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Crítica:DOS VIDAS EN UNA NOVELA

En busca de dos paraísos perdidos

Las biografías de Flora Tristán y Paul Gauguin se entrelazan en una novela sobre la búsqueda del ideal, ya tenga forma de justicia social o de verdad artística.

Ya muy anunciada en muchas ocasiones, esta nueva gran novela de Mario Vargas Llosa -la decimocuarta de las suyas- no supone un cambio notable en su irresistible carrera, que tan considerablemente ha marcado la evolución de la historia literaria universal. Pues lo conocido hasta hoy no era más que su tema, o quizá más la fuente de su inspiración, o sus dos fuentes mayores mejor, o tal vez sus dos personajes, o los dos protagonistas que encabezan sus dos historias, o su doble aventura que desde el principio hasta el final son dos, mal que le pese a su gran autor que lo que ha querido con bastante deliberación -pienso- ha sido unirlas en una sola, y éste ha sido -es- su único y gran defecto. Pues no estamos frente a una gran novela, repito, sino ante dos aunque ambas hayan sido y sean grandes, vuelvo a repetirlo. Y no tan sólo eso, pues dada la maestría de Vargas Llosa, el resultado no es que sea valioso, sino que resulta fascinante; no es una novela grande sino dos grandes novelas, dos narraciones históricas, o al menos dos relatos o biografías noveladas cuya exactitud documental se da por supuesta dada la minucia y capacidad como documentalista que su autor ha demostrado ampliamente con anterioridad. No es la primera vez que Vargas Llosa lleva conjuntamente dos o más acciones paralelas en un mismo libro, y hasta ha sido lo normal en algunas de sus novelas anteriores, desde la primera -La ciudad y los perros- hasta la tercera de La casa verde (su obra maestra) que las multiplica ya, como en los artificios teóricos de La guerra del fin del mundo, o los deshace en El hablador, los reconstruye estéticamente en Elogio de la madrastra o los trivializa en Los cuadernos de don Rigoberto.

EL PARAÍSO EN LA OTRA ESQUINA

Mario Vargas Llosa

Alfaguara. Madrid, 2003

488 páginas. 21,95 euros

Y así llegó hasta conseguir

reunir todas las voluntades en La Fiesta del Chivo, que satisfizo a todos, salvo a sus actores y testigos, que protestaron un poquito, pero tuvieron que ceder ante la potencia trágica de la historia que ellos mismos le habían prestado, a la que sólo podía reprocharse el que no fuera más allá en su búsqueda de los verdaderos culpables. Pero ¿cómo seguir adelante tras esa gran última cumbre alcanzada? Y aquí interviene la ambición de este gran narrador, cuya potencia profesional es incuestionable, y que aquí ha abandonado su tentación de crear una "novela total" (no se pueden crear "dos" y además simultanearlas a la vez), para instalar paladinamente su gran secreto, que no es otro que el de la búsqueda del absoluto. Pues la única manera de responder a esta gran ambición es colocar la misma meta al final -la búsqueda del paraíso- y contar el mismo resultado, su destrucción a través de la autodestrucción de sus dos personajes protagonistas, que es lo que describe esta dúplice gran novela.

Convertir en "paralelas" las dos vidas de la socialista utópica y primera gran feminista de la historia Flora Tristán (Saint-Mandé, 1803-Burdeos, 1844) y la de su nieto el gran pintor Paul Gauguin (París, 1848-Hiva Hoa, 1903) podría arrancar sus raíces incluso desde Plutarco, aunque ya sepamos que nunca puede haber de verdad vidas paralelas. Pero aparte de su consanguinidad existen otras coincidencias inquietantes: ambos llevaron la misma sangre peruana pues el padre de ella fue un rico prócer de Arequipa (pueblo natal de nuestro autor) y su pronta muerte privó de sus derechos y fortuna a la madre y la hija, que, mal casada, sufrió persecución por sus ideales -su abandonado ex marido la persiguió e intentó asesinarla- y tras reclamar en vano sus hipotéticos derechos ante su familia peruana y pasar penurias en Londres y París se reveló como una incontenible agitadora social y defensora de los derechos de la mujer, a la que describió como "el proletario de los proletarios"; su nieto, por su parte, que también vivió siete años de niño en Perú, hijo de marino francés que asimismo quiso serlo (marino, en Panamá y Martinica) y terminó como buen agente de bolsa en París, gracias al amante final de su madre, asimismo viuda temprana, antes de, ya casado con una danesa y padre de cinco hijos, tirarlo todo por la borda y tras sus primeros pinitos como pintor en principio impresionista en París, Bretaña y Provenza (al lado de Pissarro y Van Gogh), exiliarse en Tahití y las islas Marquesas en plena Polinesia francesa para consumir su vida en busca de un salvajismo primigenio que pudiera dotar a su arte de las dosis de verdad, que la cultura y la civilización le habían arrebatado. Ambos intentos fracasaron, por lo que sus vidas se configuran como dos senderos paralelos en busca cada uno de su personal paraíso, claro está, la una en busca de la justicia social (y feminista, desde luego) y el otro en un autoholocausto para alcanzar la verdad de la creación artística, que acabaron los dos en sendos desastres personales.

Eran y son dos paraísos diferentes, desde luego, uno colectivo y el otro individual, y no basta el juego infantil que el autor propone, en el que cada jugador, como en una mezcla de la "rayuela" y el "béisbol" pregunta al llegar a un sitio, como si lo conquistara, si está allí el paraíso: "No", le responden, "pregunte usted en la otra esquina". Con un rigor tan exacto que más que cansar irrita, las dos historias encabalgan 22 capítulos -11 para cada una-, los impares para la vida de Flora Tristán, evocada completa en seis meses del último año de su vida, mientras recorre diversas provincias de Francia -país donde sus libros la han hecho célebre, desde sus Peregrinaciones de una paria y Paseos por Londres hasta el manifiesto de La Unión Obrera- ayudada por saint-simonianos, fourieristas falansterianos, comunistas primitivos y otros socialistas utópicos. Su mala salud (con una bala alojada cerca del corazón), sus esfuerzos continuos y un insuperable cansancio le provocarán una prematura muerte a los 41 años en plena juventud y todavía hermosa, aunque siempre aterrorizada ante el sexo contrario y por consiguiente bastante austera, salvo un episodio homoerótico no muy bien contado. Salvo la evocación de sus dos años peruanos en Arequipa, en los que consiguió una renta de su familia, engañándola, aunque no su legalización ni reconocimiento oficial, muy bien descritos -y con razón, pues aquí el autor está como en su casa-, la historia de Flora Tristán, pese a la ternura que Vargas Llosa ha puesto en su personaje, es quizá demasiado didáctica o fría, y no pasa de ser una buena lección teórica de historia.

La segunda historia, la de la

vida de los últimos años de Paul Gauguin, el extraño y genial nieto de la anterior, que explora los misterios de la creación artística, resulta ser muy superior por su intensidad expresiva, su pálpito de narrador total, sus incursiones en los mitos primitivos, de las sociedades salvajes de los maoríes polinesios, con su mezcla de religión, mitos, naturaleza, antropofagia, canibalismo, sexo desbordado, libérrimo y total -aquí también aparece la homosexualidad, como una exploración de la androginia original-, la presencia de la sífilis como un previo castigo divino, las drogas y el alcohol como remate final, resume la vida del artista como una fuga que lo niega todo, la religión, la cultura y la civilización occidentales, pero que se plantea a la vez como una peregrinación en busca de un paraíso final que se revela inalcanzable, más bien como si todo hubiera sido un holocausto personal y totalmente inevitable.

Tanta exactitud y tanto rigor resultan ser al final quizá demasiado agobiantes, suenan a cálculo y artificio; pero también muestran la tensión que Mario Vargas Llosa ha puesto en este libro magistral, que son dos, como dos son los paraísos aquí evocados. Quizá en la evolución misma de sus influencias -Sartre, Faulkner, Flaubert- le hubieran hecho falta unas gotas de Marcel Proust, que fue quien nos dijo aquello de que "no hay más paraísos que los perdidos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de marzo de 2003

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