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COLUMNA

Hombres C

Soy la mujer del futuro.

Para que se hagan una idea de mi aspecto tomaré como referentes a las mujeres más celebradas de su tiempo. Cuerpo, incluido el color de la piel, de Naomi Campbell, pelo y ojos de Laetitia Casta, pero con rasgos orientales. Y grado de conservación superior al de Nacha Guevara. De hecho, tengo 110 años y aún soy fértil. Si quisiera, podría tener hijos, lo que pasa es que no quiero, prefiero prestarle un óvulo a mi marido y que los tenga él. Sé que esto les sorprenderá, incluso alguno hará un gesto de desagrado. Pero hace mucho que las mujeres llegamos a la conclusión de que ya era hora de que también nuestros compañeros probasen la maravilla del embarazo y del parto, que siempre han declarado envidiar. Así que cuando la ciencia nos ofreció la posibilidad de procrear solas, en lugar de considerarlo como un arma de poder, pensamos que si la gran liberación vino a través de la píldora anticonceptiva del siglo XX, más aun nos liberaría compartir con ellos gestación, lactancia y el llamado instinto maternal, que consiste en cuidar de los hijos, mientras los demás cuidan de sí mismos.

No fue fácil. Hubo recelos por las dos partes porque con la grandeza de la maternidad les endosábamos algo de problemas hormonales y de menopausia, todo en un paquete que lo tomaban o lo dejaban. Muy bien, dijeron, a cambio os traspasamos algo de testosterona. Nos miramos aterradas porque detrás de la testosterona están la calvicie y la barba.

Tened en cuenta, añadieron para animarnos, que gozaréis de una musculatura envidiable. A lo que respondimos que se trataba de una oferta que nos llegaba un poco tarde, porque con los últimos injertos cerebrales de fuerza podíamos mover grandes masas sólo con mirarlas y que, por tanto, los músculos habían perdido interés. Entonces, de repente, caímos en la cuenta de que tampoco tenían mucho más que entregarnos a cambio de algo tan impresionante como la capacidad de traer hijos al mundo. Y se trataba de nuestros esposos, novios, hijos, padres, y les queríamos, así que aceptamos su humilde regalo diciendo que era espectacular. De modo que ahora en las Olimpiadas ya no competimos entre nosotras, sino con ellos, por no desairarles.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 20 de agosto de 2002