Columna
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Amnesia del 11 de septiembre

No lo he comprobado, pero lo sospecho. Que cada uno de los 365 días del año es el aniversario de un acto de terror. De una agresión masiva de unos seres humanos contra otros. Algunas fechas las tengo claras. Sé que el 28 de diciembre conmemoramos la matanza de los inocentes por Herodes. Que miles de protestantes fueron asesinados un 24 de agosto, en la noche de San Bartolomé. Que Gernika fue bombardeada el 26 de abril. Que dos bombas atómicas arrasaron el presente y el futuro de Hiroshima y Nagasaki el 6 y el 9 de agosto. Y que también un 11 de septiembre los militares golpistas derrocaron y asesinaron a Salvador Allende. Cada día del año, un campo de minas y de cruces.

Hoy quiero participar en las conmemoraciones del pasado 11 de septiembre con una escena recordada. Un hombre y una mujer, que acaban de enamorarse, hablan. Ella afirma que lo ha visto y lo sabe todo acerca del desastre que asoló, tiempo atrás, la ciudad en que se encuentran. Él repite que ella no sabe nada, que no ha visto nada. Ese conocimiento que a ella, que es extranjera, le parece suficiente lo ha sacado del museo de la ciudad. Esa ignorancia que él, que es nativo, atribuye a su amada se sitúa en el abismo entre el ser y el no ser; o mejor, entre la literalidad de ser una víctima de aquel desastre y su metáfora. Pero ella insiste: lo he visto, lo sé. 'He visto tapones de refresco en ramos, ¿quién lo hubiera imaginado?, pieles humanas flotando; supervivientes todavía en la flor de su sufrimiento. Piedras quemadas, piedras reventadas. He sentido calor; diez mil grados; la temperatura del sol. He visto hierro roto, hierro vulnerable como la carne'.

Hierro como carne rota; piedras ardiendo; supervivientes en la cima del sufrimiento. Parecen imágenes de las Torres Gemelas. Pero es una escena tomada de Hiroshima, mon amour, la película que Resnais hizo con el deslumbrante guión de Marguerite Duras. En ese museo de Hiroshima, 'a falta de otra cosa', se exhiben fotografías de la tragedia, explicaciones, a falta de otra cosa, reconstrucciones tan perfectas que los turistas que lo visitan lloran. '¿Qué puede hacer un turista sino llorar?', se pregunta la protagonista de la película.

¿Qué podemos hacer ante el dolor ajeno? Con la actualidad de ese dolor. Con la memoria de ese dolor. ¿Cómo puede servir? En qué sentido. Y recuerdo ahora eso que he oído decir muchas veces a familiares de víctimas de ETA: 'Ojalá este sufrimiento sirviera para algo; ojalá fuera el último'. Ojalá la presencia del dolor y su memoria nos lo hiciera insufrible. Irrepetible.

La protagonista de Hiroshima, mon amour está en esa ciudad rodando una película. Su amante quiere saber de qué trata. Ella responde: 'Qué se va a rodar en Hiroshima si no es una película sobre la paz'. Pero es una respuesta amarga, irónica. Sobre el dolor humano sólo se ruedan películas de guerra, ya se sabe, cada día del año minas y cruces. Sobre la desolación de la zona cero, va a construirse más desolación en otra parte. Preventiva o colateralmente, pieles ardiendo, piedras confundidas con los cuerpos, vértices de horror.

Y ese es el engaño de las conmemoraciones del 11 de septiembre, que parecen pasado y son futuro. Que parecen recuerdo y son amnesia. Amnesia del sufrimiento humano. Amnesia de lo que significa perder a un ser querido. O perderse en la justificación de la violencia. O extraviarse en el miedo. O en el convencimiento de que la libertad se defiende metiendo miedo a otro. Amnesia de la temperatura de las bombas; de su capacidad de envenenar. Etcéteras y etcéteras de amnesia que han dejado las cosas como estaban: en el mismo argumento de película bélica.

'Sé algo más -dice la mujer de Hiroshima-; que esto volverá a repetirse'. Y añade: 'Luchar contra el olvido y sin embargo olvidar'. En lo primero acierta, pero en esto segundo se equivoca. El 11 de septiembre se ha olvidado sin lucha, descorazonadamente y a conciencia.

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