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Reportaje:

El diccionario del miedo

El líder del Frente Nacional tratará de convertir a la extrema derecha en el eje movilizador de toda la derecha nacional

A los gritos ensordecedores de "Le Pen, presidente" de una voluntariosa multitud que se apretujaba para verle de cerca, el tribuno subía a las 9.50 de anoche al estradillo montado en la sede de campaña del Frente Nacional. Jean-Marie Le Pen, 74 años relucientes como si los resultados de la primera vuelta le hubieran practicado un súbito lifting de euforia, desgranó durante sólo diez minutos un sabio y efectivo diccionario del miedo, que es el que le ha aupado en esta Francia reservona y ajada con más de un 17% de votos hasta talonear al presidente Chirac, que no llegaba al 20%.

Ésta es la hora de recurrir al tono sedante para asegurar que el voto de Le Pen, xenófobo, antieuropeo, anticomunista cuando ya no hay casi comunistas a los que culpar de nada, es un voto protesta; que no puede haber en Francia un quinto del electorado -el disidente del Frente Nacional Bruno Magret sacó otro 2,5%- que sea de extrema derecha. ¡Que se lo cuenten al tribuno del terno cruzado, tonos claros y cintura de rotundas digestiones!

Le Pen estuvo hasta contenido. Leyó cada línea del discurso sin aventurarse a expectoraciones improvisadas, y arrancó subrayando los tres acontecimientos inéditos que a su juicio han marcado esta vuelta: el récord de las abstenciones, la desaparición del Partido Comunista y la victoria de Francia, que es la del Frente Nacional. Con la convicción que indudablemente le asiste, construyó un eslogan en tres tiempos: "Yo soy socialmente de izquierdas, económicamente de derechas, y nacionalmente de Francia", sin que nadie entre el público le pidiera explicaciones de cómo se cuadra ese círculo financiero e ideológico.

A continuación entonó un hasta mesurado en el tono diccionario del miedo. Es verdad que habló bastante de esperanza, de recuperación nacional, de renovación y de un tiempo que inexorablemente llega para la mayor gloria de Francia pero, las palabras que pesaban, las que estaban inscritas en el ánimo de un país que ya no se mira altivo en el espejo, eran inseguridad, exclusión, jubilaciones de miseria, ruina, falta de futuro, decaimiento de lo nacional. Le Pen, más que un programa, parecía que elaboraba una receta, un diagnóstico de psicoanalista como si tuviera al país en el sofá para ofrecerle una cura de caballo.

En realidad, una fórmula no tan distinta de lo que el propio Chirac dice de la Francia de la cohabitación con un gobierno socialista, pero con un gran matiz: él, a diferencia del presidente, no iba cada día a la oficina del Elíseo para consentir el supuesto desaguisado. Le Pen, a todas luces, cree lo que dice y eso puede haber contado ante un público que ve en Chirac y Jospin a dos salientes, a pachas responsables de todo lo que no les gusta en su país. Por eso dijo, un tanto enigmáticamente, que él "era como el zorro, que todo el mundo cree en él, pero nadie lo ha visto", hasta que, se entiende, llega un día como el de ayer.

Y, consciente de que sus probabilidades de obtener si no difícilmente la victoria en la segunda vuelta dentro de dos domingos, un resultado al menos honorable pasan porque no se le perciba como a un político sólo de extrema derecha, terminó pidiendo al electorado que "no caiga en la trampa" de pensar que ésa sería una votación entre la derecha y la izquierda, sino entre los que están por Francia y los que no lo están. El líder del Frente Nacional no repitió durante la campaña las provocaciones de otras ocasiones, cuando habló de "la desigualdad de las razas" o llamó "leproso" a un paciente de sida.

La campaña que se abre ahora se presenta cuando menos origianal. Le Pen tratará de convertir a la extrema derecha en el eje movilizador de la derecha nacional toda entera, empujando a Chirac a la representación del centro y de la izquierda, puesto que, como aquí todos repiten, "socialistas y comunistas tendrán que votar a Chirac".

Le Pen, sin embargo, quiso estar en todo momento especialmente presidencial, nada de ataques directos a su contricante, ya habrá tiempo para desenfundar los aceros. Era su coro de fieles, el que, entre degustaciones de un bufet bastante bien cuidado donde no faltaba un jamón con méritos de ibérico, aseguraba al periodista que Chirac sólo era "el jefe del sindicato de los salientes".

Seguramente, ni el propio presidente del Frente Nacional está convencido de sus posibilidades reales de victoria, pero anoche logró lo que tantas figuras de la reacción europea jamás han podido acariciar. Ni el austriaco Haider, ni el italiano Fini han estado nunca tan cerca de alcanzar una primera magistratura nacional.

En la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 1995, Le Pen había quedado cuarto, con el 15 por ciento de los votos, detrás de Jospin (23,3%), Chirac (20,8%) y Edouard Balladur (18,6%). Anoche instó a los franceses a perder "el miedo" y a "soñar" con el triunfo en la segunda vuelta del 5 de mayo, pese a que los sondeos dan al actual presidente un aplastante 80% de los votos, frente al 20% que él obtendría.

Los cientos de personas que atestaban el local de St. Cloud, suburbio de las afueras de París, despidieron anoche a su jefe cantando patrióticamente La Marsellesa. Porque lo que nunca consentirá el capo de una ira que se masca en esta Francia que aprende a temer la calle y el color atezado, es que le arrebaten la historia nacional. Por eso sus últimas palabras fueron para convocar a "toda la fraternidad francesa" el 1º de Mayo, con ocasión de la fiesta de Juana de Arco, "para preparar todos juntos la segunda etapa del reancimiento de Francia, la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, la de la victoria".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 22 de abril de 2002