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Reportaje:

A solas con sus canas

El 80% de los 132.595 mayores de la capital que viven en sus casas sin compañía son mujeres

A Felisa Cavero siempre le ha gustado ver escaparates. Pero a sus 86 años lleva ya cuatro sin pisar la calle, porque la artrosis y las varices le han restado movilidad.

Ella es uno de los 132.595 jubilados de la capital (dos de cada 10 habitantes) que viven solos. El 80% es mujer y ocho de cada 10 tienen más de 75 años.

Esta vecina de Arganzuela, menuda y vivaracha, tiene miedo de salir porque la última vez que lo hizo, en 1998, un perro la tiró al suelo y se rompió un codo. Así que pasa las horas muertas en su cocina, una estancia oscura donde siempre es necesaria la luz eléctrica.

Sentada en una silla, rellena decenas de libros de pasatiempos, sobre todo sopas de letras, lee prensa del corazón y escucha la radio. Los programas que más le gustan son los de medicina, pero también sigue los informativos y por ellos sabe que desde enero son ya 62 los ancianos solos hallados muertos en sus domicilios. Siete de ellos en agosto (el año pasado fueron 11 en ese mes). La última muerte se produjo el pasado jueves cuando los bomberos encontraron el cadáver de una mujer de 79 años en su casa de Doctor Esquerdo, 180, en Retiro.

'Las instituciones podrían hacer mucho más por estos ancianos'

Esta vecina de Arganzuela, menuda y vivaracha, tiene miedo de salir a la calle

A Felisa esas noticias no le asustan. Cree que a ella no podría sucederle algo así. 'Tengo una vecina que todos los días se asoma a preguntarme qué tal estoy y me trae una barrita de pan y también suele preocuparse por mí el portero', explica esta alavesa, hija de militar que con nueve años llegó a Madrid. 'Y además, están mis chicas bonitas', añade, para referirse a Visitación, la asistenta domiciliaria del Ayuntamiento, que va de lunes a viernes a limpiarle la casa, y a las dos voluntarias de Cáritas y de la ONG Solidarios para el Desarrollo, que acuden los lunes y los jueves a hacerle compañía.

No siempre ha vivido sola. Casada muy joven, hace décadas que se separó de su marido, ya muerto. Tuvo dos hijos, uno de ellos fallecido, pero mantiene pocos contactos familiares. A la casa donde vive llegó hace medio siglo como huésped de un matrimonio. Pero ellos se marcharon hace cuatro años y se quedó sola.

Para moverse por la casa utiliza 'su coche', una silla que emplea a modo de escudo para ir avanzando sin caerse. Para su aseo personal no necesita ayuda y tampoco para cocinar. No es una de esas ancianas que, presas de los achaques y la tristeza, se alimentan a base de sopas. No perdona un vasito de vino en cada comida 'porque es bueno para el hierro', y se prepara sus muslos de pollo escabechados y su chocolate con bizcochuelos. Sin embargo, a esta mujer que trabajó en una marisquería, en un hospedaje y cuidando ancianos, no le sobra el dinero. Cobra una pensión de viudedad de 402 euros y paga 102 de alquiler por su casa, una planta baja de tres habitaciones, sala, baño y cocina, modesta pero apañada. Felisa no quiere ni oír hablar de ingresar en una residencia de ancianos. 'Siempre me han dado pánico esos sitios, estoy mejor en mi casa', asegura. Sí le gustaría ceder una habitación a una mujer joven para que le hiciera compañía, pero el dueño del piso accedió a dejarle una renta baja a condición de que no metiera a nadie en la casa.

Los viernes al mediodía, una vez que se marcha la asistenta, atranca la puerta y no abre a nadie. 'Claro que se me hace largo pero qué le voy a hacer', se dice. Una amiga le propuso solicitar al Ayuntamiento el servicio de teleasistencia (un medallón con un botoncito que, pulsándolo en caso de emergencia, conecta al anciano con una centralita). Pero a ella no le hace gracia dar llaves de su casa a nadie. 'Si me pasa algo yo creo que a gatas o como sea ya llegaría al teléfono y si no, la asistenta domiciliaria o mi vecina se darían cuenta', concluye.

La intervención de los vecinos ha salvado este año la vida de 34 ancianos que estuvieron a punto de morir en soledad.

Pilar Urtiaga de Vivar también vive sola pero se siente muy acompañada por sus dos hijos, sus siete nietos, sus hermanas y sus amigas, con los que hace planes muy a menudo. A sus 81 años, esta mujer educada y coqueta se encuentra bien pero padece una degeneración ocular que le ha mermado la visión y ya no se atreve a salir a la calle sola. El problema ocular también le privó de una de sus mayores pasiones, la lectura. Aunque a veces va al cine. 'Miro bien los carteles y hago el esfuerzo', explica. Le gustó mucho Los puentes de Madison. Ella defiende su independencia y quiere seguir en su casa, un piso grande próximo al Retiro y lleno de recuerdos de todos los años que residió en Guinea Ecuatorial con su marido, fallecido hace 11 años. 'Pero despacito voy mirando residencias porque si en algún momento no puedo valerme no quiero que mis hijos tengan que renunciar a nada por mí; ellos tienen que tener su vida porque yo la mía ya la he vivido, y además he sido feliz', asegura. Explica que podría vender su piso y buscar un buen geriátrico. 'Lo que no me convence es que en las residencias vivan mezcladas personas que están bien con otras imposibilitadas, me parece deprimente salir de tu habitación y encontrarte unos cuadros de pena, aunque todos podemos acabar estando así', asegura. Hace dos meses, una caída tonta le provocó una ciática lumbar y le postró dos meses en la cama. A partir de aquéllo, sus hijos contrataron a una chica ecuatoriana para que le ayude en la casa (hasta ahora solía tener a estudiantes alojadas a cambio de compañía, pero ahora necesita un apoyo más continuado). También le instalaron el servicio de teleasistencia. Ella lo llama 'el cencerro'. 'Se preocupan mucho por mí, querían que me fuera de vacaciones con ellos, pero yo estoy aquí bien, así que se han ido pero me han puesto todas esas ayudas', explica. Las noticias de ancianos hallados muertos le entristecen, pero cree que no siempre hay detrás un abandono. 'A cualquiera le puede pasar que le dé un ataque estando solo en casa y se quede ahí, pero sí es verdad que harían falta más servicios de atención a los mayores', reflexiona. 'Aunque también hay ancianos muy testarudos, que no dejan entrar a nadie en su casa', concluye. Luis Fernández, secretario de la Unión de Jubilados y Pensionistas de UGT Madrid, cree que las instituciones podrían hacer 'mucho más' por mejorar las condiciones de los ancianos que viven solos. 'En el Consejo Regional de Mayores de Madrid llevamos muchos años reclamando que Ayuntamiento y Comunidad creen una comisión para saber en qué situación están esos ancianos y cuáles son sus necesidades', asegura. Francisco Panadero, secretario general técnico de la Consejería de Servicios Sociales, replica que, en los últimos años, 'se ha realizado un importante esfuerzo presupuestario para aumentar el número de residencias, así como los servicios de teleasistencia y de ayuda a domicilio'. 'Estamos estudiando con el Ayuntamiento qué más hacer pero la responsabilidad no es sólo de las instituciones. También las familias y los vecinos deben preocuparse de los mayores', puntualiza. María Tardón, edil de Seguridad y alcaldesa en funciones del Consistorio madrileño, señala que 'muchas personas mayores que necesitan el servicio de teleasistencia se niegan a aceptarlo' y plantea que debería estudiarse la posibilidad de acudir a la vía judicial para conseguir que lo hagan. En la actualidad son 9.395 los ancianos de la capital que llevan este 'botoncito milagroso', según Tardón. Marta Caravantes, portavoz de Solidarios para el Desarrollo, añade que 'muchas pensiones de viudedad son insuficientes y debería de haber un seguimiento social más próximo a los mayores solos'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de agosto de 2002