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Reportaje:MÚSICA

Stefan Winter, el poder de la artesanía en la industria del disco

El productor musical independiente ha revolucionado la concepción de lo que debe ser el producto discográfico. El empresario alemán mezcla en sus versiones música clásica con jazz, que han conseguido gran éxito gracias a la colaboración de artistas como Uri Caine. Winter cuenta cuáles son sus cinco mandamientos.

Desde su pequeño taller de Múnich, Stefan Winter predica, como un auténtico Lutero, que hay esperanza para el futuro del disco. Aplica un evangelio cercano y universal, en el que predomina la imaginación desatada y el mestizaje radical, sin fronteras, de todas las músicas del mundo. Desde que formó su compañía de discos en 1997, Winter & Winter, ha sacado al mercado 90 títulos con los sones de África, Asia y América. Pero, sobre todo ha dado un revolcón enérgico a la música occidental de la mano del pianista Uri Caine, con quien ha mezclado a Mahler, a Beethoven, a Schumann y a Bach con el jazz, el blues y los sonidos de la calle y la vida...

Las grandes compañías acuden a pedir consejo a este profeta pequeño, creativo, que viste de lino, que no puede ocultar un pasado hippy y se cuelga pañuelos largos al cuello. Él se los da, pero no se casa con ellos. Sigue trabajando desde su pequeño sello, con dos personas más, en un humilde local de la capital de Baviera que también emplea como galería de arte, pariendo nuevos productos que se le ocurren a él y que luego encarga a artistas poco conocidos pero que llevan dentro el fuego del talento íntimo y explosivo.

¿Sus mandamientos? El pri-

mero: "Hacer las cosas con amor y convencido de lo que quiero". Un amor que busca el placer y satisfacción personal. "Hay un componente egomaniático, claro, pero como en todos los grandes editores, que se hicieron fuertes porque trabajaban con lo que creían. Las multinacionales lo son hoy porque un día hubo un loco emprendedor que las puso en marcha. Es muy triste que hayan perdido estos personajes y que ahora estén controladas por gentes que no aman el negocio. Cuando cambias al presidente de una compañía y no pasa nada, es que algo va mal", dice Winter.

Segundo: "Ideas propias y encargos". Eso le lleva tiempo. Piensa mucho y luego madura conjuntamente con los artistas que elige para los proyectos. "Hay que presentar a los músicos la idea y hacerles ver que son tan suyas como tuyas". Así ha creado una simbiosis perfecta con Uri Caine, la auténtica marca de la casa. Con él acaba de sacar al mercado una versión impactante de las Variaciones Diabelli, de Beethoven, después de haber explorado las Variaciones Goldberg, de Bach, o las ya legendarias versiones de Mahler -Gustav Mahler in Toblach o Urlicht/Primal Light-, las de Wagner en el disco Richard Wagner e Venezia, o las de obras de Schumann en la serie La gaia scienza, en la que luego otros intérpretes han hecho aproximaciones a Schubert y Brahms...

Ellos dos pasan de las variaciones "a las alteraciones", dice Winter. "Uri encuentra nuevos contextos, nuevos espacios para la música. Él es un músico de jazz y qué es el jazz sino variaciones constantes". Los hallazgos de Caine con sus músicos son enormes, es un jazzista que toca con una orquesta como si fuera una banda, no lo hace contra ellos, sino en diálogo constante", afirma.

En el repertorio clásico y barroco ha colaborado intensamente también con otros artistas como Luca Pianca, Vittorio Ghielmi, Paolo Beschi o Teodoro Anzellotti, pero luego están sus otros paseos por otras partes del mundo, con músicos como Mauricio Kagel, Fumio Yashuda, Noël Akchote, grupos cubanos para Cuaderno de La Habana o el maravilloso El último paraíso, o tangueros argentinos para ¡Tango vivo! Son productos directos de su tercer mandamiento: "Viajar". Y es que Winter se siente un escritor de viajes antiguo. "Adoro ir a los lugares que me son ajenos, me siento un outsider y puedo aportar mi perspectiva, es un vicio reflejar la música de un lugar en un tiempo especial. Hubiese dado dinero por escuchar cómo sonaba Venecia en el siglo XVII".

Cuarto mandamiento: "Huir

de la obsesión por llegar a las masas". Ésa es la enfermedad de las grandes compañías, según Winter, y se lo ha dicho en las consultas que le hacen. "Necesitan tiempo para clarificar sus ideas. Para ellos el éxito comercial es lo más importante, se bloquean si no lo consiguen. Yo nunca pensé que iba a tener éxito con los discos de Uri Caine, odio los números, si consigues vender 2.000 copias y los que lo escuchan y lo han comprado gozan, el objetivo está cumplido. No hay que ir a las masas, sino a complacer al que escuche la música".

Quinto mandamiento: "Los envoltorios deben ser especiales". No dar vino en tetrabrik. "¿Por qué tengo que envolver mi música en una bolsa de plástico?", se pregunta Winter. "No quiero beber vino de un cartón, y tampoco cobrar lo mismo por un disco que por otro, me parece injusto porque los trabajos de unos y otros no son equiparables", afirma.

La búsqueda del flamenco

TIENE STEFAN WINTER una deuda en su catálogo. El flamenco. Pero está en ello. El problema es que todavía no ha tomado una decisión definitiva. "Creo que es difícil ofrecer algo que sorprenda", dice. "No es lo mismo si eres español que si eres extranjero, yo no quiero andar por territorios ya trillados ni colmar expectativas, y es complicado adentrarse en ese mundo si no formas parte del mismo", asegura. Ha viajado a Granada, Sevilla y Cádiz. Ha pasado varias horas en los garitos y las cuevas y ha escuchado a los más jóvenes y a los ultrapuristas. "Lo tengo en mi cabeza, sigo buscando, pero debo madurarlo, mi deseo es capturar algo que he visto en los ambientes pero que no he clarificado aún, algo que no está en los escenarios y puede estar en la calle", afirma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de diciembre de 2002

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