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COLUMNA

Ovejas eléctricas

Hoy descansa Kaspárov; y la máquina del Deep Junior. El próximo domingo volverán a enfrentarse para la cuarta partida de ajedrez en el desafío a seis asaltos con una bolsa de un millón de dólares y bajo el patrocinio de la World Chess Federation. Hasta el momento nadie ha logrado vencer al programa Deep Junior, de patente israelí, que se opone a la experiencia de Kaspárov, 39 años.

Deep Junior calcula seis millones de posiciones por segundo pero esto apenas debe impresionar si se compara con los 85 millones de posiciones por segundo, o más, que conseguía el célebre Deep Blue, diseñado por un taiwanés para IBM y famoso en 1997 por haber derrotado al entonces campeón del mundo. Ante Deep Blue, Kaspárov perdió aquel año por sólo un punto, y a causa, según sus declaraciones y la de los entendidos, por un garrafal fallo humano.

La máquina siguió impasible hasta la sexta partida pero el ajedrecista cometió una equivocación pueril, víctima de los nerivios. El superordenador Deep Blue de IBM pesaba entonces tonelada y media y se componía de más de 400 procesadores que jamás vacilaban. En comparación con este monstruo, la máquina que contiene al actual Deep Junior es, en todo, más liviana. Realiza menos operaciones en el mismo periodo pero posee muchos más recursos de carácter "profesional", más visión para anticipar las estampas del tablero, mayor capacidad para ponderar el valor de un alfil o de un caballo en función de la escena concreta que marca la partida. Es, en suma, mejor ajedrecista y, probablemente, más humana.

Hace dos siglos, en Viena, Napoleón Bonaparte jugó una partida al ajedrez en el castillo de Schönbrunn con un robot tocado con un turbante y al que llamaban El Turco. Perdió el emperador y ¿cuál fue la reacción napoleónica? Revolver compulsivamente el interior del artefacto, deshacer el turbante, volcar las piezas por el suelo, protestar airadamente por creerse alevosamente burlado. Es decir: mientras Kaspárov o cualquier ajedrecista actual se inculpan de su fracaso ante la máquina a Napoléon le resultaba inconcebible -como era lógico en Napoleón- que el mecano lo venciera. Todavía entonces era inimaginable el devastador poder de una máquina.

Ahora ya lo sabemos. Ahora, nada es más fácil que aceptarnos inferiores al nuevo artefacto. Nada parece más fácilmente superior que los supeartificios y los efectos especiales que continuamente crean una realidad más allá de nuestros sentidos. Como también nada celebra con mayor orgullo nuestra civilización que la generación de máquinas inteligentes que incluso sienten y deciden por sí mismas; ingenios espirituales que traducen, leen, hablan o vaticina, detectan amenazas y las neutralizan de raíz y por su cuenta.

Las máquinas permanecen despiertas mientras nosotros dormimos, siguen lúcidas cuando nos ofuscamos, nos orientan para llegar al destino, para superar las depresiones o el insomnio, para detener el coche o para asar la carne. Son sirvientes pero, poco a poco, también seres queridos. Son obedientes pero, progresivamente, ocupan un lugar imprescindible entre los amantes. En Japón miles de robots cuidan de los niños, barren la casa, dan vitaminas a los enfermos o hacen reír a los ancianos. Su población se extienden alrededor de la vida cotidiana como los animales domésticos y, en el extremo, como androides. ¿Como productos, a la vez, de ingeniería genética? ¿Por qué no? Las máquinas se compondrán de colmenas de virus y los virus se comportarán como omnipresentes vehículos y herramientas. Paralelamente, los clones humanos, todavía clandestinos, tienden también a imitar la ideología de las máquinas y, en conjunto, la ideología de la producción lo ocupará todo. ¿No se habla ya de "productores de moluscos" en las rías gallegas?

"¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?", se preguntaba hace años Philip K. Dick para titular los cuentos que inspiraron Blade Runner. Probablemente. Pero ¿no sueñan ya las ovejas eléctricas, los Deep Junior, los Deep Blue, los cerebros electrónicos, con ser colegas de Gary Kaspárov, de Vladímir Krámnik, asiduos vecinos y compañeros de nosotros, los androides?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 31 de enero de 2003