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Crónica:59ª MOSTRA DE VENECIA

Una mirada irónica al intenso crepúsculo humano de Don Quijote

Clint Eastwood no presentó su estupendo fracaso 'Deuda de sangre'

Se esperaba pero no llegó Clint Eastwood a presentar Deuda de sangre, una buena película que al parecer no da ni un dólar en su tierra. Enfrascado en Mystic river, su próxima obra, el gran cineasta estadounidense ha dejado a aquélla a la deriva. Es cine policiaco con marea de fondo y aire pesimista y crepuscular. Y otro intenso, y complejo, crepúsculo humano es el que arranca Manuel Gutiérrez Aragón del lento deslizamiento de Don Quijote sobre las rampas de la agonía en la segunda parte del libro de Cervantes. Es un filme sutil, no fácil de ver, y que, como el de Eastwood, no tiene pinta de hacer grandes colas en las aceras.

El maravilloso monólogo de Galiardo ante Sancho dormido da el tono del filme

Eastwood explora la fragilidad de un hombre interiormente roto, reducido a escombros

Hay en la escritura de El caballero Don Quijote un alarde de astucia, al introducir Gutiérrez Aragón dentro de la zona menos conocida -e incluso desconocida hasta volúmenes pintorescos- de la novela, que es su segunda parte, una visión refleja, casi esperpéntica, de la primera parte, ésta sí conocida en todas partes. De ahí que su nueva mirada al inabarcable universo del Quijote -en rigor, más sutil y profunda, aunque sea menos espectacular, que aquella famosa primera mirada que interpretó el actor Fernando Rey- tenga algo de desconcertante. Hay tantas lecturas de la inmensa novela como lectores tiene; y esta nueva lectura es muy acusadamente personal, en doble vertiente, por una lado del director y guionista Gutiérrez Aragón; y por otro, del actor Juan Luis Galiardo, que interioriza su Alonso Quijano, le corta vuelos y aparatosidades gestuales y le convierte en un espejo introspectivo, suyo propio y de quienes vean en su trabajo lo que tiene de golpe de gran riesgo y talento.

Hay acuerdo y diálogo profundo entre la cámara de Gutiérrez Aragón y las minucias de los comportamientos ante ella de Galiardo; y de este acuerdo procede lo sustancial de una película oscura que sin embargo tiene apariencia clara. Y hay oscuridad en El caballero Don Quijote porque hay en ella negrura. Su humor es humor negro destilado, químicamente puro. El vigoroso monólogo donde Galiardo explica a Sancho los comportamientos de Dulcinea; la fortísima escena donde Galiardo vuelve a monologar mientras huele a la labriega caída de su burro; el maravilloso monólogo de Galiardo ante Sancho dormido y más escenas de similar estructura dan el tono, el acorde, el tempo del filme.

Monólogos

Son monólogos y más monólogos que están a veces al borde del ridículo -como el de Juan Diego Botto, tras su escena en el teatro de los Duques- pero que no chirrían nunca ni invitan al navajazo de una risa inoportuna, lo que obliga a medir el trabajo que ha realizado Manuel Gutiérrez Aragón y, sobre todo, de Galiardo por la extremada dificultad que entraña. Esto multiplica el mérito de la continua réplica de Carlos Iglesias, quien da cuerpo y carácter insólitos a un Sancho Panza que rompe todos los clichés y deja ver por dónde va la original mirada de Gutiérrez Aragón, que rompe con los tópicos y las convenciones visuales fijadas alrededor del Quijote y habrá que volver por fuerza a esta notable película.

Y también habrá que volver a Deuda de sangre, donde el actor y director Clint Eastwood pone del revés la novela de Michael Connelly para amoldarla a lo que él íntimamente busca en su cine. Es Eastwood fiel a las convenciones del género negro y construye un thriller con una superficie nítida que oculta un subsuelo rugoso, en el que explora la fragilidad de un hombre interiormente roto, viejo, reducido a escombros, un policía jubilado, solitario y enfermo de muerte que no puede, porque no sabe, vivir más que al borde de un abismo.

Una vez más, Eastwood explora los límites de la desesperanza y vuelve a hacerlo con imágenes de género, bajo las que estallan descargas inesperadas de electricidad trágica, sutil e incatalogable, fuera de cualquier código genérico.

Y Deuda de sangre salta desde la apariencia de simple cine de consumo a la raíz y la trastienda que se mueven en el enorme talento de este incorregible outsider, un vigoroso y a veces tenebroso gigante de su oficio que bajo especie de cine precocinado hurga e indaga con toda crudeza en las cuestiones mayores de la vida de la gente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de septiembre de 2002