Reportaje:ESCALADA CRIMINAL

"Dame la mano, que me voy contigo"

Los agentes 'antidisturbios' impidieron que una treintena de personas se acercara para abrazar los dos cadáveres

El silencio de una tranquila noche en el distrito de Hortaleza quedó ayer roto por cuatro disparos de escopeta. A partir de ahí, los lamentos a chillidos y los gritos desgarradores de los familiares no pararon hasta que se llevaron los cadáveres al Instituto Anatómico Forense. Uno de los más impactantes fue el que vociferó el hijo de Miguel Cortés, de 29 años: "Padre, dame la mano que me voy contigo. Yo, sin ti, no quiero estar aquí".

Los familiares llegaron pasados pocos minutos al lugar de los hechos andando y en varias furgonetas. Las mujeres, muchas de ellas vestidas de negro, bajaban una pequeña cuesta que separa el poblado de Los Ángeles del lugar de los hechos.

Al ver a sus dos muertos tirados en medio de la calle, intentaron pasar el cordón policial para arroparlos. Los policías de la comisaría que estaban en el lugar se vieron incapaces de frenar a tanta gente (más de 30 personas) y llamaron a los antidisturbios, que desplazaron al lugar cuatro furgonetas. Los agentes se bajaron con el casco puesto y con los escudos en ristre. Tuvieron que hacer un cordón para impedir que llegaran al lugar exacto del tiroteo.

Las dos víctimas tenían antecedentes policiales por lesiones, tráfico de drogas y robo

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"¡Ay, pobre Miguel!" y "¡Qué pena tan grande! Ya no le voy a ver más", eran los chillidos que más repetían las mujeres. Muchas de ellas estuvieron a punto de sufrir un ataque de nervios, sobre todo cuando el forense destapó las mantas térmicas que cubrían los cuerpos. Los gritos de dolor y de impotencia se hicieron más fuertes y los antidisturbios tuvieron que hacer dos filas. "Levántate, Miguel, que no estás muerto", dijo una de las mujeres. Sin que ésta terminara la frase, otra mujer, gruesa, con un jersey naranja, se acercó a la cinta policial y, abriendo los brazos en cruz y mirando al cielo, siguió la retahíla de dolor: "¡Dios mío, lo que les han hecho! Criaturas, que estaban en la flor de la vida!". La mujer tuvo que ser cogida por un joven que la abrazó fuertemente. La mujer, lejos de parar sus lamentos a viva voz, continuó pidiendo justicia. "¡Pobrecitos! ¡Qué pena tan grande, con lo buenos que eran!".

Otro momento de gran tensión se vivió cuando llegó uno de los patriarcas del barrio de Los Ángeles. Bajó gritando que iba a matar a los que hicieron eso. No en vano, su hermano Carlos había caído acribillado en plena calle. Los hombres que ya estaban en el lugar le pararon y, sin que los agentes les vieran, le quitaron una pistola que llevaba enfundada en la cintura. Los insultos a la policía y a todo el mundo no cesaron durante las dos horas que tardaron en llevarse los cadáveres. "Antes o después, alguien va a tener que pagar por estas muertes. Esto no se va a quedar así", no paraba de gritar en medio del descampado el hermano del fallecido.

Las víctimas eran muy queridas en el barrio, según comentaron los familiares. Miguel Cortés estaba casado y tenía cuatro hijos, una de ellas de tan sólo cuatro meses, según explicaron varios familiares. Su última dedicación era el cuidado de obras, al igual que otros inquilinos del barrio de Los Ángeles.

Carlos de la Cruz estaba casado con una hermana de Miguel Cortés (de ahí que sean cuñados). Tenía tres hijos. Su última ocupación era la recogida y venta de chatarra. "Los dos cuñados se llevaban muy bien. Parecía que eran como hermanos y siempre iban a todos los lados juntos", señaló ayer en el Instituto Anatómico Forense un tío de Miguel. Ambos habían abierto a medias un bar de copas en Alcobendas, que tuvieron abierto hasta hace un mes.

Hasta ahí, la versión de la familia. La policía difundió ayer que los dos fallecidos tenían antecedentes por tenencia ilícita de munición y desórdenes públicos, atentado, lesiones, robo, amenazas y por tráfico de drogas. En el caso de Miguel Cortés, constan seis antecedentes en su ficha policial, mientras que en la de Carlos de la Cruz son dos.

El descampado se quedó vacío sobre las 3.30, cuando el furgón fúnebre se marchó con los cadáveres. Las familias se refugiaron en las casas bajas donde viven para compartir el duelo. El lugar, iluminado por dos farolas, quedó a oscuras. Los operarios del Servicio de Limpiezas Urgentes (Selur) limpiaron los charcos de sangre, mientras una grúa municipal trasladaba el Opel Omega negro de las víctimas al depósito del Cuerpo Nacional de Policía, donde agentes de Policía Científica sacarán huellas. Sólo quedaron cuatro vecinos que vieron cómo se iba la policía. "¡Y pensar que en un principio creíamos que eran petardos que habían tirado en Fuencarral!", se lamentaba un hombre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 26 de abril de 2003.

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