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Entrevista:Francisco Brines | EL POETA COMO LECTOR

'La poesía no tiene público, tiene lectores'

El poeta, que prepara su discurso de ingreso en la Real Academia Española, repasa el papel que en su formación de lector tuvieron escritores como Juan Ramón Jiménez o Azorín. Además, el autor de Ensayo de una despedida se detiene en la obra de Luis Cernuda en el año de su centenario y analiza la influencia que tuvo en su propia generación, la de los años cincuenta. Frente a los que opinan que la poesía pasa por un momento de crisis, Brines recuerda la vigencia de los clásicos y apunta algunos nombres actuales.

He venido aquí a morir', dice Francisco Brines mientras recorre Elca, su enorme y solitaria casa, en el campo de Oliva, al sur de Valencia, adonde se retiró hace casi dos años. Lo dice sin patetismo. Al momento sonríe, irónico. Y añade: 'Sólo pediría el tiempo suficiente para leer todo lo que tengo pendiente. No me moriría nunca, claro. Pero entre los libros y la vida, uno escoge la vida'.

En un despacho guarda los libros más antiguos, entre ellos, muchas ediciones del siglo XVIII. 'Quise leer las obras de Gregorio Mayáns, mi paisano, y no había ediciones modernas. Su epistolario es el más importante de su siglo. Se lee como un diario personal'. En la biblioteca del desván hay sobre todo ensayo y poesía. Brines conserva una curiosidad rara en escritores que, como él, hace tiempo que entraron en la historia de la literatura. 'Como no puedo seguir todo lo nuevo, me oriento por antologías. A muchos no les gustan, pero en una antología descubrí yo a Cernuda'.

'En un buen poema vemos lo que hay de humanidad salvable. Ésa es la moral de la poesía'

PREGUNTA. Su primer deslumbramiento como lector fue Juan Ramón Jiménez.

RESPUESTA. El primero del que me supe de memoria algunos poemas fue Bécquer. Después, Rubén Darío, que no supuso para mí la revelación que podía haber supuesto porque empecé a leer su obra completa de principio a fin. Así es que hasta llegar a Azul me tragué a todos los mediocres poetas españoles del siglo XIX que estaban hablando por boca de Darío en sus primeros poemas.

P. ¿Cómo cayó en sus manos la obra de Juan Ramón?

R. En el bachillerato un profesor me dio a leer la Segunda Antolojía. Me fascinó sobre todo la primera parte, la más impresionista. Me dio una lección moral porque me enseñó a amar el mundo desde esa mirada. Juan Ramón consiguió algo muy difícil: la voz adolescente. Se ha dado muy pocas veces porque exige un mundo y un tono muy propios de la adolescencia y, al tiempo, una fuerte personalidad expresiva. Esa unión es rarísima. Otro autor fundamental para mí fue Azorín.

P. Un prosista.

R. Es un poeta, aunque ya sabemos que no ha escrito un verso. Cuando Vargas Llosa entró en la Academia dijo de él algo que sólo se dice de un poeta: que lo llevaba con él en todos los viajes, y que cada noche leía un fragmento suyo. Añadió que su pensamiento no era original, pero es que la originalidad en el pensamiento del poeta no importa. A veces emocionar desde el tópico es un gran logro. Azorín tiene una importancia capital. El gran tema de la poesía y de la filosofía del siglo XX ha sido el tiempo. Y si hay un escritor que ha hablado con hondura sobre el tiempo ha sido él. Y con palabras de poeta.

P. Otro nombre capital en su formación es Luis Cernuda.

R. Lo descubrí en la antología de poesía española de Alfonso Moreno. Más tarde, en la librería Abril de Madrid, que tenía libros prohibidos, encontré un ejemplar de Como quien espera el alba. Yo no vi la primera edición de La realidad y el deseo, la de 1936, y la que añadía Las nubes nunca llegó aquí. La siguiente edición fue un acontecimiento que vino precedido de un heraldo maravilloso: Historial de un libro, que es un ensayo autocrítico modélico y que todos leímos porque se publicó en Papeles de Son Armadans, la revista de Cela.

P. ¿Cuál es el Cernuda que más le interesa?

R. El de después de la guerra, aunque hay en todo él una visión unitaria, pero en cada libro hay un cambio que lo nutre: la poesía pura en Perfil del aire, la neoclásica en Égloga, elegía, oda, el surrealista en Un río, un amor y Los placeres prohibidos, el becqueriano y amoroso en Donde habite el olvido, el holderliniano y de las odas en Invocaciones. A partir de ahí es como ascender a un monte y encontrarse con una planicie maravillosa sin cambios importantes hasta Desolación de la quimera, que es más amargo, como si le molestara el éxito que empezaba a tener.

P. ¿Por qué ha influido tanto?

R. Por su autenticidad. Nuestra generación necesitaba una estructura moral que fuera más allá de la poesía social. Es la primera poesía cívica en la que la estructura colectiva surge de una posición absolutamente personal. Al ser tan individual te permitía ser tú mismo. Por otro lado, está la variedad de los temas, y la atención a la expresión que busca ser precisa y rica sin ser ornamental. Además, para él la poesía podía justificar a la persona porque lo justificaba en lo que era, con lo bueno y lo malo. Esa mezcla da nuestra personalidad.

P. Y lleva a lo colectivo.

R. Cernuda siempre tuvo una personalidad fortísima. Durante la guerra todos hacen romances menos él, que tiene un tono más elegiaco. ¿Quién en la posguerra se habría atrevido a escribir un poema a Felipe II?

P. Sí, no suena reivindicativo.

R. Los poetas sociales tenían que ser políticamente correctos. Él no. Su esteticismo es sobre todo una defensa del espíritu como conductor de la vida. Cuando habla de El Escorial no es para que vuelva el imperio, sino porque se hizo desde la fe. Él también se hizo desde la fe en sí mismo: en el exilio, en Glasgow, sin amigos, sin idioma... Pero no hay que sacar el incienso. Como persona, fue muy injusto. Lo fue con Salinas, con Aleixandre y con la propia Concha Méndez, en cuya casa de México vivió hasta el final.

P. Usted fue amigo de Vicente Aleixandre, ¿no ha perdido presencia su obra tras su muerte?

R. Relativamente. En general se piensa que la actualidad de un poeta está dada por las críticas, y éstas se refieren a los libros nuevos. Nunca, como es natural hablan de las reediciones de las Rimas de Bécquer, que son un best seller. El indicativo real es la lectura, que se reediten. A veces, claro, hay alejamientos estéticos.

P. A eso me refería.

R. La obra de Aleixandre volverá a tener fuerza porque es muy buena y muy variada: es el gran surrealista, es el poeta cívico... Incluso el último Aleixandre es magistral. Pocos libros como Poemas de la consumación han hablado de la vejez como en él.

P. También trató a Juan Gil-Albert. ¿Cómo se rompió su aislamiento tras el exilio?

R. El silencio en torno a él era gigantesco en España, y en Valencia, atronador. Era el 'señorito rojo'. En tiempos le quitaron el premio nacional de literatura por no afiliarse al partido comunista. Con el boom que supuso Fuentes de la constancia empezaron a pedirle cosas para publicar, y él tenía un cajón lleno. Paradójicamente, dejó de escribir. Además, nunca quiso retocar los libros que tenía inéditos. Durante años fue reticente a publicar Heraclés, por su temática homosexual. Y lo mismo con Drama patrio, sobre Franco. Eran los temas más espinosos y cuando salieron no cambió una coma. Ése era Juan Gil-Albert. En los aforismos de Cantos rodados aparece el hombre que sabe sentir pensando. Por cierto, una persona de la que he aprendido mucho desde la amistad y en su faceta teórica es Carlos Bouñoso.

P. Poeta y profesor.

R. Yo asistí a sus clases en Madrid, y son las mejores a las que he asistido en ningún lugar. Como poeta, además, marca una evolución muy personal del irracionalismo español. Otro escritor por el que tengo gran admiración es José Hierro.

P. Llegamos a su generación: Claudio Rodríguez.

R. Suyo es el mejor libro escrito por un joven en la historia de la poesía española: Don de la ebriedad. Fue un milagro. Con 17 años tenía una voz expresiva enteramente personal y que no se parecía a nadie.

P. ¿Es el coetáneo que siente más cercano?

R. Lo admiro mucho, pero como escritor me siento más cerca de Jaime Gil de Biedma y José Ángel Valente. Gil de Biedma hizo su propia antología: escribió poco y muy bien. De él me interesa sobre todo el tono, la manera de hablar y de situarse en el poema. Lo tocas.

P. ¿De Valente le interesa más la primera o la segunda etapa?

R. La segunda tiene más personalidad y una extraordinaria tensión. Busca el peso de cada palabra, busca un mundo que puede llegar desvelado al lector o no. De ahí su posible dificultad. Me gustó mucho Fragmentos de un libro futuro. Consiguió como nunca el desvelamiento de lo ignoto. Llevando el lenguaje al límite lo llevó también al enigma de la vida.

P. Usted fue lector en Oxford, ¿le influyó la poesía inglesa?

R. La lectura de poesía extranjera importa en cuanto descubrimiento de métodos y visiones nuevas, pero la formación te la dan los poetas de tu misma lengua. En ellos percibes más sutilezas. Yo gusto más de las diferencias lingüísticas entre fray Luis y san Juan que entre los clásicos ingleses. Digamos que soy mejor lector suyo. Por eso, en mí está más presente Cernuda que Cavafis, que me deslumbra.

P. ¿Cuándo lo descubrió?

R. En 1963, en las pruebas de la versión de Valente. Me las dejó, y cuando se las devolví, me preguntó: ¿qué te ha parecido? Le dije: tu mejor libro. Él se rió. Es una buena traducción. El Cavafis de Carles Riba es más mediterráneo pero más pacato. Riba no incluyó en su edición poemas homosexuales, y quitarle eso a Cavafis es quitarle algo esencial. Su educación se formó en los griegos alejandrinos. Desde su pequeña verdad individual, rompe con la poesía occidental, tan marcada por la religión, y hace una poesía pagana que habla con naturalidad, con una naturalidad que no tenía en su vida.

P. ¿Hay algún poeta anglosajón que lea con especial interés?

R. T. S. Eliot, sobre todo los Cuatro cuartetos, aunque La tierra baldía toca algo profundo: la mirada del hombre que ha vivido una época catastrófica, a la intemperie. Como vivimos nosotros, sin la protección que dan la religión y las viejas seguridades. Es el gran símbolo del siglo XX.

P. ¿Qué destacaría de la poesía latinoamericana?

R. Como lector uno tiene un mundo más variado. Me gusta Borges, y César Vallejo, que es un poeta de versos deslumbrantes. A veces, con un solo verso justifica un poema. Es la diferencia entre el genio y el mediocre. El primero eleva el poema con un verso. El segundo, lo hunde.

P. ¿Qué libro suyo prefiere?

R. España, aparta de mí este cáliz.

P. ¿El más reivindicativo?

R. Sí. No importa el tema, sino cómo se trata. La proeza de Vallejo es que siendo vanguardista es el poeta del mestizaje. Añadió al castellano una manera de sentir y de dolerse de una humanidad que no había tenido voz. Así enriqueció el idioma.

P. A usted le interesa mucho el XVIII, ¿por qué fue un siglo sin poetas destacados?

R. Me interesa como siglo moderno, de un pensar laicamente. ¿Por qué la poesía no tuvo altura? Porque primaba el ensayo, el razonamiento. Todo era muy normativo. Entonces importaba la fidelidad a un modelo, y hoy se valora lo que de personal hay en lo antiguo. Sin individualidad no hay poesía. La poesía del XVIII tiene poca entraña, poca verdad.

P. ¿Cómo ve la poesía de hoy?

R. Los poetas que rozan los 40 años llegan ahora a su plenitud: Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes, Vicente Gallego o Carlos Marzal. Un libro como el último de Marzal implica una dificultad de lectura que puede confundir. Son poemas de mucho pensamiento, conceptistas, sin dejar de ser claros. Es un gran libro.

P. ¿Da gran valor a la claridad?

R. Me interesa el poeta con personalidad, y ése escribe siempre desde él y desde la realidad, ya sea ésta cultural, religiosa o perversa. Incluso cuando se inventa, se inventa desde la realidad. ¿Qué es un animal mitológico? La mezcla de partes de varios animales reales.

P. ¿Su tradición, así pues, sería antes la de Jorge Manrique que la del marqués de Santillana?

R. Sí. Y Garcilaso. Y más fray Luis que Herrera. Y san Juan de la Cruz, y Quevedo. Paso el XVIII, aunque Meléndez no está mal. Y paso el XIX, que tiene un poeta frustrado, Espronceda, y uno bueno, Bécquer.

P. ¿Qué une a esos autores?

R. El equilibrio entre pensamiento y sentimiento, que es cuando hay más verdad en un poeta, cuando los dos elementos están juntos pero son perceptibles en sí mismos. Yo me eduqué intelectualmente con los existencialistas, y cuando leo a Quevedo en los sonetos trascendentales toco a un contemporáneo.

P. ¿Claridad es verdad?

R. La verdad que no es clara no es tan verdad. Falla algo.

P. ¿Aunque no tenga una intención moral, la poesía siempre tiene un efecto moral?

R. La poesía te permite asentir al que tú no eres, y ésa es su moral, la moral de la tolerancia. Cualquiera que se crea sólo una porción de humanidad sabe que uno podría haber sido otro cualquiera. Cuando leemos poesía, si está bien hecha, asentimos al hecho estético, algo que está por encima de la moral de los contenidos. Ésa es la ética de la poesía. Aunque no nos identifiquemos con él, toleramos al otro porque nos ha emocionado su verdad. Por eso nos emociona la poesía mística sin necesidad de ser religiosos o un poema de contenido homosexual sin necesidad de serlo. En los buenos poemas vemos lo que hay de humanidad salvable.

P. Finalmente, la eterna pregunta: ¿la poesía está en crisis?

R. La poesía no tiene público, tiene lectores. Siempre los ha tenido, y hoy más que nunca porque hay más educación, más universidades... La poesía nunca ha tenido otra finalidad que hacer que el hombre tenga mejor vida. Gozará en lo que no tiene, y en lo que tiene, gozará más. ¿Para qué le sirvieron los libros a Lezama Lima? Entre otras cosas, para viajar a lugares que nunca conoció.

P. La polémica utilidad de la poesía.

R. Claro que la poesía es útil. Hace la vida mejor, afina la sensibilidad y el espíritu crítico, enseña a mirar. En eso es como la pintura: vas por Italia y ves paisajes que ya habías aprendido a mirar en el Prado. ¿Para qué sirve la educación? ¿Y el dinero? Deberían servir para vivir mejor. El hombre quiere ser más pleno, más feliz, más consciente, más intenso, entender mejor el dolor. Para eso sirve la poesía.

BIBLIOGRAFÍA

Segunda Antolojía. Juan Ramón Jiménez. Espasa.

Obras escogidas. Azorín.

Espasa.

La realidad y el deseo. Luis Cernuda. Alianza. Fondo de Cultura Económica. Siruela (dentro de Obra completa).

Obra completa. Vicente Aleixandre. Visor.

Fuentes de la constancia. Juan Gil-Albert. Cátedra.

Poemas. Constantin Cavafis (traducción de Ramón Irigoyen). Seix Barral. La traducción de José Á. Valente se recoge en Cuaderno de versiones. Galaxia Gutenberg/Círculo de

Lectores.

La tierra baldía y Cuatro cuartetos. T. S. Eliot.

Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores (traducciones de Juan Malpartida y Jordi Doce).

Obra poética completa. César Vallejo. Alianza.

Metales pesados. Carlos Marzal. Tusquets.

De Oliva al Mar

MIENTRAS CONDUCE hacia la playa, Francisco Brines (Oliva, Valencia, 1932) bromea con el hecho de que la avenida que recorremos lleve ahora su nombre. Antes quisieron ponérselo a otra calle y él se negó. No estaba dispuesto a que quitasen el nombre de alguien 'de verdad importante' para poner el suyo. 'Ésta se llamaba avenida de Oliva al Mar, y la gente, que es lista, la sigue llamando así'. En un ámbito tan espinoso como el de la poesía, en el que la vanidad sustituye al euro como moneda de cambio, el nombre de Brines, que ha obtenido el Premio de la Crítica, el Nacional de Literatura y el de las Letras Españolas, es tal vez el único que pone de acuerdo a todo el mundo. Amigo de autores que son entre sí enemigos acérrimos, el autor de Ensayo de una despedida -su poesía completa editada por Tusquets- tiene una rara costumbre: hablar con generosidad de sus contemporáneos.

Alguna vez ha dicho Brines que el protagonista de su primer libro, Las brasas, con el que ganó el Premio Adonais en 1959, podría ser, por su contextura, él mismo ya anciano. Aquel hombre meditativo repasaba el paisaje de Elca, presente en muchos otros poemas. La casa de la infancia es hoy la de su retiro. Desde la puerta se ven el Montgó y el Mediterráneo. Y un mar de naranjos.

Entre los proyectos a los que da vueltas está un libro sobre toros para el que tiene un título provisional: Quites y capotazos. De hecho, en los años ochenta, Brines escribió para este diario un puñado de artículos antológicos sobre toros y fútbol. Sus textos sobre literatura quedaron recogidos en Escritos sobre poesía española (Pre-Textos), que contiene una impagable introducción a la obra de Luis Cernuda, al que Brines envió su primer libro: 'De la gente a la que no conocía sólo se lo habría mandado a él y a Juan Ramón Jiménez, pero éste ya había muerto'. Cernuda contestó y le envió, más tarde, un ejempar de Desolación de la quimera. El poeta sevillano, precisamente, será el objeto -'antes de fin de año'- de su discurso de ingreso en la Real Academia Española, 'aunque es tan difícil decir algo nuevo; él habló tan bien y tan claro de sí mismo...'. Entre tanto ha escrito una nota preliminar para La realidad y el deseo (FCE), un prólogo para Ocnos (Huerga & Fierro) y ha preparado una breve antología, de la que se han editado 100.000 ejemplares, para celebrar el centenario del autor de Las nubes. Brines toma un ejemplar y advierte de que el prólogo le ha quedado apretado: 'Se dicen más cosas de las que caben'. Luego lee el párrafo final de su texto, en el que ha resumido todas las contradicciones que han hecho de Cernuda el poeta que es: clásico y romántico, lírico y crítico, abierto a la tradición española y a otras tradiciones, metafísico y cotidiano, esteta y moralista. 'Y todo eso lo es con coherente unidad'. En la última página quiso colocar Música cautiva, y él mismo lee sus cuatro versos: 'Tus ojos son los ojos de un hombre enamorado; / Tus labios son los labios de un hombre que no cree / En el amor. Entonces, dime el remedio, amigo, / Si están en desacuerdo realidad y deseo'. Brines cierra el libro y añade: 'Éso es Cernuda'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 31 de agosto de 2002

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