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En el peor momento

La depreciación del dólar frente al euro llega en el peor momento. Aunque explícita desde hace más de un año, se ha intensificado de forma manifiesta en las últimas semanas, hasta rozar en varias ocasiones el tipo de salida en enero de 1999, de 1,1747 dólares por euro (el mínimo de 0,8240 dólares se alcanzó en octubre de 2000, pero en enero del año pasado todavía estaba por debajo de 0,90). Aun cuando esa depreciación se detuviera en ese entorno, el daño a algunas de las economías de la eurozona sería considerable.

Con la demanda interna del área creciendo por tercer año consecutivo significativamente por debajo del magro crecimiento del PIB, la expansión de las exportaciones constituían la única esperanza de evitar la recesión. Pero éstas han caído de forma significativa en los últimos tres meses, como lo están haciendo las estimaciones de beneficios empresariales en los sectores más abiertos al exterior.

En el 'índice de vulnerabilidad' de algunos analistas, la suma de los dos déficit de EE UU como porcentaje del PIB ha superado el umbral del 7%

Además de ese efecto disuasor de las ventas al exterior, ese tipo de cambio actúa endureciendo las condiciones monetarias del área, hasta el punto de compensar las reducciones de tipos de interés que el BCE llevó a cabo desde el 9 de noviembre del pasado año. Un endurecimiento que penaliza de forma diferencial a la economía alemana: representativa del 30% del PIB del área, la más abierta de la zona, la que tiene una más baja tasa de inflación y una de las que se encuentran al borde de la recesión.

Y no es fácil que esa tendencia revierta de forma significativa a corto plazo. En primer lugar, porque en la depreciación de la moneda estadounidense concurren una serie de causas que es difícil que desaparezcan de la noche a la mañana. EE UU necesita más ahorro exterior que nunca, pero el resto del mundo está menos dispuesto que en el pasado a comprar los correspondientes activos en que materializar esa transferencia de recursos financieros.

Con la Administración de Bush han retornado los déficit gemelos: con un déficit federal que puede superar los 450.000 millones de dólares, el déficit por cuenta corriente de esa economía alcanzaría los 600.000 millones de dólares en el presente ejercicio. Las diferencias con lo ocurrido en la segunda mitad de los noventa no son poco relevantes. En primer lugar, la cuantía del desequilibrio exterior era significativamente más baja, porque el sector público ahorraba : presentaba un jugoso superávit en lugar del déficit creciente actual; en segundo lugar, los activos americanos (acciones, bonos u otras formas de participación en la propiedad de las empresas) ofrecían un rendimiento más atractivo que el actual; no menos importante, la Administración demócrata inspiraba más confianza a los inversores internacionales: mantenía una inequívoca actitud favorable a un dólar fuerte y una menor disposición a complicarse la vida, y a complicarla a los demás, en aventuras generadoras de esa incertidumbre geopolítica que tanto ha empobrecido al mundo.

Lejos de corregir su orientación, la actual política fiscal seguirá profundizando en el déficit, como consecuencia de una política de beneficios selectivos y de una política exterior generadora de mayores presupuestos de defensa. Ese "índice de vulnerabilidad" que usan algunos analistas, la suma de los dos déficit como porcentaje del PIB, ha superado ya el umbral del 7% alcanzado en el segundo trimestre de 1985, al que sucedió el desplome del dólar.

En un contexto de presiones a la baja en la tasa de inflación y amplio desequilibrio exterior, el temor a las contraindicaciones sobre la economía americana de un dólar barato no inquieta a las autoridades estadounidenses, tal como ha puesto de manifiesto el actual secretario del Tesoro. Una complacencia que ha debido contribuir a que el Grupo de los Siete no abordara el asunto a pesar de que el impacto sobre las otras economías ya empieza a ser importante.

Es cierto que las condiciones actuales no son similares a las que en los ochenta propiciaron actuaciones conjuntas de los grandes en los mercados de divisas, pero precisamente por eso el Banco Central Europeo ha de ser suficientemente sensible a las variaciones en las condiciones monetarias de la zona, en lugar de secundar la más comprensible pasividad americana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 24 de mayo de 2003.

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