Reportaje:

6.000 euros por 'cazar' un AVE

La policía y Renfe luchan contra bandas de 'graffiteros' que actúan a cambio de recompensa

Los graffitis que decoran paredes, establecimientos comerciales y vehículos públicos han dejado de ser inocentes manifestaciones individuales de arte urbano. Los afectados por estas pintadas, sobre todo Metro y Renfe, en colaboración con el Cuerpo Nacional de Policía, aseguran que en muchas ocasiones son ya obra de bandas perfectamente organizadas, de carácter violento, que actúan para conseguir una recompensa económica. Hasta 6.000 euros (un millón de pesetas) ha llegado a ofrecer una red empresarial al comando que logre pintarrajear la joya de un graffitero: los trenes del AVE.

Fuentes de la investigación consideran que estas organizaciones tienen ya la consideración de tribu urbana (igual que otros grupos marginales, como los rapados). El negocio de estas pintadas se mueve en torno a revistas de música de distribución en Internet, a un circuito de pubs en el que se exhiben los trabajos de los graffiteros y a algunas tiendas que venden los aerosoles y pinturas que utilizan estos artistas.

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"La actuación de estas bandas es un hecho que la gente desconoce. Hoy se está convirtiendo en un problema incipiente que en poco tiempo puede llegar a ser algo descontrolado. Creo que estamos sólo ante la la punta de un iceberg", declara un responsable de la investigación.

Los graffiteros son en su mayoría jóvenes de hasta 25 años, aunque también hay adolescentes de sólo 12. Los que trabajan de forma organizada operan en bandas de unos 20 miembros que actúan juntos y se reparten las tareas. Normalmente llevan la cara tapada con pasamontañas y una mochila a la espalda con los útiles de trabajo en la que suele ir estampada la firma del grafitero.

El comando está formado por un grupo de información (dos o tres personas) que localiza y controla la presa a pintar, es decir, el tren o el metro. A continuación, llega el grupo de ataque -los que hacen las pintadas- cada uno de cuyos integrantes tiene perfectamente definido su cometido: dónde debe colocarse, la zona que tiene qué pintar y cómo. Unos se ocupan del perfil y otros del relleno del grafito. Nada es improvisado. Todo está estudiado al milímetro. Incluso el tiempo que tienen que tardar en terminar el trabajo. En ocasiones llevan armas blancas y, para lograr su cometido, han llegado a amenazar a los vigilantes y guardas de seguridad de Metro o Renfe.

Una vez concluida la obra, llega la parte más importante: fotografiarla o grabarla en vídeo con el autor, o autores delante de la pintada, de grabar en vídeo unas imágenes que posteriormente se exhiben en determinados pubs. Sin este paso, considerado como la firma o la prueba, no hay recompensa al no existe constancia de que ha sido realizado el ataque.

Renfe y Metro retiran de la circulación inmediatamente todo tren que es pintarrajeado y queda parado en las cocheras hasta que no está completamente limpio. De hecho, raras veces los usuarios han visto vagones tapizados de arriba a abajo con las coloridas obras de graffiteros, pese a que este tipo de hechos se produce con cierta frecuencia. En el caso del metro madrileño, hay un promedio de un vagón pintarrajeado cada mes. En el de Renfe, las pintadas son más frecuentes, dada la dificultad de vigilar las zonas donde descansan los trenes.

Hay una guerra permanente, pero silenciosa, entre graffiteros y vigilantes, en la que una parte se esfuerza por dejar su huella, y la otra por impedirlo y borrarla. Esto, en el caso de Metro y Renfe, se traduce en un preocupante gasto económico: esas empresas emplean cada vez más vigilantes, personal de limpieza y, además, más trenes que quedan temporalmente fuera de circulación a causa de estos ataques. Los pintores, que es como se refieren a los graffiteros en sus círculos, lo que más se valora es el riesgo que entraña la pintada y su duración.

Entre las hazañas más preciadas por los pintores está la que consiste en pintar un convoy entero, vagón a vagón. EL PAÍS ha tenido acceso a un vídeo en el que se ve a un comando de este tipo en plena acción. La grabación, titulada Misión Imposible, fue decomisada por vigilantes del Metro madrileño a uno de los integrantes del grupo.

En las imágenes aparecen unos 20 jóvenes que corren por un descampado próximo a Móstoles en dirección a las vías por las que circula un tren de Cercanías. Están previamente alertados de que el convoy se detendrá en mitad del descampado debido a que un miembro de la banda que viaja infiltrado en el tren tirará del freno de emergencia. En ese momento, los enmascarados se apresuran a pintarrajearlo de lado a lado. Una vez concluido el trabajo, el cámara, que se encuentra en lo alto de un puente o pasarela, realiza un barrido por todos los vagones para mostrar la obra final y lograr testimonio gráfico del ataque.

Las actuaciones de graffiteros no se limitan a Madrid. Existen bandas en otras ciudades. La policía ha detenido a pintores extranjeros que actúan en Madrid y Barcelona. Esto se debe en buena parte a que se comunican a través de Internet. En algunas de esas webs se facilitan mapas de las ciudades con las zonas más cotizadas para los graffiteros.

En Madrid, según fuentes de la investigación, existen tres puntos en los que se concentran estas bandas: una zona cercana a la plaza del Conde de Casal; otra en torno a tiendas de maquetas de la plaza de Vista Alegre; y una tercera que opera en un instituto del barrio de Aluche. En Andalucía también hay grupos organizados, según fuentes policiales.

La policía ha montado unidades antigraffiteros en Madrid y A Coruña. Pero la persecución legal de estas bandas tropieza con la dificultad de castigar penalmente a sus integrantes. Son pocos los casos en que ha habido una sentencia condenatoria. Lo usual es que se les imponga una multa por el valor de los daños que han ocasionado y por los materiales deteriorados, cantidades que, en la mayoría de los casos, pagan los padres de los detenidos.

Y, sin embargo, eliminar las huellas de los pintores supone un gasto considerable para Renfe y Metro: una pareja de vigilantes les supone 300.000 euros al año; y limpiar las pintadas entraña un gasto de 18 euros por metro cuadrado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 16 de diciembre de 2002.

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