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Dimisión

La expresión de la opinión pública en las manifestaciones que invaden las calles de nuestras ciudades es, en sí misma, un acontecimiento significativo que desborda incluso la referencia a la guerra de Irak. Con ello se ha puesto en marcha una posible potencia mundial, quizá la única que se atreverá a enfrentarse al avasallador progreso del Imperio y a sus injusticias. No podemos ser ingenuamente optimistas porque un ejército poderoso tiene instrumentos de eficacia insuperable, sobre todo cuando pisotea los principios de una convivencia internacional. Pero, de momento, la opinión pública mantiene sus ímpetus y está abriendo brechas en la pretendida compacidad de los invasores. Josep Ramoneda explicó en la reunión del Palau de la Música el pasado día 28 cuáles eran esas brechas y cómo se extendían desde el apoyo indirecto a las decisiones del Consejo de Seguridad y la nueva concienciación europea, hasta algunos resultados concretos en el errático proceso bélico, en la política internacional e incluso en la creación de nuevas posiciones críticas en el propio ambiente americano ante la duda de si ese Imperio era posible en el actual orden mundial -o desorden tensionado- porque ni siquiera el poder militar se demostraba suficiente. Tendremos ocasión en las próximas semanas o en los próximos meses de comprobar el resultado internacional de esas brechas, pero, de momento, ya podemos certificar algunos acontecimientos en el Estado español y, más especialmente, en Cataluña.

Se ha logrado vivificar la opinión pública que ha estado adormecida tantos años, sobre todo cuando se trataba de ideas políticas generales más allá de los intereses sectoriales y concretos. En esta revitalización tienen un papel fundamental los estudiantes, por fin incorporados a los temas políticos con gestos generosos que ya se iniciaron hace poco con las manifestaciones a favor de la enseñanza pública. Esta es una conquista trascendental, el signo de una politización indispensable para enfocar los problemas que se derivan, precisamente, del abandono demasiado generalizado de la política.

Otro logro es la eficaz derivación de un problema internacional hacia temas más próximos, temas que nos corresponden directamente, que pertenecen a nuestra política. Ese cambio se encamina hacia la repulsa casi unánime de un gobierno que tendría que sentirse deslegitimizado con una opinión contraria a la guerra que alcanza el 91% de los ciudadanos. En la mencionada reunión del Palau de la Música -con discursos de mucha calidad de Josep Fontana y de Arcadi Oliveras, además del de Ramoneda, en los que se demostró la barbaridad de la guerra, la ilegitimidad del Imperio y, lateralmente, del Gobierno del PP- se explicitó esa derivación tal como ha ocurrido también en las frases y las proclamas de todas las manifestaciones. La reunión empezó con el grito de "No a la guerra" y terminó con el de "Aznar, dimisión". Esto es lo que, a mi modo de ver, hace más reales y más eficaces las protestas. De momento tenemos, por lo tanto, un objetivo inmediato: el de que el Gobierno del PP corrija inmediatamente sus errores -como ya empiezan a pedir incluso muchos de sus militantes- o convoque elecciones anticipadas y compruebe si ese 91% que lo deslegitima tiene o no un apoyo electoral en términos generales. A Aznar hay que recordarle que ese giro político de la opinión pública no es el resultado de determinadas manipulaciones como dicen él y sus agobiados compañeros. Es el único objetivo seguro al que los españoles pueden optar para no estancarse en peticiones antiimperialistas cuyas decisiones sólo las puede tomar Bush cuando se convenza de que su fundamentalismo religioso, su heroicidad patriótica y sus intereses económicos no son bases políticas respetables. De momento, hay que resolver lo inmediato y lo inmediato en este país es recuperar un gobierno legítimo.

Otra consecuencia es la generalización de la crítica a los actuales sistemas democráticos. La ciudadanía empieza a comprender que si la furia guerrera del Imperio ha sido consecuencia de unas elecciones democráticas -en este caso, además, de dudosa ejecución, pero bendecidas al fin por el sistema- y si el Gobierno español puede rehuir el clamor del pueblo es que falla la formalidad democrática. Es que detrás de los políticos hay otros poderes que se imponen al margen de los sistemas de elección. Hace pocos días, en una entrevista en BTV, Manu Chao hizo unas afirmaciones valientes y radicales que explican la situación. Vino a decir que recuperaría la ilusión democrática si en las próximas elecciones, en vez de elegir los partidos que tenían que configurar esos gobiernos que no mandan, pudiera elegir el consejo de administración de Coca-Cola, de IBM, de la Telefónica o de las grandes industrias que fabrican armamento. Sólo así tendría una cierta garantía de que los que realmente mandan responden a una petición -y a una confianza- popular.

Y esa crítica a la democracia viene también apoyada por la triste experiencia de las últimas guerras mantenidas por Estados Unidos. Después de la II Guerra Mundial no ha logrado establecer la democracia -ni siquiera formal- en ningún país acusado de dictaduras insanas después de machacarlo con tanques y bombas. ¿Es insuficiencia militar o mala intención ideológica?

Oriol Bohigas es arquitecto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 01 de abril de 2003.

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