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Columna
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Pornoescombros

Sobre los escombros del World Trade Center de Nueva York se ha montado un espectacular funeral que mezcla respeto, luto y reflexión, pero también mucho narcisismo televisivo. Ser testigo se convierte en una profesión, y cualquiera que estuviera cerca de allí es candidato a ser entrevistado, da lo mismo un psicólogo que un videoartista, un rapero que un palanganero.

El legado

Un reportaje como el que emitió el miércoles Tele 5, por ejemplo, filmado por los hermanos Jules y Gedeon Naudet, es un documento útil, concebido con una estrategia emocionalmente tendenciosa pero con tantos estímulos documentales que sería de necios criticarlo. Contiene momentos de emoción y el valor de cientos de imágenes inéditas que todavía no han sido banalizadas por la repetición y el tópico. De algún modo, la cámara salvó a los hermanos Naudet. Uno de ellos, todavía bajo el impacto de la catástrofe, comentó que, aquella noche, lo que más le alivió fue cuando se cortó la luz y los televisores dejaron de repetir las imágenes de las torres derrumbándose. Unas imágenes que, a partir de ahora, ya no serán el único legado audiovisual de la tragedia. La oscuridad como liberación, una interesante paradoja en estos tiempos.

La carroña

El despliegue de los informativos, en cambio, tiene algo de obsceno ejercicio de rapiña, de remover cenizas recalentando el pasado para venderlo como presente fresco, transformando la zona cero en microondas informativo, atreviéndose con cualquier reconstrucción e hipótesis, comentario o voz en off rebozada de música peliculera. Tras ver el reportaje de los hermanos Naudet y la peregrinación mediática hacia el lugar de los hechos, la única conclusión que uno puede sacar es que no todos los testimonios son iguales.

Para todos

Entre los numerosos adictos a la publicidad, se ha abierto un debate sobre el nuevo anuncio de Coca-Cola, premiado en el último Festival de Cannes. Ya saben, ése en el que van saliendo envases, chapas y latas y una voz suave y de acento argentino enumera quiénes son los candidatos a disfrutar del refresco. Algunos lo acusan de cursi y de practicar ese neosentimentalismo que también le atribuyen a películas como La hija de la novia o El mismo amor, la misma lluvia. Digan lo que digan los publífobos, sin embargo, y a riesgo de pasar por moñas, debo confesar que a mí el anuncio (al igual que las películas) me encanta. Cumple con unos requisitos que suelen olvidarse en publicidad: mostrar el producto y la marca sin renunciar a un planteamiento creativo y que, al final, no tengas que preguntarte qué está anunciando. Y, además, sin grandes alardes ni efectos especiales. Porque no todos los anuncios son iguales. Algunos, como éste, tienen algo de himno al consumo y, a su manera, reconfortan.

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