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Crónica:FÚTBOL | Liga de Campeones

Totti despluma al Valencia

La inspiración del delantero del Roma tumba al cuadro de Benítez, que añoró a Aimar

Nada mejor que la ausencia para percibir el amor en todo su esplendor. De eso se dio cuenta ayer el Valencia cuando notó la falta de Aimar durante una hora por unas molestias musculares. El conjunto de Benítez jugó sin la magia que le proporciona su estrella argentina y a eso le añadió una noche realmente aciaga de su defensa, que rompió con su condición de invicta en su estadio en este torneo después de 21 partidos. Para rematar el cuadro, el Roma demostró que cuenta pese a su grave crisis con dos jugadorazos. El brasileño Emerson, verdadero gigante en el centro del campo. Y Totti, claro. Mucho tiempo hacía que Mestalla no despedía con una ovación a un futbolista rival. Ayer lo hizo, rendido a la clase del media punta romano, justamente recuperado para la ocasión tras intensas sesiones de acupuntura. Le sentaron de cine, por lo visto. No es que hiciera un partido estelar. Simplemente tuvo fogonazos de inspiración. Coletazos de clase que le sirvieron para derrumbar a un Valencia que se creía invencible. Tuvo Totti lo que le faltó al equipo de Benítez: inspiración.

VALENCIA 0 - ROMA 3

Valencia: Cañizares; Réveillère, Ayala, Pellegrino, Fabio Aurelio; Rufete (Aimar, m. 64), Albelda, Baraja, Vicente (Kily, m. 50); Carew y Sánchez.

Roma: Antonioli; Zebina (Cufré, m. 63), Samuel, Aldair, Candela; Cafú, Tomassi, Emerson, Lima; Cassano (Guigou, m. 90) y Totti (Fuser, 85).

Goles: 0-1. M. 24. Totti remata de cabeza un córner sacado por Candela. 0-2. M. 30. Cafú profundiza por la banda derecha, centra, y Totti, que llegaba desde atrás, bate a Cañizares con la derecha. 0-3. M. 36. Emerson marca tras un pase de Totti.

Árbitro: F. Bleeckere. Amonestó a Rufete y Zebina.

Unos 40.000 espectadores en Mestalla.

Ejemplo casi siempre de máxima concentración defensiva, el Valencia se despertó ayer, por uno de esos misterios del fútbol, con una gran confusión mental. Probablemente la mejor pareja de centrales de la Liga (Ayala y Pellegrino) pasó una noche horrorosa y se quedó a dos velas, sin saber a quien marcar. Totti y Cassano se acomodaron en ese territorio tan etéreo conocido como la media punta y, desde allí, desarmaron al Valencia. El tercer gol romanista fue una muestra diáfana de cómo se produjo la escabechina. Ayala se fue al centro del campo a cazar moscas, atacaba el Roma por la izquierda y Totti, que esperaba el balón por el centro, mandó parar. Se quedó quieto mientras su marcador, Pellegrino, se pasaba de frenada, seguía retrocediendo. Y entonces sí, Totti recibió y tuvo tiempo de mirar, templar y esperar a que le doblara desde atrás Emerson, que solo ante Cañizares, cruzó el balón con mucha tranquilidad. Europa es lugar exclusivo para los grandes futbolistas, y a Mestalla llegaron dos con ganas de recuperar su prestigio. Emerson, efectivamente, es un centrocampista en toda la extensión de la palabra y tuvo una presencia enorme en el encuentro. En cuanto a Totti, simplemente un gustazo verlo en directo. Un prodigio de técnica y de inteligencia que se fue creciendo a medida que descubría las imprevistas facilidades concedidas por la zaga valencianista. Porque al empezar el encuentro, Totti dio la impresión de que, después de tantas lesiones a lo largo de la temporada, estaba para sopitas. Actuó encogido los primeros minutos hasta que, de sopetón, se metió de lleno en el partido y en el fútbol. Bien es cierto que el primer gol se lo encontró y el segundo fue uno de esos remates suyos desde la segunda línea que ha repetido tantas veces a lo largo de su carrera. Pero donde se vio toda su clase fue en el tercero, el que sirvió en bandeja a Emerson. Era la noche de su resurrección y, en la segunda parte, regaló un taconazo a Cafú que levantó suspiros de admiración en la grada de tribuna.

Si el cuadro de Benítez fue un desastre en defensa, en ataque no se quedó atrás. De inicio metió ese ritmo altísimo de juego que lo llevó a triturar a un par de rivales en la primera fase (Liverpool y Basilea). Sin embargo, el equipo chirriaba por algún lado. Era un ataque demasiado previsible y mecanizado. Sin imaginación ni talento. Sin el trabajo entre líneas. Sin Aimar, vamos.

El caso es que en los últimos 15 minutos de la primera parte el partido quedó inopinadamente sentenciado. Con Mestalla palpándose las mejillas para saber si era cierto lo que veía. Lo era. De hecho, el público ovacionó a su equipo tras salir del descanso, todavía creyendo en un milagro. Y no le quedó más remedio a Benítez que, a los 15 minutos de la segunda parte, hacer jugar a Aimar. Pero era demasiado tarde. Ni estaba en condiciones físicas por sus molestias en el cuadríceps ni quedaba tiempo. El desgaste psicológico del primer periodo había sido tremendo. El Valencia ya no estaba acostumbrado a eso, a ese bofetón tan repentino. Y el Roma, además, ya se había colocado esa piel defensiva de todo equipo italiano que se precie para dejar las cosas como estaban.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 27 de febrero de 2003