Reportaje:

Sueños sin techo

Medio centenar de inmigrantes duerme a la intemperie en Málaga ante la saturación de los recursos sociales

Medianoche del lunes. Hace frío y unos nubarrones vaticinan lluvia, pero ellos se acurrucan entre cartones y mantas como si nada, enfrente mismo del albergue municipal. No hay lugar, las instalaciones están saturadas. Así es que la acera se convierte en improvisado dormitorio para una docena de inmigrantes, la mayoría subsaharianos. Unos metros más allá, en la playa, un grupo se conforta al calor de una pequeña hoguera, entre las barcas de los pescadores. Hay más, pero se refugian en casas semiderruidas de los alrededores, en jardines o en recovecos del puerto.

Proceden de Malí, Ghana, Nigeria, Sierra Leona, Guinea, Argelia, Rumania y Bulgaria. Según las ONG, la situación no es nueva. Málaga Acoge calcula que desde hace tres años hay una media de 50 inmigrantes durmiendo en las calles de Málaga. Los propios afectados dicen que suman un centenar y algunos trabajadores sociales elevan la cifra hasta los 300.

"El problema no es dormir en la calle, sino la falta de papeles y de trabajo", aclara Kyrian, nigeriano. Un compañero se destapa, muestra sus músculos y enfatiza: "Tenemos fuerza para trabajar". Ninguno tiene papeles, ni empleo, pero casi todos creen que la solución es "cuestión de tiempo". Collins Udo, el único que chapurrea español, implora: "Por favor, Aznar, necesitamos papeles".

Cerca del albergue se sienten seguros porque la policía hace rondas durante la noche. Por la mañana, antes de que empiecen a llegar los primeros trabajadores a aparcar en su improvisado dormitorio abandonan el lugar para no incomodar a nadie. Durante el día deambulan entre el albergue, el comedor de Santo Domingo y el servicio de San Juan de Dios, donde comen y se asean.

No son siempre los mismos porque donde exista una remota posibilidad de trabajo, allí se van. Un trabajador social contó que hay empresarios que buscan mano de obra en los alrededores. Unos pagan como se debe, otros a 1.000 pesetas el jornal y hasta ha habido alguno que se llevó un grupo 15 días a Cártama (Málaga) y después no les dio ni un duro. Todos son hombres jóvenes. Unos llegaron en avión, otros en ferry y algunos en patera. "Nos gusta vivir en España, no podemos volver a nuestros países. Allí no hay derechos humanos, ni trabajo", dice Collins, que ha dejado mujer y dos hijos. Es la excepción, ya que casi todos son solteros.

El lunes, al alcalde, Francisco de la Torre, reclamó el apoyo de la Junta para asistir a estos inmigrantes, ante la falta de espacio en el albergue. Un día después, el consejero de Gobernación, Alfonso Perales, le ofreció una "ayuda económica" que no concretó y acusó al Gobierno de "abandonar a su suerte" a miles de inmigrantes que traslada de una ciudad a otra sin darles una solución.

Según Perales, como la Administración central no cerró un acuerdo de retorno con algunos países subsaharianos, los inmigrantes "no pueden ser retornados, ni trabajar, ni tener papeles". La concejala de Asuntos Sociales, Mariví Romero, sostiene que en los últimos días la situación se ha agravado por la llegada de un grupo desde Algeciras y que se están llevando a cabo contactos con las ONG para buscar el mejor dispositivo. Lo cierto es que ni las 120 plazas del albergue ni los pisos concertados por el Ayuntamiento dan abasto. De momento, el sueño europeo de la mayoría se resquebraja y no tiene techo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 15 de abril de 2003.

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