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Una muestra recapitula la obra artística final de Raúl Urrutikoetxea

Los trabajos sólo se vieron en Arco y en la Feria de Chicago antes de su fallecimiento

Raúl Urrutikoetxea (San Sebastián, 1962-2002) falleció en septiembre pasado en plena efervescencia creativa, cuando exploraba nuevas vías para saciar sus inquietudes pictóricas y fotográficas. Dicen los críticos que se hallaba en su mejor momento. Los aficionados al arte tienen ahora la oportunidad de juzgar por sí mismos en la Galería Altxerri de San Sebastián, donde se exhibe su obra más reciente, sólo vista en las ferias Arco y de Chicago.

El trabajo de Urrutikoetxea no ha pasado desapercibido en el panorama artístico vasco de los últimos años. Su obsesión por las arquitecturas urbanas, sus singulares perspectivas de edificios o infraestructuras plasmadas en lienzos de técnica depurada, le situaron en vida en primera línea. El artista falleció sabiendose reconocido, pero sin haber podido mostrar sus últimas inquietudes en casa.

Por eso la exposición de Altxerri (Reina Regente, 2), que permanecerá abierta al público hasta el 8 de diciembre, no es un simple homenaje póstumo. Supone también la oportunidad de conocer los trabajos más recientes del artista, sólo expuestos hasta ahora en Arco y en la Feria de Chicago. El último año reúne un centenar de obras, entre pinturas, fotografías y collages, que remiten a una de sus vocaciones frustradas. "Cuando estudiaba y tenía que plantearme mi futuro universitario, mi idea fue prepararme para la arquitectura, pero no tenía capacidad para las matemáticas", reconoció en una ocasión el autor. Sí la tuvo para plasmarla en un lienzo y la aprovechó.

Dice el responsable de la galería, Juan Ignacio García Velilla, que Urrutikoetxea "es el último gran pintor de vistas urbanas", un asunto recurrente de toda su trayectoria.

El artista siempre buscó rincones, ángulos especiales de lugares reales que él convertía en anónimos: puentes, aparcamientos, edificios industriales,... Primero, simplemente jugando con las perspectivas; después haciendo collages de la realidad y, en su última etapa, creando edificios a su antojo que luego fotografiaba, manipulaba y pintaba, como puede verse en la muestra.

La imagen que no es clásica

"No reflejaba exactamente la realidad", explica García Velilla. "Plasmaba su visión personal". Hay cuadros en los que el artista retrata la playa de Gros donostiarra, el aparcamiento del aeropuerto de Bilbao o el Hospital de San Sebastián, pero nunca ofrece la imagen clásica y reconocible.

Para García Velilla, Urrutikoetxea "ha sido una voz muy particular en la figuración" y ni él ni otros especialistas aciertan a ver a "nadie de su generación que siga esta tradición de pintor clásico de perspectivas. Este tipo de pintor, con mucho oficio, no se improvisa".

Urrutikoetxea estudió Bellas Artes en Bilbao. "Parto de la base de que la formación académica, como punto de partida para cualquier actividad dentro de la creación, es básica", dijo en una entrevista. Y el trabajo. Casi vivía en su estudio. De hecho, nunca quiso compaginar su actividad creativa con otro trabajo, como la docencia, por ejemplo. Cuando una vez le preguntaron al respecto, respondió: "Si tienes las alubias seguras, las cosas no funcionan con la pintura. Yo le dedico las 24 horas del día". Urrutikoetxea sólo vivía para su esposa, Amaya, su prolongación personal y artística, y su hijo Pablo, y para el arte. Basta con pasearse por la galería donostiarra para ratificar que el artista falleció con los pinceles en la mano. En las paredes de Altxerri figura un gran cuadro, uno de los pocos en los que está presente la figura humana, en el que se puede apreciar a un pequeño pintor subido a una escalera. Está inacabado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de noviembre de 2002