Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
53 º FESTIVAL DE BERLÍN | PANTALLA INTERNACIONAL

Magistral evocación de Yoji Yamada del ocaso de los samuráis

Gran expectación en la Berlinale ante el filme español 'Polígono Sur', de Dominique Abel

Ayer surgió una obra lírica de gran vuelo. Su título revela su fondo, El samurái de la luz del crepúsculo, pues relata en forma de melodrama de gran pureza y nobleza el ocaso de los guerreros samuráis en las luchas civiles del Japón del siglo XIX. Discurre esta conmovedora película sobre un tiempo de adagio exquisitamente medido por el veterano Yoji Yamada, cuyo estilo roza las alquimias de los grandes monumentos del cine japonés clásico.

Fuera del concurso entraron ayer en la ronda de proyecciones del Panorama dos películas españolas. Una es Los novios búlgaros, una comedia dirigida por Eloy de la Iglesia, que fue recibida con amabilidad, pero sin despertar en la sala ningún destello de entusiasmo. Es un filme que comienza atropelladamente y gana algo de eficacia en la zona final, pero que no pasa de pasatiempo irrelevante, que quiere ser provocador y no lo consigue.

La otra película española es Polígono Sur, dirigida por la francesa Dominique Abel. Fue proyectada ayer fuera del alcance de esta crónica, por lo que no cabe hacer aquí apreciaciones críticas. Pero cabe en cambio dejar constancia de la creciente expectación que este documento está creando aquí y que ayer reflejó la revista Screen International. Es un trabajo de investigación dentro de los pobladores del llamado Polígono Sur de Sevilla, donde 3.000 gitanos fueron a parar tras ser arrancados, a finales de los años sesenta, del barrio de Triana, donde sus antepasados se instalaron hace la friolera de 500 años. Consolados por el genio de sus cantes, los descendientes de estos hombres evocan ahora los cielos abiertos de su ancestral idea de la vida desde un Polígono Sur en el que se sienten extranjeros en su tierra, eternos exiliados incluso dentro de su casa.

De vuelta al concurso, el magistral filme de Yamada descabaló ayer los pronósticos del desenlace de esta Berlinale, pues es evidente que se merece un premio y algo de esto se percibió en la convicción y unanimidad con que la hermosa película fue acogida en la sesión matinal. El elegante -y vigoroso, exacto, austero y sin caída en el socorrido guiño autoral- melodrama de Yamada sigue un suave crecimiento que roza lo exquisito y nos obliga a buscar en la memoria hilos casi perdidos de las inimitables tradiciones que el cine japonés ha ido dejando detrás de los ojos. Son tradiciones que inesperadamente saltan desde esta bellísima película a la pantalla moderna y misteriosamente conservan en ella no sólo su antiguo vigor, sino también la lozanía que les da la conciencia de estar reinventando el cine.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de febrero de 2003