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47º FESTIVAL DE VALLADOLID

Eduard Cortés suaviza con inteligencia y tacto un áspero asunto en 'La vida de nadie'

Tiene altura el concurso de esta Seminci. Y esto es para la película española La vida de nadie un indicio exterior que añadir a los abundantes indicios interiores de que hay en ella cine inteligente y bien hecho. La dirige el debutante Eduard Cortés y la protagonizan José Coronado, que sigue en buena racha, y Adriana Ozores, que, junto a Marta Etura, dan a Coronado una magnífica réplica. Y el notable filme hace creíble a un retorcido y amargo -pero endulzado con sagacidad- personaje traído a la vida española desde un abismo de la crónica negra francesa.

El caso -cuya brutal lógica crea horror y perplejidad en grado extremo- de Jean Claude Romand ha disparado de forma casi simultánea los mecanismos de tres películas, las francesas El adversario, que es una obra irrelevante, dirigida por Nicole García; El empleo del tiempo, que es una excelente introspección en la negrura del personaje, dirigida por Laurent Cantet, y ahora ésta, La vida de nadie, que traslada a Madrid, y barre casi todas sus angulaciones sanguinarias, el aterrador suceso en el que aquel buen burgués asesinó a sus padres, a sus hijos y a su mujer cuando le fue imposible seguir ocultándoles que no se había dedicado nunca a nada y, día tras día, deambulaba de un lado a otro para llenar su tiempo y simular ocupaciones, pero viviendo de engaños y sablazos.

El espanto del caso Romand se deriva de su condición de pozo, de abismo, de infierno cotidiano con una rara, casi insoportable, capacidad turbadora, pues radiografía algunas esquinas escondidas del comportamiento arraigadas en modelos de vida en los que la simulación, la mentira desplegada como estrategia de sostenimiento de la identidad, son pan cotidiano y afectan a todo el mundo. Eduard Cortés rebaja la mortífera electricidad de esa introspección y casi convierte la áspera y seca tragedia en una suave y jugosa comedia con final duro e infeliz. Es lícito lo que hace, pues, aunque escamotea algunas negruras inesquivables, las compensa con el añadido de la cercanía, pues el personaje que borda José Coronado es un tipo común, identificable, amistoso, cuyas marañas de trolas y engaños nos resultan familiares, ya que conocemos o hemos vivido algún caso similar.

Dice Cortés: 'No me interesa el aspecto patológico del personaje, ni las causas psicológicas de su tragedia. Pero me fascinaron sus emociones y sus miedos, esos instantes en que lograba huir de sus mentiras, liberarse de ellas y dejar de ser por un instante el ser monstruoso que era. Estoy convencido de que en los parques, aparcamientos y bibliotecas hay gente como él, que fingen vidas falsas'. Es sagaz e inteligente esta reducción a levedad de la gravedad del asunto. El vidrioso suceso, aunque pierda hondura, se hace así más manejable y entra a formar parte del aparato orientativo común. Y lo que la película pierde en fuerza de convulsión lo gana en ejemplaridad, pues nos es posible meternos en la piel del personaje, ya que alguna vez hemos estado fugazmente dentro de ella.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 28 de octubre de 2002