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COLUMNA

Manrique en La Vaguada

César Manrique y Lanzarote forman para todos tan indisoluble unidad que es comprensible que no se le imagine fuera de aquel paisaje de su isla, que a veces parece tan de la naturaleza como suyo. Pero si se recuerda su biografía, es fácil llegar a la conclusión de que, si bien cualquier prodigio podía llegar a ser posible en una intuición tan agitada, tan arriesgada y tan viva, saliera o no de Lanzarote alguna vez, resulta difícil entender que sin haber salido de allí para confrontar su mundo con otros, para vivirlo sin recatos ni cortapisas y para formar su mirada cosmopolita en un universo más amplio, el resultado que dio como hombre y artista hubiera sido sin duda otro. Y cuando se le recuerda como un insular abierto al mundo, se tiende a mencionar más sus escarceos neoyorquinos, tan fértiles en lo humano y en lo artístico para un ser tan permeable como él, y en unos tiempos en los que a los artistas españoles les quedaba tan lejos Manhattan, que toda una vida y un aprendizaje en el Madrid de su época por el que Manrique correteó sin la libertad que a todos nos faltaba, pero con la propia libertad del muchacho que venía del estrecho ámbito de un Arrecife de Lanzarote, que ni a provinciano llegaba, de tan estrecho en el espacio y en el modo de vivir de su gente, pobre y menesterosa de cultura.

Corretear es un término que le va especialmente a Manrique, inquieta ardilla del arte que no dejó de moverse nunca con la prisa del entusiasmo y con el enloquecido desorden de la vida, porque se movió siempre como un francotirador que buscara la satisfacción de la belleza y la ruptura de los estereotipos por encima de todas las cosas y ajeno a todos los prejuicios. Fue un corredor de fondo que construyó su biografía con una reprochada indiferencia hacia la política, sin atender a las conveniencias de unas posturas u otras ni a las consignas de nadie. Quizá lo cegara en este sentido su pasión de superviviente, un poco de ignorancia y otro tanto de fragilidad, aunque es difícil imaginar a un Manrique frágil. Pero su hedonismo le valió más de una disidencia con sus compañeros de batalla artística; unos, comprometidos realmente con la realidad de la España de aquel tiempo y, por supuesto, con el arte, y otros, instalados en la posición conveniente de acuerdo con las exigencias de las jerarquías que se establecían entonces en la plástica. Quizá su actitud más contestataria radicara en lo que hoy se puede ver en su honradez como una posición subversiva: ese vitalismo suyo, lleno de desinhibición, que se enfrentaba a una mojigatería de sacristía de izquierdas y que se interpretaba, no sin razón a veces, como frivolidad. Y, hay que ver lo que son las cosas, algunos de los que entonces lo marginaron por eso son capaces de ver hoy en lo mismo las claves de la personalidad de un artista moderno.

Francisco Nieva, en sus excelentes memorias, Las cosas como fueron (Espasa), es el que mejor perfila a ese Manrique, en ocasiones disparatado y siempre inventor, que hacía del vivir un arte, quizá sin percibir lo que su propia pintura habría de pagar como tributo por esa misma razón. Su posterior imagen de artista de éxito ha apagado las tribulaciones de quien sufrió el desdén y la incomprensión o la tolerancia arrogante de algunos colegas. Pero su personalidad fue hija de la espontaneidad, de ese talante instintivo y racial, distante de cualquier pose de intelectual solemne, pero no por eso ajena a la curiosidad y a la admiración por las ideas y por los conceptos artísticos que fueron creciendo en él con la edad.

Ahora, 10 años después de muerto, un intento de atropello a su obra de La Vaguada, en la que me consta cuánta ilusión puso porque fuera un íntimo homenaje a ese Madrid que él veía crecer con desolación, anticipa mi recordatorio de esta figura que, al final, ha venido a ser un paradigma de la comunión del artista con su pueblo, y cuyas ideas, proclamadas con pasión y poca sintaxis, han servido para defender el espacio del hombre en una pelea en la que no cesó. Pintó cada vez mejor, ganó dinero y se lo entregó a su isla como herencia en forma de fundación, una organización que protesta ahora porque en el Madrid que tanto vivió y tanto quiso no se destruya 'el espíritu de Manrique'. ¿Y qué es el espíritu de Manrique?, me preguntó yo. Desde luego, un estilo, pero además, o acaso sobre todo, una forma de soñar espacios para la convivencia, para la libertad y para la alegría de los otros. Y todo eso puede ser compatible con el carrito de la compra hasta que la usura del mercado requiere más carritos y más compras y el sueño se va al garete.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de septiembre de 2002