico mismo de su área, Raúl, cazó un servicio de Salgado. Quedaban poco más de veinte minutos y el Celta ni siquiera había tirado un córner. El Madrid tenía vía libre hasta la frontera del gol. Tenía tiempo para sacar provecho de algún otro arrebato, porque fútbol no hubo jamás. Era una mera cuestión sanguínea. Era cosa de Raúl, que cogió al equipo por la pechera y lanzó a todos a sobre Cavallero, que no se equivocó nunca pese al brutal asalto al que se vio sometido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de junio de 2003