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COLUMNA

Enfermos

Cada vez estamos más enfermos. Puede que las afecciones no sean mortales, pero son fastidiosas y, ante todo, muchas de ellas dependen de qué punto vulnerable deciden pulsar las firmas farmacéuticas. Es más: todos los laboratorios se encuentran especialmente interesados en que nos sintamos mal y necesitemos de ellos. Antes, las medicinas, cuando no eran muchas, aparecían morosamente y después de haberse detectado el mal, pero ahora, convertidas en objetos de consumo, se hallan disponibles incluso antes de que hayamos constatado el achaque. La tarea de la industria consiste en hacérnoslo percibir. Así, en lugar de lanzar un marketing de los medicamentos para paliar un sufrimiento, desarrollan el marketing del malestar. En lugar de producir soluciones a las necesidades, producen necesidades y multiplican el número de enfermos, reales o supuestos, para su expansión comercial. A más cantidad de hipocondríacos más volumen de píldoras, inyecciones o cápsulas que facturar.

Varias publicaciones médicas a la vez, desde el British Medical Journal a The Journal of The American Medical Association, acaban de alertar sobre las crecientes campañas en los medios dirigidas a provocar continuos recelos sobre nuestra salud. ¿Hemos consultado nuestra tensión? ¿Respetamos los plazos para las ecografías de la próstata o las mamografías? ¿Dolores de cabeza? ¿Inapetencia? ¿Pérdida de memoria? ¿Fatiga? ¿Hormigueos?

Las interrogaciones sin fin tratan de ponernos en vilo. Porque ¿cómo sentirse totalmente bien? ¿Quién es capaz, sin perder la perspicacia, de no detectarse algo? Las agrupaciones de empresarios en el norte de Europa sostienen que los obreros han cambiado la táctica de convocar huelgas por el recurso al absentismo laboral. En vez de alzar una protesta presentan la baja médica. En Alemania, desde hace 50 años se registra una disminución regular de las huelgas y un aumento también regular de los días de ausencia por enfermedad, todo ello en coincidencia con el auge de la medicina y su marketing tanto hospitalario como farmacológico. La sanidad privada muestra, pues, su eficacia: no es simplemente la vida, sino el sistema quien nos pone enfermos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de mayo de 2002