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COLUMNA

La madre del santo

Al cura bondadoso, rollizo y valenciano, que nos enseñaba el catecismo poco antes de nuestra primera comunión, le mataron a un hermano, también cura, durante la Guerra Civil. Pero de eso nunca nos habló. Nos hablaba de los mandamientos del Dios del Sinaí y de las mentiras que podían ser veniales y mortales. Nos encandilaba el mosén, con anécdotas y leyendas. Decía en valenciano que una tal Blanca de Castilla, que fuera reina de Francia, le explicaba a su hijo, que luego fue rey y santo, que difamar, calumniar o mentir era como arrojar un cubo de agua al suelo. Por mucho que intentase luego recoger el agua derramada, jamás lo conseguiría por completo: siempre quedarían restos en la tierra o pavimento. En puridad, nos advertía el cura sobre los peligros que entraña la mentira o calumnia. La mentira social y política son todavía peores que las personales. El cura finalizaba la sesión del catecismo indicándonos que uno de los apóstoles del Señor escribió que la verdad nos hacía libres.

Embriagado de conservadurismo religioso, uno evoca al cura apacible y piadoso. Y lo evoca mientras Miquel Llopis -el nombre alterado, aunque tan real como el cura de las piadosas leyendas-, mientras Micalet, digo, relataba la crónica de su jornada huelguística. Miquel ronda los 40 y muchos años. Dejó el minifundio de nuestro secano hace ya como dos décadas porque no daba económicamente. Conserva la tradición agrícola familiar los fines de semana por amor al terruño y a unos litros de aceite propios en la comarca de L'Alcalatén. La semana es para el cuarentón una empresa de pavimentos cerámicos y una pequeña lesión en la espalda que le permitió hace unos meses dejar los turnos nocturnos y trabajar sólo de día. Está afiliado al sindicato que fundara Pablo Iglesias y el día 20 fue a la huelga. Y fue a la huelga como fueron entre el 80% y el 90% de los trabajadores de su empresa. No secundaron el paro ni los encargados del mantenimiento ni unos pocos obreros eventuales que acababan de firmar un contrato laborar de los llamados precarios. Miquel, con sus 140.000 pesetas mensuales comprende la actitud de quienes no secundaron el paro, como comprende la necesidad de la huelga cuando se quieren recortar las prestaciones de desempleo o las indemnizaciones por despido. Llopis, hombre prudente del campo, añade también que si hay fraude o picaresca en las indemnizaciones de despido o en el subsidio de paro, que le pongan vallas a ese fraude y a esa picaresca los responsables, que una cosa es una cosa y otra muy diferente el recorte de las prestaciones sociales. Cuanto Miquel no comprende y cuanto a Miquel desconcierta es la mentira, que difama y casi calumnia a la ciudadanía que, como él, secundó cívicamente la protesta, la huelga, y una de las manifestaciones callejeras masivas más nutrida de la historia del Castellón cerámico y obrero.

La mentira que como una nebulosa lanzaron por las ondas hercianas y que se multiplicó en las imágenes y palabras de la televisión autonómica. La mentira calumniosa de un fracaso envuelto en difamadoras cifras que no cuadraban con la realidad. Un pecado más que venial y más que mortal. Un pecado incívico y capital que desacredita a la derecha, nada centrista, gobernante. Ausencia de ética pública y mentira social que deja el pavimento de la convivencia húmedo: decía Blanca de Castilla que jamás se recoge toda el agua derramada incívicamente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de junio de 2002