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Ay, mi estimado señor

Usted ha conocido en la vida más de un rechazo. Ella le dejó por otro, por ejemplo. ¿Lo recuerda? Usted se preguntó: ¿por qué se ha ido con ese tipo tan horrible en lugar de quedarse conmigo? Se lo preguntó perplejo, convertida su mente en una macedonia confusa. Y es que, como dice Julian Barnes, el espectáculo de un hombre planteándose a sí mismo preguntas sobre una mujer es a menudo comparable al de una nevera a la que le regalan un libro de poesía.

Debido a mi trabajo, soy experto en los rechazos que se producen en el ámbito literario. ¿Es usted escritor o ha intentado serlo? Tanto si lo es como si ha querido serlo, usted ha tenido que conocer en algún momento de su vida el rechazo. Es posible que alguien le haya escrito alguna vez una carta donde muy educadamente le han dicho: "Estimado señor, nos ha causado una agradable impresión su manuscrito, pero...".

El rechazo es una amarga realidad de la profesión de escritor. A mí, en cierta ocasión, me devolvieron uno de mis primeros manuscritos con todas las metáforas de la novela -algunas tan impecables como geniales, pues las había yo copiado directamente de Nabokov- tachadas con un rotulador y devueltas meticulosamente cambiadas, convertidas en las metáforas que proponía el anónimo responsable del informe de lectura. Un rechazo de este tipo no se olvida. Cada día hay cientos de personas deprimidas porque les han devuelto un manuscrito. Y eso que hay mil tácticas para intentar remontar el efecto rechazo. Una de ellas consiste en repasar las más famosas injusticias, desahogarse evocando, por ejemplo, el célebre rechazo de Barral a Cien años de soledad, o bien hablando del sonado patinazo de André Gide, cuando no quiso publicar En busca del tiempo perdido porque pensaba que su autor, Marcel Proust, al que conocía de algunos salones de París, era un esnob y una mariposa social. O bien recordando que Dublineses, de Joyce, fue rechazado por 22 editoriales, o acordándose de J. K. Rowling, a quien le rechazaron 10 veces su primer manuscrito de Harry Potter. O bien citando la carta de rechazo que recibió Oscar Wilde por El abanico de Lady Windermere: "Mi estimado señor, he leído su manuscrito. Ay, mi estimado señor".

El rechazo editorial ha creado la carta estándar de negativa, todo un género nuevo. No todas esas cartas estándar que circulan por ahí son educadas. No conozco más sitios donde devuelvan los manuscritos con las metáforas cambiadas, pero sé de cartas de rechazo absolutamente maliciosas. En un artículo en The Globe and Mail cuenta el joven escritor canadiense Kevin Chong (experto él mismo en el tema del rechazo y en recibir cartas de rechazo) que a veces puede lograrse una negativa malvada sin una sola palabra y cita el caso de una amiga suya que envió un poema a la revista The New Yorker y éste le fue devuelto roto en pedazos, hecho trizas. En un reciente viaje al país de sus antepasados, el propio Chong encontró a un amigo desolado por la carta de rechazo que le habían enviado de una revista china de economía: "Hemos leído con indescriptible entusiasmo su manuscrito. Si lo publicamos, será imposible para nosotros publicar cualquier trabajo de menor nivel. Y como es impensable que en los próximos mil años veamos algo que supere al suyo, nos vemos obligados, para nuestra desgracia, a devolverle su divina composición, y a rogarle mil veces que pase por alto nuestra miopía y timidez".

Muchos escritores inéditos

porque han visto rechazados sus manuscritos creen que los que publican libros viven felices lejos del rechazo. Y sin embargo no es así ni muchísimo menos, no hay un solo escritor reconocido que no sea cosido a rechazos a lo largo de toda su carrera. Son rechazos distintos a los de la carta educada o malvada, pero son también rechazos duros. Sucede que por lo general un escritor serio no se cierra nunca puertas, aspira a gustar a todo el mundo, al mundo entero. Por tanto, cualquiera de sus éxitos parciales lo vive como algo muy relativo. Un lector, por ejemplo, se le acerca por la calle y le felicita por su más reciente obra y él se queda tan frío, y en el fondo molesto de que le hayan cortado el paso para decirle semejante obviedad cuando iba a comprar el pan. El éxito lo vive pues como algo relativo, pero en cambio cualquier mínimo rechazo a su obra lo ve como una gran afrenta, un rechazo a la totalidad. Sólo así se explica entonces la desesperación, por ejemplo, de Pier Paolo Pasolini por una crítica negativa en la hoja parroquial de un pueblo de mala muerte. Y es que una crítica en contra (aunque el crítico sea un famoso idiota), las malas ventas de un libro, ese premio insignificante pero que sin embargo no le han dado, ese escaparate de librería donde no está su libro y sí en cambio uno de su más odiado colega, ese suplemento cultural en el que no le nombran y encima dedican tres páginas a un mamarracho, todo eso para el escritor reconocido son rechazos que le impiden vivir en paz. Y sólo eso explica, por ejemplo, el caso de esos premios Nobel que al final de sus vidas, en lugar de saborear el triunfo mundial, llevan una lista muy detallada de los amigos y enemigos de su comarca. El rechazo persigue a todos los escritores a lo largo de su vida. El rechazo iguala en el fondo a los publicados con los que permanecen inéditos coleccionando cartas de negativa. Unos y otros comparten el espacio infinito de una especie de Club de los Rechazados en cuya secreta sede social se oyen por las noches voces espectrales que arrastran cadenas y dicen: Ay, mi estimado señor. Forman un club en el que todos parecen estar de acuerdo con aquello que decía el añorado Monterroso de que nuestros libros son los ríos que van a dar en la mar que es el olvido. Como si unos y otros supieran que quien inventó la vida, inventó el rechazo, pero no la literatura. Por eso existe el suicidio y lo demás es literatura.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 28 de marzo de 2003.

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