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Editorial:

Pakistán se explica

Pervez Musharraf pidió anoche unidad a los paquistaníes en unas circunstancias prebélicas con India, pero su mensaje aporta poco al discurso tradicional de Islamabad sobre la disputada Cachemira. En los últimos días se ha disparado la tensión entre los dos vecinos nucleares, con pruebas de misiles paquistaníes, recrudecimiento de los combates artilleros entre sus ejércitos, expulsión del embajador en Delhi y el asesinato del más moderado de los dirigentes separatistas de la Cachemira india.

El líder paquistaní ha asegurado que su país, preparado para responder, no quiere la guerra y que no existe infiltración armada en Cachemira, donde Paquistán seguirá apoyando la causa de los musulmanes. Musharraf ya dio parecidas seguridades a Delhi en enero pasado, pero los actos terroristas han continuado. En la raíz de esta situación hay dos hechos: uno es que los dinamiteros son alentados desde la cúspide militar y de los servicios secretos; el otro, que tras el apoyo al fundamentalismo islamista por sucesivos regímenes, Pakistán ha desarrollado una red de fanatismo violento imposible de eliminar en poco tiempo, y menos por un presidente golpista que se ha aliado con EE UU en su lucha contra Bin Laden y que todavía debe consolidar su apoyo, para lo que ha reiterado su promesa de convocar elecciones en octubre.

Pero no todas las culpas caen del lado paquistaní. India, aunque no lo admita un Gobierno demasiado implicado con el sectarismo hindú y sobrado de retórica belicista para paliar sus contradicciones, ha dirigido de manera impresentable su único Estado de mayoría musulmana, al que se prometió autodeterminación en 1947, manipulando elecciones y permitiendo los excesos de sus soldados.

India y Pakistán han hecho tres guerras desde la partición, pero ahora son potencias atómicas. Si en el caso de la bomba hindú, controlada por civiles comprometidos con no utilizarla primero, las cosas tienen cierta vertebración, no ocurre lo mismo con Pakistán. El país de los puros es menos estructurado y estable, la sociedad civil nada puede decir y la decisión sobre la bomba islámica recae sobre militares. En un clima como el actual, un malentendido puede llevar a la catástrofe.

Sólo EE UU, con sus palancas sobre ambos Gobiernos, puede detener lo peor. Washington debe exigir a Musharraf, aunque sea su aliado clave en Afganistán, determinación para acabar con el panel terrorista. Y a Delhi, paciencia y buena fe a propósito de Cachemira. Pero no hay solución a la vista en el punto más caliente del planeta mientras los dos enemigos desde hace 55 años no dejen a un lado su retórico populismo y su orgullo fundacional y se sienten a dialogar con el reloj parado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 28 de mayo de 2002