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Crónica:FÚTBOL | 26ª jornada de Liga

Mucho miedo, mucho corazón

El Athletic no supo apuntillar al Valencia, que con nueve jugadores le encerró en el área

¿Se juega mejor con diez?, ¿con nueve?, ¿con once? Si preguntan al Valencia, responderá que con nueve. Con once fue nulo, con diez, aparente, y con nueve, heroico. Todo el infortunio se le juntó al Valencia a borbotones y se alió con el Athletic, que afeó su fortuna con una actitud rácana, de equipo menor, asustadizo, que acabó abroncado por su público.

El fútbol será así, si así lo quieren los jugadores y los árbitros, que en esto tienen algo que ver. En dos minutos, entre el 37 y el 39, la balanza se inclinó. En el 37, Mejuto pitó penalti por un agarrón de Karanka a Baraja en un saque de esquina. Ya es hora de que los árbitros impartan justicia en estas acciones, pero debieran hacerlo por igual y todos a la vez. Lo cierto es que Aranzubia despejó el penalti y en el córner posterior se montó el contragolpe rojiblanco que culminó Etxeberria con un ejercicio de precisión. En dos minutos se conoció el veredicto del partido Pero cabía el recurso. Y vaya si lo hubo. Con el Valencia al completo, el Athletic le echó del campo. A medida que fue perdiendo unidades, primero por la absurda expulsión de Mista y después por la lesión de Kily González, tras una alevosa entrada de Karanka, fue creciendo. Como no tenía fútbol, tiró de corazón y a poco sobrevive al naufragio.

ATHLETIC 1 - VALENCIA 0

Athletic: Aranzubia; Javi González (Murillo, m. 91), Ocio, Karanka, Larrazabal; Tiko (Felipe, m. 74), Prieto, Alkiza; Etxeberria, Urzaiz y Ezquerro.

Valencia: Cañizares; Reveillere, Marchena, Ayala, Fabio Aurelio; Angulo (Carew, m. 60), De los Santos (Rufete, m. 70), Baraja, Vicente (Kily González, m. 78); Mista y Aimar.

Goles: 1-0. M. 39. Saque de esquina del Valencia, tras el penalti fallado por Fabio Aurelio, que despeja la defensa, Ezquerro conduce el contragolpe con Etxeberria, en un dos contra dos, que bate a Cañizares con una precisa vaselina.

Árbitro: Mejuto González. Expulso a Mista (m. 55) por doble amonestación. Mostró tarjetas amarillas a Vicente, Karanka, Ezquerro, Urzaiz, Prieto y Alkiza

Unos 35.000 espectadores en San Mamés.

El Celta arruina las cuentas del Atlético

El Atlético no se lleva con las matemáticas. A la que se pone a echar cuentas, a sumar mentalmente tres puntos por aquí y otros cuantos por allá, a correr en la imaginación cuatro o cinco jornadas por delante, el Atlético se la pega. Ya puede cumplir cien años o mil que las cosas son así, tan propias de la casa como el mismo escudo. De modo que, quizás por pura tradición, los rojiblancos perdieron ante el Celta. Y todos los sueños recientes, ésos que habían mandado repentinamente su mirada hacia la Liga de Campeones, se fueron al garete de sopetón.

Llegó el Celta, se blindó por los costados, le prohibió al Atlético su juego de costumbre y se ganó todo el derecho al empate. Y llegó al final Berizzo, cuando los rojiblancos andaban tirándose a la cara su propia idiosincrasia ya simplemente por la igualada, y remató el petardazo con un gol inesperado que pescó desprevenido a los de casa. Pero ni la hora tan tardía a la que se asomó la derrota hizo inmutarse a la gente del Calderón, tan preparada como está a golpe de insistencia para salir con resignación de determinadas jornadas.

Para los que desconfían de lecturas tan cabalísticas, para los que prefieren interpretar el fútbol desde el puro fútbol, habrá que apuntar que el Atlético jugó mal, peor que últimamente, y que por ahí puede explicarse también su tropiezo. Albertini siguió entonado, gobernando sabiamente la posesión de la pelota, de manera especial mientras anduvo sobrado de oxígeno -es decir, que fue de menos a más-; Coloccini conservó su nivel de las últimas jornadas (rápido, anticipativo, seguro y contundente), un central seguro tanto por alto como por bajo, una garantía, y estuvo ágil Esteban, cerrando su portería a las repentinas visitas del Celta. Pero el Atlético mostró muy poco más.

Fernando Torres dibujó una actuación menor, aunque no fue suya toda la culpa. Sus compañeros apenas le buscaron. Y cuando lo hicieron, el Niño sí respondió -Albertini lo comprobó al filo del descanso al tirarle un globito por detrás de la defensa, al invitarle a correr-. Pero el Atlético sangró especialmente por las bandas, el objetivo que se había trazado el Celta para conquistar el partido. Ni Aguilera y Contra por la derecha ni Sergi y Luis García por la izquierda acertaron a entrar por los costados, territorios que Lotina había llenado de minas. José Mari, de segundo delantero primero, de extremo izquierdo después, tampoco sumó. Sólo la salida de Jorge, que logró confundir al Celta en su trabajo defensivo de entrelíneas, hizo crecerse al Atlético, que tuvo sus veinte minutos de insistencia para llevarse el partido.

Metió en apuros a Cavallero por decisión, casi a empujones, en jugadas a balón parado principalmente. Pero ayer ni con Aguilera acudiendo a todos los remates, que se ha venido arriba con su gol en Mestalla, hizo demasiado daño en la estrategia. Y la aparición de Javi Moreno, al que algún cachondo le llama el Ronaldo del Calderón -por la barriga, claro- y de Movilla tampoco remediaron nada -y eso que la mejor ocasión local fue un control con el pecho y posterior remate del 19-.

Aunque con menos gente, el Celta atacó con más peligro. Su excelente partido se ciñó a los asuntos defensivos. Muy sobrio atrás y en el centro del campo, muy serio para la recuperación de la pelota, supo jugar su partido. Pero el mejor futbolista sobre el campo en asuntos creativos también fue suyo. Situado de forma antinatural, a banda cambiada, Gustavo López fue un permanente tormento para Sergi. Por ahí, por la banda derecha de su ataque, el Celta conservó siempre un hueco por el que meterse en el partido. Le permitía llegar lo mismo o más que su rival aun teniendo menos la pelota. Por ahí, claro, por la sabrosa conducción de Gustavo López, llegó el contragolpe mortal que culminó Berizzo a escasos minutos del final. El gol que le recordaba al Atlético que no le conviene ponerse a sumar.

Si el Valencia venía cansado, el Athletic le puso el partido a cien por hora; si quería tocar el balón y jugar con parsimonia, le puso el campo como un circuito automovilístico. Es decir entre el Athletic, brioso, y el campo, rapidísimo, el Valencia perdió el balón, condenado a la vulgaridad de equipo cansino, tanto mental como físicamente. Para colmo, en ese cúmulo de circunstancias, naufragó Aimar, su referencia obligada para el balance del colectivo. Claro que en eso tuvo mucho que ver un chico de aspecto liviano, Luis Prieto, que se pegó a la camiseta del argentino y no sólo le secó, sino que además le aburrió.

El Athletic entendió el mensaje de sus últimos fracasos. La victoria, en su caso, siempre pasa por un sobreesfuerzo físico. La vieja máxima de correr más que el contrario. Incluso, su actitud, había sido puesta en duda toda la semana en el entorno rojiblanco. Así que cuando comenzó el partido, parecía que llevara veinte minutos jugando. En media hora, barrió al Valencia, obligado a correr tras el rival, replegado en su campo y sometido al criterio futbolístico de Alkiza. Casi todo lo que se esperaba de Aimar, lo hizo Alkiza: ganar el espacio, proteger el balón y desplazarlo con el máximo sentido. Lo malo para el Athletic es que sus carencias se manifiestan en dos cuestiones: el último pase y el remate. Casi todas sus acciones ofensivas, que fueron muchas en esa media hora, acabaron o mal servidas o mal resueltas. Acciones geniales como la de Ezquerro entre tres centrales acabó resuelta al modo de un colegio: trompicado, malamente. Lo que nacía bello, moría feo.

Y así transcurría el partido, acelerado, raro, con continuas perdidas de balón, revoltoso, en suma. La figura engrandecida de Alkiza apenas encontraba una tímida respuesta en Baraja, discontinuo, y en Vicente, vibrante, pero acelerado. Entre ambos cuadraron la única jugada ofensiva de ese tiempo que Angulo no cazó por milímetros.

Y llegaron los minutos decisivos. Pero quedaba mucho más, porque el Athletic murió en la reanudación, tras un disparo de Tiko al larguero. No hizo más. Cuando se fue Mista, por sacar indebidamente una falta, decidió guarecerse y cuando se retiró Kily, tras una acción de Karanka, innecesaria y durísima (el Valencia había agotado los cambios), decidió esconderse, volver a ser el equipo pacato de los últimos partidos, asustado por un equipo mermadísimo y cansado.

El Valencia tiró de corazón y de Carew, un futbolista que se bastó para incomodar a la nutrida defensa del Athletic, incapaz de retener el balón o de irse hacia adelante. Las ocasiones del Valencia se sucedieron y el miedo se apoderó de San Mamés. Heynckes colaboró a ello. Felipe y Murillo, dos jugadores defensivos, se unieron al espíritu numantino. Y Carew remató una y otra vez, y Baraja chutó. Y el Athletic, que empezó como un ciclón, acabó barrido como una hoja seca. Y silbado. Contra once fue mejor, contra nueve, un horror.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de marzo de 2003