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Crítica:FLAMENCO

Chano, siempre Chano

El magisterio de Chano Lobato es ya leyenda viva del flamenco. Se dijo en el escenario del Romea que cuando este cantaor desaparezca lo hará también una forma de ser y de estar en el flamenco, una forma de la que él es prácticamente único y ejemplar superviviente.

Pero los aficionados al flamenco, ni los de siempre ni los de ahora, queremos que Chano desaparezca jamás. Es el cantaor que más felices nos hace, el que nos transmite la convicción de estar viviendo un arte que de manera permanente nos lleva al borde de emociones extremas. En Antonio Piñana halló Chano un colega de tiempos juveniles y el cante dialogó con la guitarra, creando atmósfera y complicidades.

Al final se juntaron los dos con Curro Piñana y Juan Manuel Cañizares, que habían hecho una primera parte de enorme calidad. Curro cantó en maestro, haciendo cantes de alto vuelo en la nana, en la cartagenera, en la levantica. La guitarra de Cañizares brilló con un toque difícil y personalísimo, explorando muy nuevas posibilidades -con la mano izquierda, jugando con los volúmenes sonoros hasta límites insospechados- en una faceta, la de acompañamiento, en la que realmente es muy poco lo que se está intentando hacer distinto.

Cumbre flamenca

Cante: Curro Piñana y Chano Lobato. Toque: Juan Manuel Cañizares y Antonio Piñana. Romeo y Julieta. Compañía Murciana de Danza. Teatro Romea. Murcia, 24 y 25 de abril.

Cantaores y guitarristas pusieron al público en pie, haciendo juntos alegrías y bulerías, en una auténtica apoteosis de entusiasmo.

Las buenas intenciones

La noche del jueves había creado la máxima expectación en Murcia, por ser el espectáculo obra de la joven Compañía Murciana de Danza, el estreno absoluto, además, de una nueva versión de Romeo y Julieta, una obra tan representada en las más diferentes instancias artísticas, lo que no facilita precisamente el trabajo de sus realizadores.

Esta versión, promovida por Olivia Bella y Puri López, sobre una excelente partitura flamenca de Carlos Piñana, está concebida con sobriedad rayana en lo elemental. Todo se desarrolla de forma directa, con un importante aparato gestual que en ocasiones se nos antoja excesivamente simplista. Es obvio que en un espectáculo de danza ésta tiene que ser el lenguaje expresivo fundamental; y lo es sin duda en esta obra, pero aun así son numerosos los pasajes en que una mímica convencional resuelve lo que a nuestro parecer debiera resolver el baile.

La compañía la integran muy jóvenes bailarinas y bailarines de tierras murcianas. Artistas voluntariosos, con alguna personalidad que destaca pese a la inexperiencia evidente en casi todos ellos. Las buenas intenciones, sin embargo, dejan siempre un rendimiento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de abril de 2002