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COLUMNA

Autopista

El automovilista paga sin rechistar el peaje del diez veces amortizado túnel del Guadarrama, camino de Segovia, y se encuentra de pronto en pleno campo de batalla. Entre cráteres, zanjas, terraplenes y barrancos, árboles desgajados y enormes camiones, bulle una tropa de zapadores con monos fosforescentes y cascos de plástico; la carretera se corta, se amontonan las señales de tráfico, a veces contradictorias, como si se tratase de despistar al enemigo; la carretera, hoy ya la vieja carretera, transcurre por inesperados vericuetos, desvíos provisionales, trampas para conductores incautos o despistados.

La construcción de una autopista de peaje implica la destrucción masiva y sin contemplaciones del paisaje; la realización de una vía de comunicación, incomunica a los vecinos de la zona, divide campos, muerde urbanizaciones, tala bosques, perjudica a la flora y a la fauna, ofende a la vista y encoge el ánimo.

Esta tierra y sus pobladores ya están pagando el peaje de la futura autopista. Cercados por las obras, entre ruidosas máquinas y nubes de polvo, montañas de cemento y taludes recientes, las vacas y los caballos se apelotonan asustados en el centro de los prados recortados y seccionados.

Los periódicos segovianos recogen las últimas protestas de ecologistas y políticos locales preocupados por la amenaza que se cierne sobre las águilas reales de la sierra de Guadarrama. La destrucción llega casi a los pies de La mujer muerta, montaña emblemática, túmulo geológico que se eleva junto a la carretera. Bandadas de cuervos funerales asisten impávidos a esta ceremonia del caos y contemplan el destrozo posados sobre los cables eléctricos, las cercas y las señales de tráfico.

Cuando la nueva autopista se abra, aún no se habrán cerrado las heridas de la tierra, el paisaje cicatriza mal. La vieja carretera circulaba entre prados y fresnedas, encinares, dehesas y fincas ganaderas. La vieja carretera necesitaba mejoras, era estrecha y con varias curvas peligrosas.

La vieja carretera sufría retenciones y tráfico lento sólo en los fines de semana, cuando los madrileños emprenden su ruta festiva de acueducto y cochinillo. Hubiera bastado mejorar algunos tramos, suprimir algunas curvas, trazar algún carril de adelantamiento.

Las obras de la nueva autopista han forzado el cierrre de un acogedor mesón de carretera, aislado entre las zanjas y las vallas.

Los camiones y las excavadoras invaden los jardines de los chalés. Las pistas de tenis de una urbanización se asoman literalmente a un terraplén de vértigo y los desvíos pasan a pocos metros de las ventanas de las viviendas. Para acercar Segovia a Madrid, a cualquier precio, el Ministerio de Fomento aleja de su hábitat a las águilas reales, pero también a los habitantes humanos que escapan del pandemónium y del cataclismo.

En los márgenes de la carretera, cuadrillas de obreros ejercen de semáforos para poner orden en el caos viario. Para ahorrar algo entre tanto despilfarro, la empresa constructora los reemplazaba de vez en cuando por burdos maniquíes, con chubasquero, primitivos robots dotados de un único movimiento.

Las inclemencias del tiempo y de las obras han causado graves deterioros en ellos y alguno ha quedado reducido a un mero brazo articulado y tocado con un innecesario casco, los semáforos humanos han demostrado tener mayor resistencia y ser más sufridos.

No hay peaje que pague por tanto desafuero; la tierra herida tardará en cicatrizar convertida en tierra de nadie, arcén de una autopista que explotará una empresa privada. Los fresnos, los álamos, las encinas, árboles y arbustos son devorados por la insaciable voracidad del asfalto, por la codicia humana disfrazada de servicio a la comunidad.

Se quedaron sin voz de tanto predicar en el desierto los ecologistas y los vecinos integrados en la plataforma Salvemos la Sierra, mientras que los políticos y sus cómplices trataban de convencer a los segovianos de que era mucho mejor para ellos y sus negocios una autopista de peaje que una carretera gratuita, o una autovía pública. Madrid no vale estas prisas, estas mañas, estos desmanes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 25 de septiembre de 2002