Columna
i

Padrazos

Creo recordar que era Juan de Mairena el maestro que suspendía a sus escolares con sólo verles la cara. Preguntado acerca de tan arbitrario proceder, respondió: 'Pues a veces me basta con ver la cara de sus padres'. Es verdad, antes los hijos eran de sus padres. Hoy no los reconoce ni su madre.

Hace unos años, los niños huían de la apelmazada vida familiar gracias a Julio Verne o Superman, según tuvieran inclinación por las ciencias o las letras. En el colegio, los melancólicos jugaban a ser Roberto Alcázar, y a Flash Gordon los indefinidos. Algunos alocados se enganchaban al futbolín, y los balas perdidas, al billar. La familia tenía un peso plúmbeo y las noches transcurrían lentas y metafísicas bajo el tierno cuidado de los progenitores. Todo lo cual se lo llevó el viento electrónico.

Según los expertos, si la influencia educativa de la familia podía cifrarse en un 75% aún en los años setenta, en la actualidad no pasa del 25%. Los adolescentes se forman gracias a la televisión y la publicidad. El colegio no deja huella, pero sí el botellón y la pastilla. La lectura ha desaparecido y la fragua de los futuros votantes es el regüeldo que distribuye con inocencia angelical la televisión española que pagamos todos, así como la adecuada cretinización de la fantasía que obtiene la publicidad.

Que no cunda el pánico, no es grave, ya se las arreglarán. Lo verdaderamente alarmante es, como señalaba Manuel Castells en un lúcido artículo del jueves pasado, que los responsables de la política y de la administración, eternos adolescentes apersonadísimos y repeinados, también se forman, fraguan, cuajan, e incluso pudren, en la televisión y la publicidad. No viven de otra cosa, ni piensan en nada más.

Yo diría que los fascistas europeos van ganando terreno porque sus caudillos parecen reales, o sea, no son muñecos televisivos, ni son aptos para anunciar yogures, ni explican sus ocurrencias con símiles futbolísticos, que es lo habitual en los políticos democráticos. Hartos de prolongar su adolescencia huérfana, muchos europeos actuales exigen tener padre. Y, puestos a pedir, que sea un cabronazo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 30 de abril de 2002.