Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
56º FESTIVAL DE CANNES

Lars von Trier atraviesa en 'Dogville' las fronteras del teatro de Bertolt Brecht

Nicole Kidman redondea con exquisita inteligencia la hazaña del cineasta danés

Las fronteras formales nunca atravesadas del teatro de Bertolt Brecht trazan uno de los límites de la escena del siglo XX. La aventura del drama moderno se detuvo ante estas fronteras y fueron los hombres del cine quienes tomaron el relevo y bucearon y exploraron en el territorio del conocimiento y el lenguaje que hay más allá de esas fronteras. El último relevo lo toma ahora el danés Lars von Trier en Dogville y reanuda la hazaña de la busca de identidad entre teatro y cine con total explicitud y avalado por la magnífica Nicole Kidman. Juntos arrancaron ayer la primera ovación unánime que se ha oído este año en La Croisette.

El trasvase de formas y lenguajes de la escena del siglo XX a la pantalla es un fenómeno complejo, porque junto a esa frontera trazada por el teatro de Brecht hay otras -como la línea inagotable de Shakespeare; la que nace en la obra de Anton Chéjov y se alarga en las de August Strindberg, Luigi Pirandello y Samuel Beckett; y la trazada en el Nueva York de mediados de siglo por el realismo que enlaza a Eugene O'Neil con Thornton Wilder, Tennessee Williams y Arthur Miller- que también alimentan la evolución del cine moderno.Y que, sobre todo la última, confluye junto a Brecht en la arriesgadísima aventura formal emprendida por Lars von Trier en Dogville, que prolonga la acusada, pero todavía oculta, teatralidad de sus obras precedentes, Rompiendo las olas y Danzar en la oscuridad, cuyas exploraciones dentro de las misteriosas rutas de los escenarios hace posible este filme, que es una asunción ya totalmente explícita de la teatralidad como fuente del lenguaje cinematográfico.

Representa Lars von Trier en Dogville el calvario de una bella y enigmática mujer que -en los años treinta, huyendo al mismo tiempo del FBI y de una mortífera banda de gánsteres que rastrea sus pasos pegada a sus talones- es atrapada por los habitantes de una remota y mísera aldea de las Montañas Rocosas llamada Dogville; y allí, sabiendo que necesita su protección, las mujeres la convierten en su criada y los hombres en su puta, aceptando la hermosa, elegante y misteriosa dama, con total mansedumbre, la condición de esclava a la que la someten sus "protectores". Hasta que, a través de un sorprendente giro en el encadenamiento de la trama argumental y de un majestuoso crescendo de la tensión dramática, surge algo que cambia por completo las reglas del juego y desencadena la tragedia.

Pero no hay en la pantalla aldea alguna, ni valle, ni casas, ni calles, ni montañas. Hay tan sólo un ámbito vacío, despojado de calidades escenográficas, una gran tarima abstracta en la que se mueven de manera casi fantasmal alrededor de 30 personajes perseguidos por la cámara, inquieta e inquietante, de Lars von Trier. Y ésta, como testigo agitado e intruso, busca y rebusca en las vueltas y revueltas de los actos y los gestos las reglas escondidas que gobiernan los caracteres y los comportamientos, desvelándolos y descifrándolos paso a paso, gradualmente, en un crecimiento dramático, tenso pero pausado, y sostenido sin ningún desfallecimiento nada menos que durante tres horas, que transcurren como el breve tiempo sin aliento que hay entre respiración y respiración. Es un tiempo dramático que se desliza sin énfasis, calmosamente, en voz baja casi murmurada, como una inexplicable palpitación interior de la conciencia perturbada de una colectividad de oprimidos convertidos en opresores.

Lars von Trier proclama -y lo hace abiertamente, con sorna y burla contra el prurito del purismo cinéfilo que considera al teatro incompatible con el puro cine- la teatralidad del juego de tiempos que construye y maneja con desprecio del riesgo que entraña. Dice: "¿Qué responder a quienes me dicen que esto es teatro, no cine? Quizás tienen razón, pero con su razón tampoco se puede decir que esto es anticine. En mis comienzos hice filmes muy 'fílmicos', pero el problema está en que hacerlos hoy se ha vuelto demasiado fácil. Basta con comprar un ordenador para poder hacer un filme 'fílmico', que supongo que es también una forma de hacer arte, pero un arte que me trae sin cuidado, que no me interesa".

Porque el cine impuro, contaminado de teatro, que persigue y alcanza en Dogville Lars von Trier no necesita imágenes de ordenador, ni alquimias del purismo cinéfilo. Necesita -y, a medida que crece su obra, cada vez más- de almas y de pieles humanas que poner a vivir delante de una cámara hambrienta de ellas. Es decir, de genuinos intérpretes, de actrices y de actores de pura raza, como esta australiana llamada Nicole Kidman, que, con su trono dorado esperando su retorno en las cúpulas de Hollywood, sigue escapada del negocio del cine y refugiada en las cunetas del arte del cine; y en ellas busca una cámara que la trate como actriz, como mujer, no como muñeca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 20 de mayo de 2003