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CARTAS AL DIRECTOR

El hombre duplicado

Resulta que hay una persona que no soy yo, ¿o sí?, que se llama exactamente igual que yo. En mala hora mi doble cobró de una empresa una cantidad indebida, no la quiso devolver y desapareció administrativamente. Reclamado penalmente, como no lo encontraban, me citaron a mí. Tras acceder a la jueza de instrucción, el asunto quedó aclarado.

Pasados unos años condenaron a mi doble, pero como no lo encontraron, me condenaron a mí. Esto ya es más grave, antecedentes penales, embargos por responsabilidades económicas; no es una broma, pero al parecer sí, porque la jueza no ha anulado la sentencia como yo había pedido, simplemente ha dictado un auto que dice que hay un mero error material, que no soy yo el condenado, sino que lo es una persona que se llama exactamente igual que yo, que además ya sabe que yo existo, y me advierten que no me separe nunca de ese auto, que lo lleve siempre encima, como un enfermo que siempre lleva encima la pastilla de su salvación, pues si mi duplicado está en busca y captura, me pueden detener a mí, en el aeropuerto, en un control. Confunde la justicia lo que denomina inconvenientes del Estado de derecho con la chapuza administrativa.

No tengas miedo -me dicen los ingenuos-, el Estado te protege; lo peor es que, dando vueltas al sentido común, no sé si, como en la novela de Saramago, soy yo el que duplica al ladrón o éste a mí, si vamos a seguir creciendo juntos y si puedo pedir que la jueza se desdoble en una que trabaja bien y otra que trabaja mal; y es que si la justicia de por sí -dicen- está desbordada, será el caos, si encima sólo nos duplican a los ciudadanos y no a los jueces.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de marzo de 2003