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Un cordobés que manda en Cataluña

José Montilla es primer secretario del PSC desde 2000 y alcalde de Cornellà de Llobregat desde mediados de los ochenta

Nació en Iznájar (Cordoba) en 1955, pero por su seriedad y disciplina podría haberlo hecho en la prusiana Könins-berg y haber sido discípulo de Emmanuel Kant. El socialista José Montilla duerme poco porque manda mucho. Cada mañana a las nueve -excepto los lunes- acude al Ayuntamiento de Cornellà de Llobregat. Es alcalde de esta ciudad del cinturón de Barcelona -de más de 80.000 habitantes- desde mediados de los ochenta, cuando empató las elecciones con los comunistas del PSUC. Se repartieron la vara de mando como buenos hermanos. Pero desde que la tuvo en sus manos, no la ha vuelto a soltar. Ha ganado todas las elecciones y ahora cuenta con 16 de los 25 concejales. Así que desde 1985 sus hábitos han cambiado más bien poco. Solo los lunes. Ese día cuando se levanta se dirige a Barcelona o Madrid. Son las nuevas obligaciones: bien la ejecutiva federal del PSOE, bien la del Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC), formación de la que es primer secretario. Además es vipresidente de la Diputación de Barcelona. Ese currículo acredita a Montilla como uno de los andaluces que más manda en Cataluña.

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El resto del tiempo lo emplea con la familia, porque Montilla es uno de los ciudadanos catalanes con más hijos: dos de un primer matrimonio y trillizos del segundo. El mayor tiene poco más o menos la edad que él tenía cuando llegó a Cataluña desde Córdoba. Eran los años 70 cuando comenzó a militar en el Partido del Trabajo del España (PTE), entonces Partido Comunista de España (Internacional). Luego corrió posiciones hacia el comunismo convencional -el PSUC- y finalmente hacia el PSC. Es un socialista pragmático que apostó por aupar a José Luis Rodríguez Zapatero y que tiene como referente internacional a Gerhard Schröder, más por germanófilo que por otra cosa. Sus colaboradores aseguran que detesta a Tony Blair, pero que en su momento tampoco se encariñó con el ex primer ministro francés Lionel Jospin ¿Qué queda pues de aquel joven izquierdista en el Montilla de hoy? Más bien poca cosa. El poder, cuando menos, modera. Así que el viejo maoísta se ha vuelto ahora un hombre de orden y aboga por la mano dura con los inmigrantes en situación ilegal en aplicación de la máxima: "Si vienen que sea con trabajo y papeles, si no que se aplique la ley". En materia de seguridad ciudadana tampoco se anda con chiquitas. Quizás este apego a la ley y el orden es lo que más valoran sus conciudadanos a la hora de darle una mayoría absoluta tras otra. Los votantes lo ven como un igual porque es un igual. Él es de esos catalanes a quien Pasqual Maragall, presidente del PSC, se refirió en medio de un gran revuelo para decir que forman parte de esa Cataluña que CiU ignora "al mirar la pureza de sangre y de estirpe". Cuando todos le criticaban, Montilla se ha erigido en látigo defensor de Maragall, en una muestra de aquel gran pacto simbólico que los socialistas procedentes de la burguesía catalana firmaron con los de la inmigración en el pasado congreso del PSC, el que dió la primera secretaría a este andaluz.

Pero este pragmático socialista huye de los grandes principios y prefiere concreción. Y en estos últimos cuatro años ha instalado en Cornellà la sede coporativa de la multinacional Chupa-chups, se ha iniciado la construcción del nuevo estadio del Espanyol y ya funciona un centro de alto rendimiento, dependiente de la Federación Internacional de Tenis. Para redondearlo, el Cornellà ha subido a tercera división.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0014, 14 de mayo de 2003.

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