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Editorial:

Ronaldo

El fútbol español ha recibido con entusiasmo el fichaje de Ronaldo por el Real Madrid. Un año después de la llegada de Zidane, el retorno del brasileño, sin duda el jugador más famoso del planeta, tras cinco años en Italia supone la quiebra de una corriente histórica, que situaba en ese país el destino final de los más grandes. No cabe duda del efecto publicitario de estos fichajes espectaculares para la Liga, convertida en el centro gravitatorio del fútbol europeo.

El fichaje coloca al Real Madrid como primera referencia en la escala de clubes. En tres años ha incorporado a Figo, Zidane y Ronaldo, que tienen en común el Balón de Oro, el más prestigioso de los galardones del fútbol. Junto a ellos, jugadores como Raúl y Roberto Carlos transforman al equipo en un catálogo de estrellas que remite a la edad de oro del club, la que protagonizaron Di Stéfano, Puskas y Gento, entre otras luminarias. Pese a su impresionante elenco, el Madrid no se asegura el éxito en una liga de excelente nivel competitivo. El hecho de que el Deportivo y el Valencia hayan ganado el campeonato en 2000 y 2002 significa una alteración del duopolio que han mantenido el Barcelona y el Real Madrid durante casi 15 años.

Con todo el ruido que provoca la contratación de un jugador tan famoso, la realidad no cambia en lo que respecta al debilitado mercado del fútbol. Es sintomático que el brasileño haya tenido que renunciar a una gruesa cantidad de dinero para cumplir con su deseo de jugar en el Real Madrid. La cifra de su traspaso es aproximadamente la mitad de lo que se pagó por Zidane un año antes. Los clubes están obligados a moverse en un nuevo territorio, condicionado por las restricciones económicas. La burbuja de oro, que dio lugar a una escalada infernal en los traspasos y en los salarios entre 1996 y 2001, ha estallado y todos los signos indican un largo periodo de contención.

Queda por ver el rendimiento del astro brasileño, cuya frágil rodilla derecha genera una lógica preocupación. Apenas ha jugado en los dos últimos años, pero el recuerdo de su actuación en la Copa del Mundo, donde tuvo destellos del jugador que impresionó en el Barcelona, invita al optimismo. La cara amarga de la noticia es la situación de Morientes, un delantero de primera línea avalado por un centenar de goles en la Liga al que su club ha colocado el cartel de transferible.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de septiembre de 2002