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Crónica:FÚTBOL | La jornada de Liga

Luis Enrique silencia al Bernabéu

El capitán azulgrana, protagonista de un partido en el que el Barça fue superior al Madrid

Los peores síntomas del Madrid se manifestaron ante la más improbable imagen del Barça, que jugó un partido notable, ajeno a todo lo que había ofrecido en esta Liga. Fue el duelo de toda la vida, un encuentro con el habitual catálogo de conflictos y mucho nervio. Fue también un partido que corona a Luis Enrique como bandera del barcelonismo, pues nadie alcanzó su protagonismo. Y también fue el manifiesto de los problemas que atraviesa el Madrid, súbitamente decaído, sin recursos ni juego en el trecho decisivo del campeonato.

REAL MADRID 1 - BARCELONA 1

Real Madrid: Casillas; Míchel Salgado, Hierro, Helguera, Roberto Carlos; Figo, Flavio (Guti, m. 72), Makelele, Zidane; Raúl; y Ronaldo.

Barcelona: Bonano; Gabri, Puyol, De Boer, Sorín; Mendieta (Gerard, m. 82), Motta, Xavi, Overmars; Luis Enrique (Riquelme, m. 80); y Kluivert.

Goles: 1-0. M. 16. Raúl peina un balón lanzado por Makelele, le cae a Ronaldo y éste, solo ante Bonano, le bate de disparo raso.

1-1. M. 32. Centro desde la izquierda de Overmars, el cabezazo cruzado de Kluivert lo rechaza Casillas y Hierro impide el remate de Sorín, pero llega Luis Enrique y marca a bocajarro.

Árbitro: Muñiz Fernández. Expulsó a Salgado (m. 87) por dos tarjetas amarillas. Amonestó a Puyol, Luis Enrique, De Boer, Roberto Carlos, Helguera, Zidane, Mendieta, Gerard y Sorín.

Unos 75.000 espectadores en el Bernabéu.

El Barça llegó al partido con el peor cartel de los últimos años. A su pésima clasificación añadía la pobreza de su juego, que alcanzó sus cotas más bajas frente al Deportivo. Pero estos partidos están más relacionados con las emociones de la historia que con los antecedentes más próximos. El Barça lo demostró punto por punto con una buena actuación en el Bernabéu, sin duda superior al caótico despliegue del Madrid, si es que puede llamarse despliegue a su ofuscado juego. A los tradicionales defectos del equipo, que no hace del orden una virtud, agregó errores básicos: no utilizó los costados ni a tiros, todo el mundo recibió la pelota de espaldas y los espacios no existieron. Figo sólo desbordó una vez por la derecha. Se refugió en las comodidades del medio campo, donde era menos necesario. No le faltó pujanza ni olvidó sus recursos en una formidable jugada en el segundo tiempo, pero su ubicación se convirtió en un problema añadido para los decepcionantes Flavio y Makelele, que tienen los pies cuadrados, lo que el público les hizo saber ruidosamente. Movieron tan mal la pelota que el Barça les dejó a su aire. La atención estuvo centrada en Zidane, Raúl y Ronaldo, que no encontraron respiro durante todo el encuentro. Motta persiguió a Zidane, Puyol se ocupó de Ronaldo y De Boer vigiló de cerca a Raúl. El Barça tenía un plan.

No hubo plan en el Madrid, que manifestó todos los problemas que le hundieron frente a la Real Sociedad. El equipo tuvo un aspecto acorchado durante todo el partido, sin ninguna capacidad para gobernar el juego ni para solucionar las dificultades que encontró. Tampoco funcionó con demasiada energía, al contrario que el Barça, más dinámico, activo y profundo. Y mejor organizado. No sólo controló razonablemente bien a las estrellas del Madrid, sino que manejó la pelota con criterio y bastante determinación. Lo hizo porque Xavi se movió como un mariscal, sin nadie que le molestara, y en esas condiciones Xavi es un reloj. El resto corrió a cargo de dos jugadores: Luis Enrique y Overmars. A estas alturas de su carrera Luis Enrique ha decidido convertirse en un icono culé. Es en el Barça donde ha vivido los mejores años de su larga y productiva carrera. Encontró su sitio, identificó su piel con la del club y se ha erigido en la bandera del equipo. Ningún lugar mejor para manifestarlo que el Bernabéu, donde se le vio en un estado de máxima excitación, convocando a todos los demonios del madridismo. Su protagonismo alcanzó tal grado que todo lo demás pareció oscurecerse. Desde ese lado de la teatralidad, entendida como el poder para manejar los resortes emotivos, el partido de Luis Enrique fue perfecto. Pero, además, añadió el picante de su juego y su vieja astucia para pescar en el área. Por supuesto, marcó el tanto del Barça.

Overmars, jugador intermitente hasta la desesperación, sacó en esta ocasión lo mejor de su repertorio. Le favoreció jugar en su banda natural, la izquierda, donde puede desbordar por fuera o recortar hacia dentro. Y de velocidad no anda mal, por lo que parece. En la primera parte fue un dolor de cabeza para Salgado, que tampoco recibió demasiada ayuda. Al Barça le salían las cuentas: detenía a los mejores jugadores del Madrid, jugaba con el elaborado estilo que le caracterizaba en los buenos tiempos y aprovechaba el plus de Luis Enrique y Overmars. Se sintió tan cómodo que no se desequilibró con el gol de Ronaldo, una concesión de la defensa azulgrana. Pero eso va en la paga de este equipo. En lo demás no se le pueden hacer reproches al Barça que pasó por Chamartín.

Al Madrid le faltó fútbol durante toda la noche. Sin embargo, ese factor puede convertirse en irrelevante en un equipo que fabrica ocasiones al margen del juego. Tuvo algunas clamorosas, como el mano a mano de Figo con Bonano después de una arrancada espectacular o el remate al palo de Ronaldo. Las ocasiones no dijeron nada de las pequeñas miserias del equipo, que no encontró el hilo al partido y dejó en el aire una visible sensación de agotamiento, más futbolístico que físico. Es decir, la peor noticia para un equipo que parecía lanzado hacia al título y ahora está atascado en el barro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de abril de 2003