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Mundial 2002 | La esperada vuelta de un futbolista grandioso

Juega Ronaldo, peligro seguro

Era el 14 de mayo de este año. Italia. Tres de la tarde. San Siro. Buen tiempo. Campo en no muy buenas condiciones, normal en ese estadio. Jugaba el Gran Inter de Cúper, con Vieri, Recoba, Conceiçao, Di Biaggio....y un tal Ronaldo, contra el gran Brescia de... el ausente Baggio. El Inter, con su 4-4-2, que se transformaba en 4-2-4 cuando tenían el balón. Conclusión: muchos atacantes maravillosos, muy poco juego. A lo que iba, corría el minuto 79 y el equipo del mejor jugador con el que jamás yo haya jugado (Roberto Baggio) ganaba por 0-1 en el campo que en su día el Sr. Sacchi y los suyos convirtieron en un templo de belleza y sensibilidad futbolística. A 11 minutos del final, el Brescia casi se salvaba y el Inter casi perdía el scudetto. Y no parecía que no fuera así. Estaba jugando los últimos minutos y pensaba que sería imposible que nos marcaran.No porque no pudieran (Vieri, Recoba, Dalmat y el tal Ronaldo). La razón era que todos ellos jugaban en punta, en línea, de espaldas a la portería y con sólo dos centrocampistas para la elaboración, que no era suficiente para evitar lo que sucedía: todo eran pases largos y, lo que es peor, todos ellos frontales, con lo que nuestra fornida y bien alimentada defensa, vivía, por aquellos tiempos, feliz y contenta.Y eso pensaba yo a 11 minutos del final. Convencido incluso ahora, metido a imitar a Vila-Matas, Juan Cruz o Pàmies, pasados ya algunos días. Pero cometí el error de subestimar. Y éste es el error más grave que un deportista puede cometer. Subestimé la grandeza de un equipo grande como el Inter. Subestimé su historia, que no es poca cosa. Subestimé que faltaban 11 minutos y que 11 minutos en el fútbol son como en el basket: un mundo. Pero sobre todo subestimé al hombre. Al hombre al que poco o mucho, ya conocía. Al hombre que llenaba. Al hombre que desde su marcha del equipo de mi corazón, nadie más con su sola presencia ha vuelto a llenar el maravilloso Camp Nou. Le subestimé. Subestimé a Ronaldo. Y eso es un pecado. Y pagué por ello. No sé quién me castigó porque yo muy religioso no soy, pero alguien me puso en mi sitio. A 11 minutos del final, Ronaldo empató. Y a cuatro minutos del final, Ronaldo, de disparo desde fuera del área, marcó el gol de la victoria que le daba al Inter el casi scudetto y a nosotros nos mandaba casi a casa.

No hace mucho, pedí consejo a un muy amigo mío que tiene la rara habilidad de descifrar a los jugadores a la perfección que lo hiciera sobre Alessandro del Piero, jugador del Juventus. Después de decirme virtudes y defectos del susodicho, terminó con esta sentencia: 'Solo sé que no quiero tenerlo de contrario'. Hay jugadores que tienen este aroma. No sé por qué pero así lo creo. Es como el carisma: unos lo tienen y otros por mucho que lo intenten jamás encuentran la fortuna de conocerlo. Pues con Ronaldo siempre me ha sucedido esto. No es un jugador, a mi parecer, que intervenga millones de veces en un partido. (El sr. Alfredo di Stéfano definió una vez que, para él, el mejor jugador del mundo es aquel que interviene un millón de veces en un partido y cada intervención suya le dura menos de un segundo el balón en los pies). No creo que Ronaldo sea así. Tampoco creo que Ronaldo sea un jugador que sepa en cada momento qué necesita el equipo (Raúl a mi entender sí que lo sabe). Pero Ronaldo desprende ese perfume de peligro constante, de saber que algo va a pasar cuando tenga lo que todos los jodidos brasileños ansían tener una vez sí y otra también, el balón.Y cuando a Ronaldo le llega el balón, es ahí, amigos míos, que el peligro se acerca. A veces el peligro no llega a matar, pero no me dirán que no asusta. Anteayer fue así. No mataba. No mataba. Hasta que mató. Ahora ya decimos que ha vuelto. Que estamos seguros de que volverá a ser aquello que algunos tuvimos la fortuna de gozar en vivo y en directo, y sin pagar por ver. Ya no dudamos. Pero a un servidor el 14 de mayo de 2002, a 11 minutos del final, le iban a entregar el premio al mejor jugador del partido. Premio que no sirve para nada, pero como siempre se lo llevaba Baggio y ese día no estaba, pues me aproveché, que para mi vanidad iba maravillosamente bien. Y cómo de bien... Pero faltaban 11 minutos. 11 minutos eternos que me condenaron. Los 11 minutos y mi vanidad. La que hizo que le subestimase. Ese día, Ronaldo hizo de Baggio.

[P. D. Gloria al técnico turco que no sé ni cómo se llama y a Scolari, el de Brasil. Los dos quisieron ganar. Como muchos. Como todos. Pero con una diferencia: a la orden de al ataque, y ya se sabe que dos no se pelean si uno no quiere. En este partido, la semifinal, los dos quisieron pelear. Y no estuvo mal, ¿verdad?]

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 28 de junio de 2002