Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
El dardo en la palabra
Tribuna:EL DARDO EN LA PALABRA

De campo

El pasado 1 de mayo irrumpió un vendaval futbolero que, a partir de hoy, se convertirá en ciclón oriental. Imposible escapar de él; cuando parecía amainar el tumulto de los cantores de Estonia, y ello auguraba un cierta paz cerebral fortalecida con el inminente letargo del verano, he aquí lo de Corea, que tal vez convierta en éxito lo de Tallin.

No extrañará, pues, que el balón sustente hoy esta columna, a ver si rueda con mejores augurios que el primer acontecimiento histórico del siglo, el del mencionado primero de mayo (que luego sería superado por el segundo acontecimiento histórico del siglo, el de Glasgow; pero éste fue tan rotundamente histórico, que su glosa no cabría en un artículo a causa de aquel patadón histórico, merecedor de toda una página). Recordemos cómo empezó todo: el miserable coche bomba a los pies del Bernabéu. Ya dentro de él, una aglutinación internacional denominada Real Madrid venció a otra aún más promiscua llamada familiarmente Barça. Sin embargo, lo importante de verdad fue el preludio montado tras el bombazo contra informadores y policías por unas docenas de antropomorfos. Leo cada vez con mayor fruición a mi bravo paisano Joaquín Costa, que, según su inscripción sepulcral en Torrero, quiso redimir a su pueblo pero no legisló. Como otros regeneracionistas, pensó que España sería otra y mejor con dos cosas que le faltaban: despensa y escuela. La primera ha sido mucho mejor atendida (primum vivere...), pero la otra, la escuela, tras algunos remontes, está como vemos: forzada a una activa producción de bárbaros. Seguramente, entre los ultras madrileños había varios que, por prescripción legal, no pudieron ser corregidos en sus centros escolares.

Los medios de comunicación audiovisual fueron contando desde horas antes lo que ocurría en el estadio y alrededores; olvidada enseguida la bomba, fue más atractivo el ambiente, animado por los vocejones de los forofos y forofas, que, cuando acertaban a construir algo como una frase, confesaban tener buenas sensaciones. Era, sin duda, un pensamiento que les había entrado a gatas en los sesos por una rendija del cráneo, y que ahora expelían. Querían decir que algo les hacía presentir la victoria de su equipo. O me equivoco mucho, o las sensaciones están sustituyendo a las vibraciones, como no hace mucho empezó a decirse, para denominar todas las formas del barrunto. Tan patente vulgaridad se ha colado en el último diccionario; eran mucho más bellas las vibraciones, con su sugestivo halo pitagórico. Las sensaciones contribuyen a la reducción galopante de nuestro idioma, al que se están birlando vocablos, aparte barrunto y presentimiento, corazonada, augurio, presagio o premonición.

Y mientras los hinchas ocupaban pantallas y micrófonos, la voz de un profesional del lenguaje informaba de que, desde hacía muchos días, una pancarta sobre las taquillas anunciaba que no había localidades. Estos chicos que salen laureados de sus centros universitarios, además de dejar mondo y escuálido el idioma, lo dejan también lirondo, pues se empecinan en trabucarlo. Quien llamaba pancarta a un cartel, a cualquier cartel, ignora que aquel nombre se da a un cartelón que, según descripción del Diccionario, 'se exhibe en reuniones públicas, y contiene letreros de grandes caracteres, con lemas, expresiones de deseos colectivos, peticiones, etcétera'. Hay pancartas en las huelgas, las manifestaciones, en los concejos vascos...; no sobre las ventanillas con cabezas dentro.

Por fin, he ahí los jugadores surgiendo del vestuario. El locutor relata lo que estamos viendo y oyendo: el clamor de Troya. Y con el acto de aparecer, ¿qué han hecho los balompedistas? Acaban de ingresar en el campo, lo cual es una nueva manera de evitar salir, si salían de donde estaban, o entrar si el campo se ve como un recinto en que se entra. Para soslayar elegantemente la vulgaridad de ambas cosas, se inventó en época inmemorial saltar al campo, acción bien extraña, pues los jugadores no se aparecen a los hinchas brincando como danzantes o saltamontes, sino emergiendo, con un leve trotecillo, de una misteriosa boca de cemento. Pero aun cuando no den salto alguno, hace años que saltar figura en el Diccionario con tan asombrosa acepción.

El comentarista, tras observar con cuidado a los jugadores de siempre, hace notar que hay gran calidad sobre el terreno de juego; unida tal vez a una lustrosa multitud de euros. Y empieza el partido; gran lástima: Guti se va al suelo; luego, Xavi. Como dice el retransmisor, los futbolistas pierden fácilmente la verticalidad porque han regado en demasía la hierba. La cámara lo corrobora, pues muestra a Raúl en plena horizontalidad.

Hay también un resquicio para observar que los jóvenes participantes lucen, dice un locuaz, las camisetas de siempre. Parece raro que unas camisetas dedicadas al destino innoble de ser sudadas puedan permitir lucimiento alguno. Pero, aceptadas como símbolos sublimes, es de sentido común que se pueda defender la camiseta, honrarse con ella y hasta morir por su causa: como por la patria.

Un incidente en el juego: persiguiendo impetuosamente un balón, alguien ha atropellado a un miembro del equipo rival, que cae por la hierba completamente perdida su verticalidad. Y entonces, el atolondrado salta deportivamente sobre el atropellado, lo cual señala el narrador muy complacido como si fuera lícita otra opción; la de botar sobre el vientre del caído, por ejemplo.

La gramática del partido sobresalta cada dos minutos: ora es que se desvanezca el artículo (corre por banda derecha, dispara con pie izquierdo), o se tergiversen las preposiciones (comete falta sobre Overmas), ora es que quienes cuentan el partido inflen su narración de posesivos: Roberto Carlos no dispara con la pierna derecha, sino más precisamente, con su pierna derecha. Queda así bien claro que no lanza con la nuestra, gracias a lo cual nos libramos de duelos y quebrantos: hubieran hecho rotunda injusticia a nosotros que no nos movemos del sillón. ¿De dónde habrá salido esta proliferación de posesivos, tan estúpida. (Aunque la supresión lo es más: chuta con pie izquierdo).

El espectador de salón recibe además una ilustración gráfica que no suelen ver los del campo: apenas la cámara enfoca de cerca a los jugadores, se percibe cuánta es la productividad bronquial de éstos, a juzgar por los lapos que emiten (lapo: no figura con esta acepción en el Diccionario, y ha escapado a la atención de cuantos practican la fácil montería de cazar faltas picoteando en él). Pero lo importante es que, hoy, en este histórico 2 de junio, veremos un impresionante gargajeo; vayamos de campo. Al de fútbol, naturalmente.

Fernando Lázaro Carreter es miembro de la Real Academia Española.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de junio de 2002