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Crónica:FÚTBOL | Segunda jornada de Liga

Pablo Alfaro impone su código

Aguilera acaba con la nariz rota, el Sevilla saca petróleo de su violencia consentida y el Atlético se sobrepone gracias a Movilla

Pablo Alfaro acabó el partido, y sin una mísera reprimenda arbitral. Aguilera, su principal víctima, lo abandonó rumbo al hospital sin que se hubiera alcanzado el descanso. Fernando Torres también lo dejó antes de tiempo, expulsado, porque ayer no se castigó la violencia, pero sí la supuesta teatralidad. El colegiado Muñiz sí duró hasta el final, aunque gracias a la custodia policial: entre la ira del graderío, pero alcanzó con puntualidad los vestuarios. El Sevilla sacó petróleo de su agresividad, también de su diáfano contragolpe, y se llevó un punto. El Atlético se llevó el otro y, además, un buen disgusto. El día también le dejó tajada a su entrenador, Luis Aragonés. Un mensaje diáfano: Movilla, que rescató otra vez a su equipo cuando peor pintaban, tiene que jugar sí o sí. Preferiblemente en su posición natural, de medio centro, pero, como demostró ayer, hasta de extremo si es preciso.

ATLÉTICO 1| SEVILLA 1

Atlético: Mono Burgos; Otero, García Calvo, Hibic, Sergi; Aguilera (Contra, m. 36), Albertini, Emerson, Luis García (Movilla, m.57); Fernando Torres y Javi Moreno (Correa, m.55). Sevilla: Notario; Njegus, Óscar, Alfaro, David; Gallardo (Salas, m. 85), Casquero, Francisco (Antoñito, m. 71), Fredi; Moisés y Reyes. Goles: 0-1. M.45. Sergi se come una internada de Gallardo y le derriba. Moisés marca el penalti. 1-1. M.58. Movilla saca un córner, Hibic cabecea desde el segundo palo y Torres, tras un gran salto, pica a un rincón. Árbitro: Muñiz. Expulsó a Torres (m.88), por dos amarillas, amabas por entender que se había dejado caer dentro del área. Amonestó a Contra, Sergi y Francisco. 45.000 espectadores en el Vicente Calderón.

Hasta que el calvo saltó al campo, al Sevilla le volvió a salir su filosofía. Reparte cera por sistema. Da lo mismo que la jugada rival esconda o no peligro, que el balón ande o no por el medio. No pregunta, el Sevilla pega. No es algo nuevo ni ocasional. Así se ha comportado durante los últimos años, siempre bajo el paraguas del consentimiento arbitral. Luego, se escuda en que el fútbol es cosa de hombres y se va con cara de pero qué me estás contando.

Así sucedió ayer otra vez. El Sevilla dedicó el primer tiempo, un codo por aquí, una patada por allá, a convertir el Calderón en un ring de boxeo. Y de aquella particular manera, ante la mirada cómplice e indiferente del colegiado Muñiz, se fue apoderando de la situación. No necesitó sacar al rival del partido porque, en realidad, tampoco el Atlético se había metido por entonces. Pero a uno de sus jugadores, Aguilera, lo mandó directamente al hospital con la nariz hecha polvo. La agresión llevó el sello inconfundible de Pablo Alfaro, su capitán, el futbolista más violento de la última década.

Alfaro defiende su territorio, el área y sus inmediaciones, con la sutileza de un portero de discoteca: te he dicho que no pasas y no pasas. Y si alguien no hace caso, cobra. Le pasó a Torres, a Javi Moreno y, sobre todo, a Aguilera, cuya nariz ya no olvidará jamás el codo de Alfaro. Y el árbitro, nada, que a estas riñas es mejor ni acercarse. Muñiz prefirió gastar toda su energía en amonestar las caídas que entendió inventadas -una de Contra y dos de Torres-, aunque luego el vídeo le dejara en evidencia. Y dejó sin castigo las entradas.

La agresión de Alfaro, la sangre de Aguilera, generó el ambiente que buscaba el Sevilla. Andaba distraído el personal -la grada enfurecida, el Atlético impactado-, cuando Gallardo, que siempre está al otro lado de la gresca pero atento al juego, irrumpió repentinamente en el área. Sergi se comió su incursión y reaccionó tarde: penalti. Justo después, el descanso.

El Atlético ya se había llevado dos sustos a la contra que apagó Mono Burgos con su mágica frialdad en los mano a mano. También habían tenido los rojiblancos sus ocasiones, pero, en realidad, no habían sumado demasiado.

Fue un Atlético demasiado imperfecto el de la primera mitad. Vulnerable por atrás, por donde García Calvo se tenía que multiplicar para cerrar los agujeros que le abrían sus compañeros. Lento y espeso en el círculo central, un territorio que echaba de menos a Movilla. Ruinoso por la banda derecha, con Aguilera desesperantemente atolondrado, y gaseoso por la izquierda: Luis García deja un comienzo explosivo de las jugadas, con recepciones imprevisibles que desconciertan al rival y le abren la autopista para desplegar su carrera; pero no termina, las jugadas se le mueren antes.

Aunque agredido, poco Atlético el de la primera parte: las paradas de Burgos, la multipresencia de García Calvo, alguna conducción de Emerson -es el que sobra en el medio: va a su aire y retiene mucho la pelota- y los movimientos de Torres, que sigue creciendo. No, Luis Aragonés no ha descubierto aún su mejor alineación.

Los cambios mejoraron el aspecto del Atlético. Contra avanzó en su debú que puede armar mucho ruido por la derecha y Correa confirmó que está en su mes fuerte (como siempre, el del arranque de temporada). Pero quien revolucionó al Atlético, quien lo devolvió al partido, fue Movilla. Fue saltar al campo y venirse arriba el Atlético, armarse de determinación y ganas. Fuera de su espacio natural -confiscada la zona por ahora por Albertini y Emerson-, Movilla aupó a su equipo como insólito extremo izquierdo. Desde allí, le dio otra velocidad al Atlético, otra profundidad, otra precisión. Encaró, buscó la línea de fondo; tiró regates y paredes, roscas y diagonales. Fue el mejor, como si llevara toda la vida jugando en el costado.

De la primera incursión de Movilla, el Atlético arañó el empate (magnífico cabezazo final el de Torres). Y luego, ya se vació en busca del segundo. El Sevilla aguantó como pudo el arreón y buscó sus cartas a la contra, faceta en la que, por velocidad y sentido, sí es admirable.

Al Atlético no le dio con su nuevo aspecto para levantar el partido. Correa dejó una vaselina en el larguero; Notario, un paradón a bocajarro de Albertini; Contra, un remate que sacó un defensa bajo de la raya, y unas cuantas jugadas sospechosas de penalti. Ante la duda, Muñiz sancionó siempre al atacante. A Pablo Alfaro, en cambio, no le soltó ni un reproche. Mientras en el hospital reparaban la nariz de Aguilera, el central del Sevilla abandonaba satisfecho el Calderón con su media sonrisa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 16 de septiembre de 2002