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COLUMNA

Carandell

Puede que llegue un día en que la vida no valga la pena. No valga pagar la pena de vivir por el dolor que causan las ausencias. La muerte de Luis Carandell es, para quienes fuimos sus amigos, un símbolo de esos enormes bocados en vacío que sufre la existencia y a medida que discurre la edad. Podríamos consolarnos con el privilegio de haberlo tratado, pero el consuelo es una solución barata donde refugiarse cuando el percance nos ha arruinado y los días se encuentran tan empobrecidos como ocurre desde anteayer. Todos crecemos algún palmo al morir y la emoción enaltece a quien se ausenta. Aquí, sin embargo, es difícil aumentar la talla. Era tan amable y admirable Carandell que resultaba imposible discutir con él, porque nuestra preferencia consistía en darle la palabra y ponernos de su lado. Tal es la naturaleza de los grandes cautivadores a los que cedemos la voz y el poder para que nos emboben y para que nos conduzcan. Al lado de Luis no había además penas. Podía mostrar, en ocasiones, alguna cólera santa, pero lo que repartía sin cesar era un optimismo sobrehumano. De hecho, si todos fuéramos como Luis, nadie hubiera muerto. Él era tan simpático y divertido que cargaba con el mal humor del mundo. Si ha desaparecido, no lo podemos explicar. De hecho, no hay amigo que pueda aceptarlo. Sabía inglés, francés, ruso, japonés, latín, griego, prehistoria, religión, literatura, arte, papiroflexia, anécdotas innumerables. Sabía tanto que nunca procuraba hacerlo notar y desgranaba su conocimiento con la misma naturalidad que hacía las figuras de papel o se preparaba, tiempo atrás, un cigarrillo de hebra. ¿El pulmón? No le daba ninguna importancia a lo suyo. Ni a su erudición, ni a su inteligencia, ni a su caudal de amistades. Y menos que nada a su salud. Era amigo de todo el mundo y tenía fuerzas para cualquier cosa. Sus libros nacieron con igual fluidez que sus comentarios de sobremesa, tan atinados que volvían la realidad del revés. Y esa facultad no disminuyó nunca. Porque la puntería con la que Carandell vio el mundo venía directamente de disparar con un corazón de excepción y todos nos hemos disputado, incluso ahora, el honor y la felicidad de ser alcanzados.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 31 de agosto de 2002