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Crónica:LA CRÓNICA

Religiones en exposición

El edificio gerundense llamado Fontana d'Or es un caserón noble situado en el casco antiguo de la ciudad. Caixa de Girona lo adquirió para convertirlo en palacete y fue restaurado con criterio de mona de pascua hipergótica en unos tiempos en los que los verbos restaurar y decorar se confundían. En aquella época, los arquitectos restauradores se inspiraban en la Edad Media hollywoodiense. Esto explica por qué algunas austeras edificaciones medievales terminaron, como le sucedió al famoso castillo de Peralada, convertidas en un decorado ideal para una película de sábado por la tarde protagonizada por un Errol Flynn con minifalda, leotardos y gorrito emplumado. La restauración de la Fontana tuvo lugar cuando Girona era todavía la "Inmortal Gerona", una capital de provincia franquista: timorata y meliflua, pero dispuesta a exhibir, si la ocasión lo requería, los pedruscos de la familia. Por fortuna, los tiempos cambiaron y la Fontana d'Or se ha transformado en un centro cultural de campanillas. De un tiempo a esta parte, en efecto, en él se producen o se importan notables exposiciones de última generación, de esas que en todos los centros de cierto nivel se han puesto de moda. Mediante un hilo narrativo, estas exposiciones, más que exhibir o mostrar, pretenden despertar el interés y estimular la reflexión del curioso. Ayudan, seamos francos, a confirmar la pereza lectora de nuestro tiempo. Aunque también es cierto que, desde nuestras rutinas laborales y domésticas, no sería fácil acceder a los enjundiosos temas que periódicamente proponen los centros del tipo Fontana d'Or: el holocausto judío, la tradición cristiana de Etiopía, el abigarrado mundo de Chagall, el misticismo de Tàpies, el París de Modigliani, la exuberante personalidad de Palau i Fabre.

Exposición de cajas limosneras en Girona: los frailes las utilizaban para pedir, hasta que los años sesenta acabaron con todo ello

Estos días, en las salas principales de la Fontana se ofrece una colorista visión del budismo con espectaculares elementos antropológicos que ayudan contextualizar una religión que fascina a muchos europeos desconcertados: huérfanos y, a la vez, nostálgicos de vida espiritual. Rapados monjes budistas, con sus túnicas de color azafrán, se han instalado en la ciudad para dar conferencias y construir un mandala. Entre las piedras más o menos góticas suenan los extraños cantos litúrgicos del Tíbet. Y en las callejuelas por las que antaño transitó el inquisidor Nicolau Eimerich relucen hoy las calvas místicas de Oriente. El hecho de que los monjes budistas no residan en un hotel, sino en el convento de las benedictinas del valle de Sant Daniel, ha provocado risueños comentarios en esta ciudad pequeña y cándida (el entrañable equívoco ha llegado a TV-3, cuyo programa Entre línies grabará próximamente detalles de esta convivencia entre religiosos de distintos sexos y de credo distante).

Mientras en las salas principales tiene lugar la gran exposición sobre el budismo, en otros espacios más recoletos del mismo centro acaba de inaugurarse una exposición que no tiene más objetivo que mostrar una encantadora colección de cajas limosneras de los siglos XVIII y XIX. No sé si los lectores que peinan canas como yo recuerdan aquellas capillitas portátiles que las familias católicas se intercambiaban en tiempos no tan lejanos. Contenían la imagen de una Virgen o de un santo al que se profesaba una devoción especial. Los niños acostumbrábamos a transportarla de nuestra casa a la de otros beatos vecinos después de que hubiera presidido durante unos días el salón casero. En aquellas oscuras tardes de invierno que olían a vapores de eucalipto y a terroncito de azúcar bañado en Agua del Carmen, la abuela se sentaba junto a la imagen y rezaba infinitos rosarios entre plácidas cabezaditas.

Como explica Jordi Vilamitjana en el informado catálogo de la exposición, la curiosa rama del arte tradicional católico que responde al nombre de caja limosnera abarca no sólo estas capillitas que algunos todavía recuerdan, sino todos aquellos instrumentos petitorios con que los frailes, los ermitaños y los cuestores de santuarios, iglesias o altares recorrían una comarca o una región a la búsqueda de un óbolo con el que sostener las necesidades del culto. Se trata de unas cajitas de madera, con una apertura de hucha para las monedas, en cuya parte superior aparece una pintura, una inscripción o una talla escultórica que representa un motivo religioso: un santo, un símbolo, una Virgen. Las cajas de esta colección (propiedad, al parecer, del heredero de una banca ya desaparecida) son una delicia artística, a pesar de que las aprecian mejor los anticuarios que los académicos. Se trata de una manifestación artística anónima que destila la fascinante expresividad del barroco popular hispánico. Un barroco que en toda la Península tuvo una vigencia enorme, hasta el punto de saltar por encima de las periodizaciones académicas de la historia del arte. No hay más que ver la entrañable imagenería de esta exposición de Girona para darse cuenta de que este barroco anónimo responde a las formas del románico más genuino aunque también conecta con la sensibilidad que mucho más tarde llamaremos naïf, ingenua.

Almas del purgatorio que purgan las culpas veniales en primorosos mares de llamas, calaveras en oro y negro, santos con enormes ojos y narices, y un tono general de cómic de los siglos arcaicos... he ahí un pequeño mundo redondo y cerrado: las creencias de un tiempo que de repente, hacia los años sesenta, desapareció como tragado por la tierra (mientras, en paralelo, empezaban a ponerse de moda los viajes iniciáticos a India). Salía yo de contemplar esta exposición y coincidí con un amigo que entraba. "Vengo a una conferencia sobre budismo: Teoría y práctica de la reencarnación". "¡Cáspita!", le dije. "La teoría de la reencarnación la conozco bastante", afirmó serio, aunque con ojos guasones, "vengo a comprobar cómo funciona en la práctica".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de marzo de 2003